Buenos estrenos para todos los santos

BOHEMIAN RHAPSODY (Dexter Fletcher y Bryan Singer, 2018

USA/UK. Duración: 134 min. Guion: Anthony McCarten, Peter Morgan, Stephen J. Rivele, Christopher Wilkinson Música: Brian May, Roger Taylor Fotografía: Newton Thomas Sigel Productora: GK Films / New Regency Pictures / Queen Films Ltd. / Tribeca Productions Género: Drama biográfico.

Reparto: Rami Malek, Joseph Mazzello, Ben Hardy, Gwilym Lee, Lucy Boynton, Aidan Gillen,Tom Hollander

Sinopsis: Biopic del cantante Freddie Mercury, que narra su etapa en Queen, la mítica banda británica que el cantante lideró junto a Brian May, Roger Taylor y John Deacon.

Tras ver algunas imágenes de Rami Malek, el actor que interpreta a Freddie Mercury en Bohemian Rhapsody, había ganas de ver si tras tan buena caracterización había algo más ¡Y vaya si lo hay! El biopic que ha pergeñado Brian Singer es también un buen filme que refleja de manera impecable todas las épocas que retrata: desde 1969 cuando Freddie se une al grupo hasta el punto álgido del retrato, cuando el 13 de julio de 1985 Queen ofrece sus epicos 20 minutos de concierto en el Live Aid. Del Londres pre-Glam inundado de Suedeheads y Skinheads junto a muchachos con zapatos de plataforma y ojos pintados, hasta el Wenbley que recibió a un Mercury ya enfermo que había aceptado plenamente su homosexualidad y había hecho las paces consigo mismo y con sus más cercanos allegados.

Narrada de manera ordenada, la película cuenta el nacimiento del grupo, su consolidación, el abandono de EMI y su imparable ascenso. Centrándose especialmente en la figura del cantante, el guión nos habla sobre todo de la soledad, de su homosexualidad, aspecto que se muestra de manera muy sutil, así como el abandono a los más cercanos que causó la traición de uno de sus colaboradores más íntimos. Pasearemos de refilón por el sexo fácil en los clubs leather, por la fama y el despilfarro, por las drogas, pero  sobre todo, necesario es repetirlo, por la conmovedora soledad que rodeó a Mercury. Y de ahí al gran triunfo, rodeado de épica, en el concierto del 85. Todo lo cual se dramatiza para la ocasión de forma bastante comedido, lo cual no impide que algunos pasajes causen cierta vergüenza ajena. Pero eso pasa hasta en los mejores biopics y Bohemian Rhapsody se encuentra entre ellos. Y además, no lo olviden, cuenta con la mejor música de Queen.

UNA RECETA FAMILIAR (Ramen Tehaka, Eric Khoo, 2018) 

Singapur/Japón/Francia. Duración: 90 min. Guion: Tan Fong Cheng, Wong Kim Hoh Música: Kevin Mathews Fotografía: Brian Gothong Tan Productora: Zhao Wei Films Pte Ltd Género: Drama

Reparto: Tsuyoshi Ihara, Seiko Matsuda, Takumi Saito, Jeanette Aw, Tetsuya Bessho,Mark Lee, Beatrice Chien

Sinopsis: Masato, un joven chef de ramen que quiere saber más sobre el pasado de sus padres fallecidos, deja su ciudad natal en Japón embarcándose en un viaje culinario hacia Singapur para encontrar la verdad sobre su pasado y su familia. Durante esa odisea, Masato descubrirá los secretos de sus ancestros, suculentas recetas y mucho más.

