La Cordillera, desde la cima del mal

En una cumbre de presidentes latinoamericanos en Chile, donde se trazan las estrategias geopolíticas y las alianzas, Hernán Blanco, el presidente de Argentina, atraviesa un drama político y familiar. Está implicado en un caso de corrupción a través de su yerno. A pedido de su padre, Marina Blanco asiste a la cumbre para buscar protección, ganar tiempo y negociar una salida. El pasado, alguna vez tranquilo y doméstico, se transforma en un elemento peligroso cuando es visto desde la cima de la vida pública, visto desde la cumbre.

En su quinto largometraje, Santiago Mitre nos trae un drama político que se arropa con los tintes del thriller psicológico, una doble trama puesta al servicio de un análisis certero sobre la naturaleza del bien y del mal y el uso partidista que de ellos hacen quienes nos gobiernan. Mitre sabe bien de los matices, lo demostró en su guion para Carancho (2010, Pablo Trapero), película de la que comentábamos aquí: “excelente y descarnada película argentina que no nos ahorra la suciedad de ese mundo de mercadeo de las aseguradoras sobre los más débiles, con una historia de amor límite entre un buscador, un carancho, y una doctora del servicio de urgencias que sobrelleva su trabajo gracias a las drogas. Todo ello enmarcado por los accidentes automovilísticos tan exageradamente abundantes en Argentina”. Allí se nos hacía reflexionar sobre las apariencias, como el timador puede ser un héroe anónimo cuya peripecia sirve como denuncia de una corrupción mayor, en La Cordillera volvemos a encontrarnos con la corrupción y la duda sobre si el fin puede justificar a los medios, pero da un paso más allá y nos plantea si no existirá por debajo de todo un mal absoluto en el que se incurre, no por desconocimiento, sino por voluntad propia.

Hernán Blanco (Ricardo Darín) es el político sin pasado conocido, el candidato en el que se depositaba la esperanza de que hiciera tábula rasa con los desmanes de los gobernantes y trajera una política limpia dedicada a favorecer el bien común. Su apellido venía a ser una metáfora de su condición de hombre íntegro capaz de devolverle al país un orgullo y un restablecimiento económico y político que harían posible afrontar y resolver los problemas sociales y nacionales. Pero Mitre arranca la acción con el descubrimiento de que no todo es tan blanco, sobre el mandatario planea la sombra de ciertos usos indebidos del dinero de campaña, por los que es chantajeado por su ex yerno, y la política de salón para ocultarlo a la opinión pública. A partir de ahí, toda su actuación queda bajo sospecha mientras le vemos circular por las cloacas del poder en esa cumbre en la cima de Los Andes: ¿actúa en favor de su pueblo o sólo busca ventajas para sí mismo? La honestidad de Blanco es puesta en duda, además, por la deriva de la crisis psicológica de su hija, ¿la ha hecho acudir al punto del mitin para ponerla a salvo si aflora el escándalo o, más bien, para vigilar que no haga declaraciones inconvenientes a la prensa? El trhiller psicológico ahonda el drama político sembrando dudas sobre el pasado del mandatario. Recuerdos que parecen no serlo, o sí, y todo es negado por la amnesia voluntaria del presidente Blanco. Y la mayor duda, si acaso incurre en el mal, ¿lo hace desde una postura relativista en la que se perdonan los medios para un buen fin, o, actúa a sabiendas y sin falsas excusas?