Gastronomía, tradición, familia, son los elementos principales de esta deliciosa película de Eric Khoo, director que siempre ha estado interesado en la comida y el papel que esta juega en nuestras vidas.
Masato, el joven protagonista de Una receta familiar, realiza un viaje espiritual y gastronómico para conocer su pasado y con él emprender una nueva vida, por lo que viaja a donde sus padres se conocieron. Hijo de japonés y china, la relación de sus progenitores nació en Singapur, lugar que durante la II Guerra Mundial fue ocupado por los japoneses, motivo de un profundo y duradero  resentimiento de su población hacia los invasores que sobrevivirá al conflicto bélico.
No conviene contar mucho más, pues Khoo desvela de manera magistral, entre plato y plato, el pasado de esta familia, y gran parte del encanto de la película radica en ir descubriéndolo conforme avanza el metraje.
Masato deberá combinar los ingredientes para reconciliar la cultura china y japonesa de las que él es heredero. Redescubrirá sabores y aroma de su infancia, curará las heridas de su pasado y construirá un nuevo y sólido futuro. Todo ello en una película que nace como homenaje al cincuenta aniversario de las relaciones diplomáticas entre Japón y Singapur.

FAHRENHEIT 11/9 (Michael Moore, 2018)

USA. Duración: 130 min. Guion: Michael Moore Fotografía: Luke Geissbuhler, Jayme Roy Productora: Midwestern Films. Distribuida por Briarcliff Entertainment Género: Documental

Documental sobre la campaña electoral y la presidencia de Donald Trump. Se titula “Fahrenheit 11/9” (haciendo referencia a su aclamado documental Fahrenheit 9/11 por el que recibió la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2004) por la fecha en la que el mandatario republicano fue declarado presidente electo, el 9 de noviembre del año 2016. El propio Moore ha declarado que espera que los datos de su documental sean tan demoledores que el film contribuya a derribar la credibilidad que Trump tiene entre sus seguidores.

Ha habido etapas de la historia que han hecho que nos preguntemos ¿cómo fue posible que llegaran a ese punto? o ¿No se daban cuenta de lo que sucedía?, cuestiones que también salen a colación respecto a la llegada a la presidencia de Estados Unidos de un ridículo,  mentiroso, machista, racista y peligroso millonario. Y Michael Moore nos responde a estas cuestiones y muchas otras, o al menos lo intenta, abriendo además nuevos interrogantes sobre lo que nos podría deparar este futuro próximo, con cada vez más países gobernados por regímenes de derechas y extrema derecha. Insinúa cosas realmente feas sobre Trump, su gabinete y su familia. Sobre campañas apoyadas por Fake News y sobre políticas que, no solo en América, están haciendo en plena crisis más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Michael Moore nos muestra cómo estos radicales se meten en política para enriquecerse, hablando siempre de democracia, resaltando los valores patrióticos y, escudándose detrás de la Constitución, recortando derechos y haciendo brutales demostraciones de fuerza en su propio país además de, por supuesto, en suelo extranjero.

Un mensaje, el de Moore, rápido, conciso, directo, como es habitual en él, y muy documentado con imágenes de impacto, extraídas todas de la hemeroteca, pues a veces una imagen vale más que mil palabras. Y en medio de todo ese caos, pesimista por realista, Moore deja una pequeña rendija abierta a la esperanza, depositada en los jóvenes, que poco a poco parecen darse cuenta del engaño que hay detrás de todo, comenzando a reclamar su lugar en un mundo que les pertenece en pleno derecho.

Y Ojalá. Ojalá así sea. Mientras tanto bueno es aprender y mentalizarse de todo lo que está sucediendo con este magnífico documental, que no deja títere con cabeza y baja del pedestal a los santones Barack Obama y Hillary Clinton, culpables también de la ascensión al poder de un tipo como Trump.  Duro, directo, brutal. Un documental de los que hacen pensar e invitan a reflexionar y que todo el mundo debería ver.

EL ÁNGEL (Luis Ortega, 2018)

Argentina/España. Duración: 117 min. Guion: Luis Ortega, Rodolfo Palacios, Sergio Olguín Fotografía: Julián Apezteguia Productora: K&S Films / Underground Contenidos / El Deseo / Telefé Género: Thriller

Reparto: Lorenzo Ferro, Chino Darín, Mercedes Morán, Daniel Fanego, Luis Gnecco,Peter Lanzani, Cecilia Roth, William Prociuk, Malena Villa

Sinopsis: Carlitos (Lorenzo Ferro) es un joven de diecisiete años con fama de estrella de cine, rizos rubios y cara de bebé. Ya en su adolescencia manifestó su verdadera vocación: ser un ladrón. Cuando conoce a Ramón (Chino Darín) en su nueva escuela, Carlitos se siente inmediatamente atraído por él y quiere llamar su atención. Juntos se embarcarán en un viaje de descubrimientos, amor y crimen. Debido a su apariencia angelical, la prensa llama a Carlitos ‘El ángel de la muerte’. Llama la atención por su belleza, se convierte en una celebridad de la noche a la mañana. En total, se cree que cometió más de cuarenta robos y once homicidios. Hoy, después de más de cuarenta y cinco años en la cárcel, Carlos Robledo Puch es el preso que más tiempo lleva en prisión en la historia de Argentina.

Carlitos, el protagonistas de El Ángel, es un ser tan atractivo como amoral y Luis Ortegalo retrata de tal forma que sus acciones parecen casi casuales. En él el robo es algo natural. No hay maldad en ello. El mundo es suyo y todo lo que contiene es para él. Incluso su amante, su amigo, si no puede ser suyo, no será de nadie y en su mano estará el quitarlo de ese mundo particular en el que vive y en el que la muerte es una broma y el deseo no tiene un sexo concreto.

Lorenzo Ferro realiza una magnífica interpretación. Su Carlitos despierta ternura. Incluso cuando asesina es como la gamberrada de un niño, especialmente adorable que está, tan solo, jugando. El resto del reparto, un conjunto de perdedores y detritos sociales encarnados por Chino DarínMercedes Morán y Daniel Fanego, componen un grupo de personajes que, al igual que Carlitos, no desentonarían en una película de Eloy de la Iglesia. Ambientada en la Argentina de 1971, sometida a una dictadura militar, El Ángeldestaca también por su muy verista ambientación y vestuario, así como por una excelente banda sonora compuesta por éxitos de grupos argentinos de la época, entre los que destaca el tema que abre y cierra el filme, El extraño del pelo largo, del grupo La joven guardia

Una refrescante sorpresa entre tanta mediocridad.

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Happy End, retrato de familia

Incómodo. Ese es el adjetivo que viene a nuestra mente mientras contemplamos en la pantalla ese largo plano fijo registrado con un teléfono móvil que sirve de prólogo a su última cinta.  Ya desde sus formas Haneke nos sacude y nos revuelve, su premisa formal es acorde con su intención de enfrentarnos siempre con el lado sombrío de lo humano. Happy End es un incisivo retrato de la hipocresía sobre la que se asienta nuestra acomodaticia sociedad occidental, un retrato que usa como lienzo las vicisitudes de una familia burguesa representativa de ese vivir dentro de una burbuja que mira hacia otro lado cuando se siente rodeada por lo desfavorecido. Se trata de que no afecte nuestra zona de confort todo aquello que puede suponer un problema que empañe la superficialidad que nos permite ignorar los desajustes, la realidad de la diferencia de clases que se torna abismo cuando entran en la baraja los inmigrantes, los abusos de poder y su corrupta forma de obrar, la delgada base que permite mantener la apariencia de solidez de la institución familiar. Por eso la película tiene un final feliz, porque diversos frentes se conjugarán para echar por tierra el falaz equilibrio, para resquebrajar los cimientos de lo biempensante y su doble moral.