La cordillera juega bien su intriga y nos atrapa con su ritmo, méritos del director, pero también es una película de actores: Ricardo Darín encabeza un elenco  integrado por los actores argentinos Dolores Fonzi (‘Truman’), Érica Rivas (‘Relatos Salvajes’) y Gerardo Romano (‘La Fuga’); la actriz española Elena Anaya (‘La piel que habito’); los chilenos Paulina García (‘Gloria’) y Alfredo Castro (‘Neruda’); y el actor mexicano Daniel Giménez Cacho (‘Blancanieves’).  Todos ellos en estado de gracia, con ese saber hacer lleno de matices que nos dibujan personajes redondos, plagados de aristas y psicologías complejas. Igual de inspirado está el equipo técnico, Mitre ha contado durante la filmación con el respaldo del director de fotografía Javier Juliá (‘Relatos salvajes’); de Sebastián Orgambide (‘El clan’) como director de arte; y la diseñadora de vestuario Sonia Grande, colaboradora habitual de Pedro Almodóvar, Alejandro Amenábar y Woody Allen. Y, por supuesto, la banda sonora de Alberto Iglesias le da el contrapunto ideal a la acción.

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A War (una guerra), una encrucijada moral

 A War (una guerra) es un duro alegato anti-belicista, y todo un ejemplo de como las normas, si bien están para cumplirlas, a veces hay que saltárselas para evitar males mayores. Un dialéctica entre lo legalmente exigible y lo moralmente bueno. Una reflexión que nos trae a la memoria el aroma de la wellesiana Sed de mal, pues aquí también nos habremos de cuestionar si la mentira puede llegar a ser necesaria para que prevalezca la justicia. A War (una guerra) es una propuesta incómoda que nos hace interrogar a nuestro sistema de valores.
Una escena de impacto inaugura la acción: un soldado muere ante nuestros ojos cercenado por la explosión de una mina, su realismo nos sacude hasta comprender lo absurdo de esa muerte. La sinrazón de la guerra golpea a estos soldados daneses destacados en Afganistán en misión humanitaria. También a los habitantes del cercano pueblo, que deben convivir con estos invasores y con los talibanes, que les amenazan si colaboran con los soldados. Y Lindholm consigue que nos sintamos allí, que interioricemos la tensión dramática y la vivamos como propia, pues lo que allí está en juego es la encrucijada moral de tener que decidir entre actuar según nos manda la compasión o acatar la norma sin cuya existencia sería imposible hacer prevalecer los principios que ordenan la sociedad.
La película se desarrolla en tres escenarios. Tenemos a los soldados y sus rutinas, en las cuales la muerte siempre estará presente. También acompañaremos a la esposa y los hijos del comandante Pedersen, que deben habituarse a la ausencia del marido/padre. Y finalmente se abrirá un nuevo frente en el juzgado, cuando Pedersen sea acusado de haber ordenado una acción que causó muertes civiles innecesarias. Allí es donde se nos hará reflexionar sobre la honestidad y la mentira necesaria. Un interesante debate, en el cual será el espectador el que tendrá  que sacar sus conclusiones. Como sea, nada permanecerá igual, no podremos regresar a la inocencia tomemos el partido que tomemos.

Kommandant Claus Michael Pedersen (Pilou Asbaek) in Afghanistan

Tobias Lindhold posee una dilatada carrera como guionista, suyos son los de la brillante La caza (Jagten, Thomas Vinterberg, 2012) y el de la menos interesante La comuna (Kollektivet, Thomas Vinterberg, 2016), y como director cuenta con un documental y tres cintas de ficción, protagonizadas todas por su actor fetiche, Pilou Asbæk, intérprete que cada vez es más solicitado en el cine norteamericano. 
Lindholm escoge narrarnos esta historia a la manera de un documental, de forma áspera, realista , como exige el relato. Sin efectismos y con unas muertes que se presentan furtivas, en la distancia, ya sea mediante anónimas minas, como por impactos certeros de francotiradores. Muertes cobardes en esta historia sobre decisiones equivocadas, precipitadas. Sobre la mentira, la justicia y, sobre todo, el absurdo de la guerra, que condena  a los hombres a luchar contra su propia conciencia.

Siete deseos, una cinta de terror adolescente para toda la familia

Después de la fallida Anabelle (2014)John R. Leonetti vuelve a adentrarse por los derroteros del subgénero de terror asociado a objetos malditos. Siete deseostiene puesta su mira en el sector adolescente del público, sin embargo, se trata de una película muy correcta y suficientemente inteligente como para agradar a un público más amplio. Pésimo favor se hace, pues, a esta cinta promocionándola en relación con aquella de 2014. Siete deseos brilla más que el filme que la precede, pues no deja de ser terror mainstream, pero con una premisa atractiva y que podríamos resumir como la exposición del lado perverso de la lámpara de Aladino.

De entrada, Leonetti se aleja de las fórmulas manidas del slasher para abordar los eternos conflictos de la adolescencia, la necesidad de reconocimiento del grupo, las rivalidades entre pandillas, la popularidad y el rechazo, el valor de la amistad y los devaneos sentimentales; aunque sus personajes jueguen los roles usuales tienen la suficiente entidad psicológica como para no ser meros clichés, ni mucho menos carnaza. Está lejos de las repetitivas zombie movies e incluso de las películas de fantasmas con susto fácil. Tampoco se enfrentarán sus protagonistas a ningún psicópata, lo que está en juego es la propia ambición, el mal está en la resbaladiza ambivalencia de los deseos: un bien para nosotros puede comportar serios contratiempos para otros. Y todo ello se canaliza mediante el recurso a un objeto maldito, en esta ocasión una caja de música de la antigua china que le brinda siete deseos a quien la posea, pero advirtiéndole que lo pagará con sangre. Una advertencia que no se descubrirá hasta bien entrada la película, cuando la trama ya condena a la protagonista a no poder controlar el poder que ha despertado, cosa que la llevará al inapelable desenlace con el que se cierra (bien) el filme.

Leonetti recurre a usos narrativos que ya había ensayado en Anabelle, la tensión construida mediante planos detalle de los elementos que rodean una acción jugando con la distinta información que posee el espectador respecto al personaje que protagoniza la secuencia, pero lo que allí se dilataba hasta el punto de que cuando llegaba la resolución no se conseguí el efecto, aquí, en Siete deseos, se pauta en un tiempo mesurado que dota a la acción del tempo perfecto para sus pretensiones. Leonetti, pues, ha corregido sus excesos y  sus defectos y se nos muestra ahora como un diestro arquitecto del suspense. Es muy probable que en esta cinta haya trabajado con más libertad que en la anterior, del mismo modo que el guion de Barbara Marshall (responsable del de Viral) le ofrece mejores mimbres que tejer de los que disponía en Anabelle. Si aquella fue un decepcionante spin off de un título mayor (Expediente Warren: The Conjuring), la cinta que llega ahora a nuestras salas es un pequeño ejercicio, pero muy eficiente, que puede verse sin rubor.

Dentro del acertado reparto destaca la joven y ascendente protagonista, Joey King, que a pesar de su juventud tiene una extensa carrera a sus espaldas. Para el fan del terror resultará familiar desde bien pronto, pues con nueve años interpretó a la salvaje niña zombie, Briana, en la versión americana de [Rec]Quarantine (John Erick Dowdle, 2008); o a Christine en Expediente Warren: The Conjuring (James Wan, 2013). Aunque también la hemos podido ver recientemente en otro registro totalmente diferente en Un golpe con estilo (Going in Style, Zach Braff, 2017). Por otra parte, resulta agradable encontrarse con un rostro, todavía tan bello, como es el de Sherilyn Fenn.

Siete deseos nos ofrece una cinta de terror adolescente consumible por toda la familia, con un guion sólido, un buen reparto, y una acertada dirección. Divertirá haciéndoselo pasar mal a muchos, por ese uso preciso del suspense que ya indicábamos, pero también por las ingeniosas muertes que perlan el relato, totalmente alejadas de esa casquería a la que nos tienen acostumbrados los productos dirigidos al mismo público que esta tiene como objetivo. Sin ser brillante es más que correcta, un producto que se sale de la media que, sin ser absolutamente original, juega bien las bazas del terror sin tener que recurrir siquiera al abuso del jump scare. Digna, muy digna.