Haneke demuestra seguir en buena forma, sigue siendo el mismo francotirador cuyo olfato le permite siempre hurgar en las heridas, destapar los trapos sucios que nuestra Europa esconde. Lo hace con esta historia liderada, como es costumbre, por dos personajes enormes que se instalan más allá de lo convencional, más allá de la moral, el abuelo del clan y su nieta más joven interpretados por Jean-Louis Trintignant, siempre en estado de gracia, y Fantina Harduin, una auténtica revelación. El austriaco intertextualiza los distintos registros audiovisuales que jalonan nuestra vida cotidiana, juega con las múltiples pantallas que nos rodean, móviles, ordenadores, para dar a luz una cinta rabiosamente actual, fresca por el negrísimo humor que la perla, amarga por la verdad que desnuda. Happy End es, probablemente, la más coral de sus obras, el elenco se completa con Isabelle HuppertMathieu Kassovitz y Toby Jones, todos ellos solventes en sus interpretaciones. Buen pulso narrativo es el que destila esta pieza en la que la trama se va desgranando conforme avanza la acción, sin subrayados, sin anticipos, sin reiteraciones.

Abanderado del cinismo, Haneke se confirma una vez más como una de las mentes más preclaras de nuestra escena artística, capaz de radiografiar nuestro presente como pocos saben hacerlo y, más allá aún, de perforar el yacimiento de las miserias humanas que se enraízan en nuestra esencia más atemporal. Tras su paso por Cannes y San Sebastian, Happy End es una de las propuestas más interesantes que llegarán a nuestras pantallas.

Wonder Wheel, un Woody Allen revisitando el realismo americano

En la Coney Island de la década de 1950 el joven Mickey Rubin (Timberlake), un apuesto salvavidas del parque de atracciones que quiere ser escritor, cuenta la historia de Humpty (Jim Belushi), operador del carrusel del parque, y de su esposa Ginny (Winslet), una actriz con un carácter sumamente volátil que trabaja como camarera. Ginny y Humpty pasan por una crisis porque además él tiene un problema con el alcohol, y por si fuera poco la vida de todos se complica cuando aparece Carolina (Juno Temple), la hija de Humpty, que está huyendo de un grupo de mafiosos.

Aunque la nostalgia suele ser reaccionaria, en ocasiones, cuando es reelaborada para crear algo radicalmente nuevo, no lo es. Y esto es justo lo que ofrece Wonder Wheel, un ejercicio nostálgico que tiene mucho de experimentación como lo fue en su día (y salvando las distancias) el Ulises de James Joyce. Uno de los valores (y no el menor) de la inconmensurable novela del irlandés es su repaso y asimilación de la historia de las letras británica, en cada capítulo Joyce ensaya un estilo distinto, desde la literatura popular hasta el teatro del absurdo (anticipando a Samuel Beckett) pasando por las crónicas medievales, y todo ello lo puso al servicio de una obra absolutamente vanguardista. Woody Allen, igualmente, ha repasado en su poblada filmografía la de otros autores que ha admirado, ya sea a Bergman en Interiores (1978), a Fellini en Stardust memories (1980) o al cine expresionista en la siempre reivindicable Sombras y niebla(1991), por citar sólo los tres ejemplos que vienen a bote pronto a mi memoria. Pero esos trabajos no son, por supuesto, plagios ni son tan solo meros homenajes, cuando Allen emula lo hace siempre imprimiendo su sello personal, claramente distinguible, consiguiendo así obras con perfecta identidad propia.