La guerra del planeta de los simios, buen broche final

César y sus monos son forzados a encarar un conflicto mortal contra un ejército de humanos liderado por un coronel (de nombre desconocido) despiadado e inhumano. Después de sufrir pérdidas enormes, César lucha contra sus instintos más oscuros en una búsqueda por vengar a su especie. Cuando finalmente se encuentren, Cesar y el Coronel protagonizarán una batalla que pondrá en juego el futuro de ambas especies y el del mismo planeta.

Para el lanzamiento de la película Superman(Richard Donner) del año 1978 se utilizó una afortunada frase publicitaria “Usted creerá que el hombre puede volar”, pues no sería descabellado que esta saga, y particularmente esta tercera entrega, tuviera un reclamo tal que así, “Usted creerá que el mono puede hablar”. Y es que esta tercera película de la nueva saga de El Planeta de los Simios es un portento tecnológico de esos que cuando salen en DVD hay que negarse categóricamente a ver los extras, pues toda la magia que se contempla en la pantalla, queda totalmente reducida a pantallas verdes y cosas muy extrañas que enturbian el impresionante resultado. Créanme, se lo que digo. Lo hice con los de Gravity y quiero olvidarlos, sepultarlos en mi memoria.

Hay que creer, pues el cine es lo que nos pide: que creamos en los vemos en la pantalla, todavía con ojos de niño pre-tecnológico. Pero para creer hay que ofrecer un producto bien realizado, con alma, y estos simios poseen alma y nos la trasmiten a través de sus miradas. Y Matt Reeves con su película.

Esta atinada conclusión de la serie de los simios de este nuevo milenio ofrece algunos guiños a la saga precedente. Un guiño para los veteranos. Veremos a Cornelius, estirpe de César; conoceremos a una pequeña humana que será bautizada como Nova; serán Alfa y Omega el objeto de destrucción como también lo fue en el feudo de los mutantes; y se contará con la presencia de simios crucificados, un símbolo que pondrá a los monos esclavizados en consonancia con la revuelta de los gladiadores de Espartaco, naturalmente vía Kubrick.

César ni quiso ni inició esa guerra de humanos contra simios, tan solo busca la libertad de su pueblo, pero cuando él sufra una importante pérdida, se convertirá en algo personal, llenando su semblante de ira hacia el Coronel, el humano que mató a sus seres queridos. Una furia ciega que le aleja de sus intereses hacia el pueblo que lidera. Y es que César tiene más humanidad que los humanos. Incluidos sus defectos, esos pequeños defectos que llevan al hombre a su destrucción. Además, el propio virus que ha dado cada vez más inteligencia a los simios, se la está arrebatando a los humanos. Y contra eso es contra lo que se rebela el Coronel, el villano de la función, que tiene un terrible pánico a perder a deshumanizarse. Lo que no sabe es que, hace tiempo, años, que dejamos de serlo.

                                                                           ¡Bad Ape!

Woody Harrelson está magnífico como ese sosias del Coronel Kurtz, que como aquel pierde la razón. Una similitud que se busca, en cierto modo, con esas pintadas en los túneles (‘Ape-calypse Now’), pero más allá de él, las estrellas de la película, y así se muestra en el reparto, son los actores que encarnan a los simios. Andy Serkis en los ojos de César, sí, pero también Karin Konoval como Maurice o Steve Zahn como ese Bad Ape, un pequeño reducto cómico en un personaje entrañable. Todos ellos actuando con sus ojos y gestos, expresando mucho más que con palabras. Mimo y vuelta a los orígenes del cine, cuando la mímica comunicaba todo lo que necesitábamos saber. Cuando el cine se llamaba Arte Mudo. Cuando el cine dejó, con la llegada del sonoro, de ser Arte. Y algo que, por cierto, hace que la cinta requiera ser parcialmente subtitulada incluso en su versión doblada, lo cual nos lleva a que nos cuestionemos si será posible que esa parte del público que es incapaz de dejarse llevar será capaz de soltar el móvil durante la proyección de la película y consiga centrarse en (¡Oh, diablos!) LEER los subtítulos de la pantalla. de esta cinta multigenérica. Multigenérica porque, de la guerra del título, tiene el inicio y parte de la conclusión, pero con un acto central que utiliza ingeniosamente el lenguaje de otros géneros y subgéneros como el western y el cine de evasiones.

Personalmente la saga original de El Planeta de los Simios forma parte de mi memoria sentimental. De niño compré muñecos Mego de la saga, jugué a las películas que vi en los cines de programa doble, y coleccioné hasta los comics Vértice. Esta nueva saga es diferente, no hay que comparar para evitar agravios, totalmente injustos para ambas partes. Es otra historia, con elementos en común, pero que pueden convivir. Una no anula a la otra. Añade. Suma y engrandece la historia original. Dos horas y veinte minutos de cine, de vida, bien invertidos. Por favor, no perdamos la capacidad de maravillarnos ante las posibilidades de la máscara (tecnológica, pero máscara) y la actuación eficaz. Algo que se ha dado desde el primero actor que prefirió ser anónimo ocultando su cara, para apoyar y añadir eficacia a su interpretación.

Gru 3, mi villano favorito, ¿fin de la saga?

No llega a ser una regla general porque tiene excepciones, pero son muchos los ejemplos en que, en una ficción (y más si cabe si es animada), el personaje más atractivo es el villano. Esto era así incluso en el mágico mundo de colores de Disney con Maléfica y Cruella de Vil a la cabeza. Frente a villanos bien definidos poco tienen que hacer los héroes, estos tienen menos recorrido porque han de encarnar el bien, no pueden tener aristas y eso empobrece sus matices, cuanto más maniqueo es el planteamiento más se acentúa esta condición. Peter Pan no sería quien es si no tuviera como oponente a Garfio (no es vano que Spielberg titulara Hook a su adaptación del relato de James Barrie), identificarnos con el pirata, sin embargo, nos causaría esa especie de remordimiento que va asociado con los placeres culpables. El gran éxito de Illumination fue entender esta premisa y lanzar al mundo un héroe que era el villano bien acompañado por un puñado de secuaces amarillos y petardos. Gru es ya un referente popular y sus compañeros Minions un fenómeno global, que han colocado en un lugar de honor a la compañía que los diseñó y que parece dispuesta a repetir la fórmula tantas veces como sea necesario. El problema, sin embargo, es determinar hasta cuándo será necesario repetirla sin agotar la veta y, de paso, sin saturar al público

Este fin de semana llega a nuestros cines la tercera entrega de las peripecias del villano héroe, Gru ya no es un personaje huraño con ganas de hacer el mal, en sus dos aventuras previas ya se había convertido en padre adoptivo y había conocido a su media naranja con la que forma equipo en la Liga AntiVillanos. Para que recupere su espíritu será necesario que caiga en desgracia y eso es lo que ocurre cuando no consiguen derrotar a Balthazar Bratt, el terrible villano que amenaza con destruir a la raza humana. Lucy y Gru son expulsados de la Liga (con el concierto de su nueva agente jefe). Los Minions tienen la esperanza de que Gru volverá a su vida anterior, pero cuando les dice que ha dejado atrás la villanía, los Minions deciden abandonarle. Cuando parece que no puede sentirse peor, aparece un extraño y le anuncia que su padre, a quien apenas conoció, ha muerto y que tiene un hermano gemelo llamado Dru deseoso de conocerle. Dru es su gemelo y su reverso, viste de blanco (Gru nunca ha abandonado sus hábitos negros), tiene una considerable mata de cabello (rubio para más Inri) y es el heredero de una cuantiosa herencia. Los hermanos son, pues, las dos caras de una misma moneda, Dru el éxito y Gru el fracaso. Pero Gru no regresará a la villanía por causa de su caída, sino por el deseo secreto de Dru: seguir los pasos de su padre y convertirse en un malo de primer orden. Dru le confiesa que su padre nunca creyó en él y que, por lo tanto, desconoce todos los trucos de los villanos. Solo Gru, con sus conocimientos, le ayudaría a alcanzar su sueño y seguir los pasos de sus antepasados.