Esto ocurre de nuevo en Wonder Wheel, aquí lo que es revisitado es la corriente realista del teatro americano con sus máximos representantes, Arthur Miller, Tennessee Williams y, sobre todo, Eugene O’neill directamente referenciado en la película. Sus personajes podrían haber poblado las páginas de cualesquiera de ellos, el sino que pesa sobre ellos (ese error fatídico cuya culpa conducirá a su debacle) les habría satisfecho y lo hubieran diseñado así e incluso esas interpretaciones, que rozan la sobreactuación, hubiesen hecho sus delicias. Pero no hagan caso de quienes les digan que el último trabajo de Allen es un drama, porque aunque en su planteamiento lo parezca, no lo es en su materialización y no lo es porque está compuesto desde la distancia irónica. Distancia irónica que supone la inclusión de recursos del humor (ese pequeño pirómano y su forma de representarlo, podría servir de ejemplo), pero no sólo eso, el director tiene presente todo el tiempo que está experimentando con un modelo y toma distancia respecto a él como la tomamos cuando jugamos a ser otra cosa distinta a la que somos. Wonder Wheeltiene tanto de drama como de divertimento. Lo mismo de repaso nostálgico que de innovación. El guión podría adaptarse en los escenarios, pero lejos de ser teatro filmado, tal como lo entendemos, lo que nos ofrece es un ejercicio  que describe al teatro con los recursos del séptimo arte. Wonder Whell es puro cine.

Con su último trabajo, Allen consigue dar salida a varios de sus gustos y temas recurrentes, siempre ha amado el arte escénico (e incluso ha escrito varias piezas), no menos ha amado al cine, especialmente el clásico, todo lo referido al mundo de los gangsters y (casi sobre todo) a lo que dieron de sí esos años cincuenta en los que transcurrió su adolescencia. En este sentido se da un auténtico festín con esta recreación del mundo de Coney Island, reproducido minuciosamente en un trabajo que supone la suma de elaborados decorados y fondos digitales preciosistas, pero sobre todo capturado en lo que tiene de decadente todo parque de atracciones que se precie, su colorido artificial esconde grandes dosis de melancolía. Allen flirtea con lo grotesco (bizarro, si lo prefieren), coquetea con los arquetipos del teatro, sus personajes y sus formas, y rinde su amor al cine del technicolor que impactó su infancia. Con Wonder Wheel nos regala un guión redondo plagado de guiños al cinéfilo e incluso a la televisión (no es casual la utilización de actores de Los Soprano interpretando a los malos de la función). Disfruta rompiendo la cuarta pared, dirige certeramente a sus actores sacando lo mejor de ellos (y no solo de la Winslet, hay que decirlo) y usa virtuosamente la planificación y el encuadre. El resto lo ponen esos naranjas de Storaro que acaban de dar a la cinta ese aspecto de producto bellamente envejecido. Wonder Wheel es uno de esos vinos añejos que conservan en su fondo los regustos frescos de su juventud.

EL LIBRO DE LA SERPIENTE (LOS LIBROS ILUMINADOS DE ALAN MOORE)

A comienzos del 2018, La Felguera Editores publicará una maravilla para el público de habla castellana: EL LIBRO DE LA SERPIENTE (LOS LIBROS
ILUMINADOS DE ALAN MOORE), que recoge por vez primera en castellano los textos pertenecientes al Gran Teatro Egipcio de las Maravillas de la Luna
y la Serpiente del gran Alan MooreThe Moon and Serpent Grand Egyptian Theatre of Marvels, The Birth Caul, The Highbury Working a beat seance,
Snakes and ladders y Angel Passage, todos ellos producidos entre 1994 y 2001, en una de las épocas más brillantes y potentes del genio de Northampton. Algunas de las obras ni tan siquiera habían sido transcritas.

Ahora, supervisadas por el propio autor, verán la luz en febrero de 2018 en una obra editada en tapa dura, y traducida y prologada por Javier Calvo, uno de los mejores traductores actuales y gran especialista en la obra de Moore.

Tras Ángeles Fósiles, ensayo fundamental sobre arte y ocultismo que publicó la editorial en 2014 y que ha inspirado a tantos lectores y seguidores de su trabajo y pensamiento, de nuevo son los elegidos para publicar una obra inédita en castellano, supervisada por el mismo autor.