Este es el marco argumental que justifica la reaparición del lado oscuro: como ya no podía venir del protagonista se ha recurrido a la estrategia narrativa de dotarle de un alter ego. La villanía en la herencia familiar, el carácter engañoso de las apariencias, la vacilación interna del héroe, todo esto está en juego en esta cinta de animación que no tiene nada de simple.  Y todo sin olvidar el humor que define a la franquicia desde su origen. Gru 3 es una cinta ágil, llena de color y aventura, con buenas situaciones cómicas que siguen teniendo algunas de sus mejores bazas en la acción paralela que protagonizan los Minions, pero, a pesar de todo ello, no vuela tan alto como sus predecesoras. Y es que Gru se ha domesticado y recurrir a la concurrencia de un gemelo no deja de ser un subterfugio fácil (y forzado) para recuperar su lado salvaje. El arco de transformación de Gru, si no lo estaba ya antes, queda desarrollado hasta el límite con esta tercera aventura que debiera ser la última, un cierre no espectacularmente brillante, pero suficientemente digno y entretenido como para clausurar la franquicia dejando buen sabor de boca.

Y en ese buen sabor de boca, como no podía ser de otro modo, juega un papel esencial el auténtico malo de la función: Balthazar Bratt, un tremendo villano que sueña y trama con destruir Hollywood desde que cancelaron su programa de televisión. Bratt, un adulto obsesionado con los años ochenta por haber alcanzado brevemente el estrellato en esa época siendo un niño, no ha superado la decepción de haber sido abandonado por su público. Con Bratt los guionistas nos regalan un retrato irónico de las estrellas infantiles y, de paso, de la década ochentera. Su figura es un cúmulo de referencias que harán las delicias de los adultos que acompañen a sus vástagos, ese mullet, esas hombreras, esa obsesión con la música disco, ese keytar (teclado guitarra) reconvertido en arma y esos cubos Rubik explosivos; toda una eficaz caricatura cargada de humor y unas gotas de tristeza. El productor no tiene reparos en reconocer que el nuevo enemigo de Gru es uno de sus personajes favoritos creados por Illumination hasta ahora. “Balthazar Bratt es un malo sorprendente, muy gracioso”, explica. “No entiende que sus fans ya no le quieran. Su única motivación es vengarse del mundo que le abandonó, y tiene la intención de hacerlo en una versión adulta de su personaje infantil televisivo. Es una idea completamente absurda, y si a esto se le añade la voz de Trey, la perspectiva de toda la película cambia. No solo está el diseño del personaje, también la voz y una animación espectacular; los matices de la interpretación son realmente excepcionales. El equipo se ha superado con este personaje y ha conseguido una de las mejores animaciones que jamás he visto”. Al personaje le definen tanto sus rasgos maquiavélicos como su total ridiculez y Trey Parker (South Park) fue esencial para definir el papel. Dio una personalidad muy definida al personaje, una voz perfecta para los dibujos animados, pero con intencionados toques vulnerables.

Bratt está llamado a convertirse en uno de esos villanos emblemáticos que anidarán para siempre en nuestra memoria, lo mejor de esta tercera entrega. Así llegamos, como conclusión, a la que era nuestra premisa de partida:  no llega a ser una regla general porque tiene excepciones, pero son muchos los ejemplos en que, en una ficción (y más si cabe si es animada), el personaje más atractivo es el villano. ¡Qué ustedes disfruten con las fechorías animadas de ayer y de hoy!

Patria, ocasión perdida

Todos los pueblos tienen sus propios mitos y leyendas fundacionales con los que dan cuenta de sus orígenes, recubriéndolos de una pátina heroica sobre la que se asienta el orgullo de pertenecer a la comunidad. La hazaña de Guifré el pilós, padre de la patria que con su propia sangre habría instituido la insignia que la abandera, es la más célebre de las leyendas catalanas. Menos conocido, sin embargo, es el episodio que habría dado origen al nombre con el que se conoce a esas tierras y a sus habitantes, se trata de la gesta de Otger Catalò i els nou barons de la fama que en el Siglo VIII habrían liberado la región de la invasión sarracena. Hombres libres que no rendían vasallaje a ningún señor feudal, habrían dado sus vidas en nombre de la libertad y la paz de las tierras que serían conocidas desde entonces como catalanas en honor del apellido de su líder. Joan Frank Charansonnet supo de su historia de labios de su abuela y ha querido recuperarla del olvido para “… poner en valor a un personaje poco conocido y, además, que los catalanes nos sintamos orgullosos de ser quiénes somos” (declaraba en La Vanguardia). Pàtria responde al sueño de su director de compartir ese relato heroico que impregnó su imaginación infantil y le dio conciencia de lo que supone ser catalán.

Pàtria, publicitada como la primera cinta épica del cine catalán, es una película de modesto presupuesto (250.000 euros) que no ha contado con ninguna subvención y que se ha financiado (en parte) mediante el micromecenazgo. Braveheart o Spartacus son las dos películas que toma el director como referencia para inaugurar un género que abrirá, en su opinión, nuevas ventanas al cine catalán. El director ha pretendido rodar una superproducción cinematográfica que llegue a todos los públicos, para ello se ha rodeado de actores reconocidos de la escena catalana como Miquel Sitjar (en el papel protagonista) Boris Ruiz, Miquel Gelabert y Àngels Bassas, a los que hay que sumar los más de 400 figurantes. En aras de darle una mayor corporeidad, Joan Frank Charansonnet ha apostado por grabar la mayor parte de la película en escenarios reales y prescindir del croma. Las localizaciones (el Solsonès, el Bages y el Alt Empordà) son, con abultada diferencia, lo mejor del filme. La cinta compensa la escasez de medios económicos con una importante inversión de voluntad y esfuerzo que ha de serle reconocida y puesta en valor, sin embargo, el resultado final queda muy lejos de los objetivos soñados.

Pàtria cumplirá el propósito de hacernos interesar por Otger Cataló, su peripecia y su leyenda, pese a que no ha sido capaz de transmitir la emoción que sin duda han volcado los profesionales implicados en ella. Y ese descalabro no es achacable tan sólo a los pocos medios económicos, otros con menos hicieron más (nos vienen a la mente numerosos ejemplos que no mencionaremos porque las comparaciones son odiosas). Lo de menos es que los escasos efectos especiales que contiene sean poco elaborados, ni tampoco importa los pocos efectivos humanos empleados en la recreación de las batallas: con lo mismo, bien narrado, habríamos tenido una película digna. Los fallos de Pàtria son de trazo más grueso y se deben a cuestiones más básicas. La apreciable labor de documentación histórica (que es reconocible y hay que destacar) se malbarata en un guion que confunde la poesía con la dicción pomposa; que se complica con la utilización de un doble tiempo narrativo, la gesta y su recopilación posterior (bien llevada al siglo XV del que datan las primeras versiones escritas, pero… ), ya que esto le obliga a jugar con dos tramas paralelas que, más que ayudarse la una a la otra, dan lugar a un relato opaco y confuso; que resulta ineficaz a la hora de desarrollar las partes canónicas de una crónica de estas características, como podría ser (y sólo es un ejemplo de los que se podrían entresacar) la presentación de los héroes, sus motivaciones y características, la relación entre ellos… cuestión fundamental para conseguir que su hazaña despierte nuestras emociones; y, lo peor de todo, un guion que lastra la acción y encorseta las interpretaciones haciendo que estas resulten forzadas y artificiales.