A comienzos de los años noventa, tras declararse mago y en uno de sus momentos más brillantes como artista, Alan Moore creó el Gran Teatro Egipcio de las Maravillas de la Luna y la Serpiente, que describió como «un ejemplo perfecto de una organización realmente mágica ya que no existe realmente», junto a varios amigos, escritores y artistas, como el ex Bauhaus David J., el músico Tim Perkins o la artista y pareja suya Melinda Gebbie, entre otros. Bajo este nombre, tuvieron lugar varias poderosas performances y spoken words, que en realidad constituían auténticos actos de magia ceremonial, una exploración por los clásicos temas en la increíble obra de Moore (el ocultismo, el poder de la palabra y el lenguaje, la psicogeografía, la memoria que aún se mantiene de forma latente y viva en el propio presente, la invocación y evocación de ese mismo pasado…), generando a su alrededor todo un halo de misterio y fascinación y «produciendo más material a disposición del público que ninguna otra organización genuinamente mágica del mundo en este momento», según el propio autor. Tanto From Hell como Voice of the Fire, entre otras de sus obras, son deudoras de esos mismos textos, en los que Alan se muestra arrolladoramente intenso y hábil, como si fuese un chaman de la palabra, hipnótico, al mismo tiempo que espeluznante y exuberante, y que recuerda por momentos al infame Dr. Gull recorriendo la ciudad de Londres y mostrando sus horrores, a los rituales de Aleister Crowley, pero también a un William Blake, construyendo un universo propio y declarando la guerra
a un mundo que rechaza la magia y la belleza.

El amante doble, reflejo y vanidad

“(…) los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres” afirmó Borges en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Borges que sentía horror por los espejos y una atracción abismal por su multiplicación de la cifra de las cosas. El horror de la duplicación que nos pone ante el reflejo de lo ilusorio, ante nuestra irreal realidad. Ante nuestra vanidad, que es tanto nuestra fútil arrogancia como nuestra caducidad. En El amante doble, Ozon parece escribir a renglón seguido de la cita que inaugura este texto.

Marine Vacth es Clhoé, joven ex modelo de la que intuimos que ha tenido problemas con la anorexia y que está aquejada de dolores en el bajo vientre, de los que no parece haber causa física, además. Por consejo de su ginecólogo, Clhoé acude a la consulta psicoanalítica de Paul Meyer (Jérémie Renier), la terapia habrá de interrumpirse cuando nazca el sentimiento amoroso entre ellos. Su convivencia será plácida hasta que la joven vea en la calle un hombre idéntico a su marido. La investigación de ese misterio la llevará a conocer a Louis Delord, también psicoanalista, pero de modos agresivos. A partir de ahí Clhoé iniciará una relación doble para tratar de descubrir cuál es el misterio que encierra la absoluta semejanza de los dos psiquiatras. Ozon vuelve a llevarnos, pues, a las turbulentas aguas del thriller erótico, esta vez entretejido con la temática del doble. Una incursión en el género que no le supone renunciar a sus constantes.

Preguntado Paul por si le gustaría tener un hermano gemelo, responde que eso sería tan aterrador como verse continuamente en un espejo. Especulares son Paul y Louis, en su simetría representan la dualidad de Jekyll y Hyde, una polaridad que se pone de manifiesto a través de Clhoé. La atormentada sexualidad de la joven sirve como detonante y falsilla de la dual realidad del sexo: de un lado nos encontramos con la erótica ordenada del sentimiento tierno del amor, del otro la fiereza de la pasión más desatada. Y la propia Clhoé se escinde, atrapada entre su fragilidad emocional y su deseo, que sólo se despliega y culmina ante la agresividad de Louis, ese rostro de la fiereza pasional. “Siento que mi madre me vigila y me juzga”, como la Marnie de Hitchcock, la protagonista se enfrenta a una figura materna castradora, una madre que no ha tenido problema en hacerle saber que fue fruto de un encuentro accidental con un hombre que ya ni recuerda, Clhoé se sabe, pues, hija no deseada y vive la figura de su madre como alguien que no vacilará en desmerecer sus logros y valorarla negativamente. Una madre que no da amor sino solo censura. Por reacción al desamor de la figura materna, la sexualidad para Clhoé tiene la doble implicación de deseo y terror, un goce y un llanto que quiebran su personalidad y su interacción con el mundo. Es la dualidad de Clhoé la que despierta al doppelganger, al gemelo perverso y depredador.

La de El amante doble es una historia repleta de simbolismo, un simbolismo que toma mucho del psicoanálisis y su tensión entre el yo y el ello, de su dialéctica entre Eros y Thanatos, entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Y Ozon desgrana estos símbolos mediante los recursos que ofrece la sintaxis del lenguaje cinematográfico ya desde el prólogo, con esa vagina excitada que se convierte en un ojo que llora mediante un fundido. Toda una declaración de intenciones que nos pone sobre la pista de que vamos a bucear en el inconsciente, ese reflejo oculto y onírico de nuestra personalidad de vigilia. El director va a jugar con las polaridades, esa frialdad minimalista del museo en el que trabaja la protagonista que acoge una exposición sobre el sexo y la carne, es un ejemplo. Y si algo nos remite a nuestra doble pulsión es la imagen inversa que reflejan los espejos. Ozon juega con los ejes de simetría dentro del encuadre para mostrarnos la relación especular entre contrarios, esos que no dejan de ser el otro-el mismo, así destacamos la escena en la que Paul le confiesa sus sentimientos a Clhoé en la consulta, la cámara los toma desde el exterior de la habitación y el marco de la ventana divide el plano en dos, a la izquierda Chloé, a la derecha el terapeuta, cada uno en un polo de la imagen como principios antagónicos y simétricos que son. Ese eje vertical que les separa en el plano nos señala, además, que, aunque la terapia ha puesto la intimidad al descubierto, en realidad apenas saben nada del otro, hay un insondable misterio entre ellos. Como el que existe en cada uno entre la linealidad de la conciencia y el magma confuso de nuestros anhelos más inconscientes. Pero si algo le sirve al director para exponer esa íntima dualidad son los espejos y el rico juego de montajes internos que provocan. La presencia de los espejos en el filme es opresiva hasta la saturación y, sin embargo, ninguno de ellos carece de sentido narrativo: hemos de aprender a leer en la superficie brillante que refleja el ánimo interno de los personajes. De entre todos, el más revelador es el juego que prestan los espejos del vestíbulo de Louis la primera vez que entra en contacto Clhoé con él. A toda pantalla vemos a la joven multiplicarse en los reflejos que se reflejan entre sí. Esa es la maraña de su mente. Esa es la condición humana.

En el lugar del Señor Stein, Cyrano 2.0

Pierre, viudo y jubilado, no sale de su casa desde hace dos años. Descubre los placeres de Internet gracias a Alex, un joven contratado por su hija para enseñarle los rudimentos de la informática. En una web de citas, una joven encantadora, Flora63, seducida por el romanticismo de Pierre, le propone una primera cita. Enamorado, Pierre revive. Sin embargo, en su perfil ha puesto una foto de Alex en lugar de la suya. Pierre debe convencer al joven para reunirse con Flora en su lugar. 

Mis recuerdos sobre Pierre Richard se inician y terminan en los setenta, hace pues bastantes años.  Por entonces era un niño y tuve que sufrirlo, pues nunca me hizo gracia, en películas como El gran rubio con un zapato negro (Le grand blond avec une chaussure noire, Yves Robert, 1972) o La mostaza se sube a la nariz (La moutarde me monte au nez, Claude Zidi, 1974), comedias en las cuales este cómico bastante físico quedaba en mal lugar al compararlo con contemporáneos con Gene Wilder, Marty Feldman o el propio Woody Allen de entonces, con los que físicamente guardaba ciertas similitudes.  Los años han pasado y han hecho más justicia a Richard que a mí mismo. Ahora es un atractivo anciano, un actor que no ha parado de hacer películas en su país, aunque llevábamos muchos sin verlo en nuestras  pantallas: cinco ocasiones en más de 20 años.

Con un humor, como es natural, menos físico (la edad manda) Richard sale muy bien parado en su interpretación de este viudo algo cascarrabias que se siente inconsolablemente solo tras el fallecimiento de su esposa y que descubre la fantasía y la ilusión del amor vía Internet, aunque sea mediante una imagen falsa en una web de citas. Y es que aunque su corazón es joven, no lo es su aspecto, así que hace una pequeña trampa al subir la imagen al perfil del portal, utiliza la de Alex, su treintañero profesor de informática, al que responderá una atractiva joven belga. Cuando la muchacha toma la decisión de irle a visitar, Alex se verá obligado a suplantar al anciano. Y a partir de ahí, esta actualización 2.0 del Cyrano de Bergerac, se desarrolla como comedia de equívocos. Un vodevil ágil que juega con la habitual trama de engaños propia del género, mientras nos hace plantearnos temas tan importantes como si todo vale en la seducción, si lo que importa es el físico o si, al contrario, el amor nace cuando dos almas afines entran en contacto. El desarrollo de la idea argumental (y su consiguiente subtexto) conducirá al cambio del vodevil por la comedia romántica en su tercer acto. Esta evolución la singulariza y la llena de encanto.

En el lugar del señor Stein tiene momentos de gran comicidad, pero nos deja un regusto agridulce al salir del cine. Después de todo, hemos asistido a un relato sobre la soledad, el dolor de la pérdida y la reclusión en uno mismo que esta conlleva. La película nos invita, sin embargo, a no sucumbir ante ello, los personajes descubren (y nosotros con ellos) que la vida es demasiado volátil como para malgastar nuestro tiempo, que es necesario siempre aferrarse a la esperanza de salir adelante y de hacerlo, además, con el mejor humor posible.

 

Reparar a los vivos, de la muerte nacerá la vida

Todo comienza de madrugada en un mar tempestuoso con tres jóvenes surfistas. Unas horas más tarde, en el camino de vuelta sufren un accidente. En el hospital Havre, la vida de Simón (Gabin Verdet) pende de un hilo. Mientras tanto, en París, una mujer (Anne Dorval) espera un trasplante providencial que le pueda prolongar su vida. Thomas Remige (Tahar Rahim), un especialista en trasplantes, debe convencer a unos padres en estado de shock de que ese corazón podría seguir viviendo en otro cuerpo. Y salvar, tal vez, una vida.

Un inicio intenso, bellamente rodado con magníficas tomas submarinas. La pasión de la juventud, la vitalidad de existir. Del mar al metal del coche y al gris del macro hospital de las afueras, que comparte espacio con almacenes y fábricas. Naturalezas muertas, a pesar de palpitar. La muerte colándose en la estancia, inesperada. Los padres, Emmanuelle Seigner Kool Shen con la desolación de la tragedia inesperada como solo ellos pueden vivirla. Galatéa Bellugi, mostrando la profunda tristeza ante la pérdida de un amor que justo comenzaba, tan intenso como solo se vive a los 17 y como solo puede representar la actriz revelación de 9 meses(Keeper, Guillaume Senez, 2015). Pero también el impacto en el entorno del  hospital. En los médicos, experimentados profesionales pero también humanos. Mortales. Y finalmente y en su segunda parte sobre el receptor del corazón del joven. Todavía latiendo.

Un magnífico trabajo de presentación de personajes que el director nos muestra en tan solo dos pinceladas, sin embargo, luego no obtienen el recorrido esperado. Pasan como jirones de vidas. Como olas. Efectos colaterales mientras el tono de la película va girando, de la desolación, del vacío, a la esperanza. De la muerte a la vida. Del final abrupto del amor al reinicio de un nuevo romance. Como cada minuto, cada hora, cada día. Como siempre.