Las interpretaciones, pues, no son en ningún momento convincentes, carecen de frescura y se muestran incapaces de crear personajes con un mínimo perfil psicológico, todos, casi sin excepción, son planos y articulados mediante clichés. Los interpretes tienen su propia responsabilidad en ello, pero nos parece detectar, más bien, errores en la dirección de actores. Las decisiones de realización son igualmente defectivas, al director le ha faltado cintura a la hora de poner en escena ese guion que coescribe con Pau Gener, lo que funciona sobre el papel no siempre lo hace en la pantalla y a veces hay que saber prescindir de un material que hemos mimado pero que, puesto en imágenes, van a gravar nuestro relato y van a confundir al público. La cinta adolece de una notable falta de ritmo, eso es lo que hace que el ardor épico pretendido brille por su ausencia y no, como comentábamos más arriba, la falta de recursos económicos y humanos. Pero sin duda la peor decisión de puesta en escena es el abuso de la cámara lenta, un recurso que bien destilado puede añadir heroísmo y fuerza a una acción, pero que usado ad nauseam acaba provocando el efecto totalmente contrario.

Pàtria es una película arriesgada y valiente, como todo buen pionero debe serlo, pero su resultado plástico es ineficiente. En su favor hay que decir que su empuje y su capacidad de entusiasmar cuando era sólo un proyecto (véase, si no, su éxito en la campaña de micromecenazgo) será una semilla que podrá fructificar en posteriores trabajos que se adentren en el camino que Pàtria ha abierto.

Wilson, de la viñeta a la pantalla

Harrelson interpreta a Wilson, un solitario, neurótico, divertido y honesto misántropo de mediana edad que se reconcilia con su mujer (Laura Dern), de la que se separó, y que recibe una nueva oportunidad para ser feliz cuando descubre que tiene una hija adolescente (Isabella Amara), a la que no conocía.  De una manera bastante extravagante y retorcida, se propone conectar con ella.

Wilson nació de una experiencia del propio Clowes compartida con su personaje. “Mi padre estaba hospitalizado, víctima de un cáncer terminal, como le sucede a Wilson al principio de la película”, explica. “Yo estaba sentado junto a su cama con la mirada puesta en el infinito, y sólo quería estar en esa habitación con él. Me traje mi pequeño bloc de dibujo y comencé a garabatear una breves tiras cómicas, ligeras y divertidas, para evitar sentirme abrumado”. Al fin, un personaje comenzó a emerger; al principio, no era más que un muñeco hecho de palillos pero con la descomunal personalidad de un hombre que dice toda la verdad sin ambages, independientemente de que alguien quiera oírla o no. “Yo estaba tronchándome de la risa”, reconoce Clowes. “Wilson tiene algo de memo, pero también es un tipo solitario que intenta trazar su curso por la vida”.

Pero si la adaptación de Ghost World, que en 2001 dirigió Terry Zwigoff protagonizada por las dos entonces mocosas, Thora Birch Scarlett Johansson, resultó ser un valor añadido a la novela gráfica de Clowes, no sucede lo mismo con este Wilson, que ofrece un resultado un tanto deslavazado que no parece aprovechar suficientemente la carga de cinismo que tiene el personaje, ese plasta amargado que no termina de resultar gracioso (ni simpático) en su esfuerzo por trascender, pese a que las situaciones lo permitirían. De modo que el arco de transformación del personaje, interpretado por un Woody Harrelson en su salsa, no queda suficientemente matizado.

Su narración, adaptada por el propio autor de la novela gráfica, parece desarrollarse a trompicones, como en tiras, por no abandonar el lenguaje secuencial, no del todo bien hilvanadas entre sí. Y no en vano, tal y como explica el propio Daniel Clowes, algo de eso hay: “Yo tenía millones de tiras cómicas que eran pequeños fragmentos de la vida y, finalmente, encontré un relato en medio de todo ello. Al llegar al proceso de creación del guión, tenía la sensación de que ya disponía de un gran boceto para la película”. Pero lo que funciona en su novela gráfica, no ofrece el mismo resultado en la pantalla. A pesar de todo ello, Wilson no resulta tediosa (sus 94 minutos ayudan a ello) y contiene algunos buenos momentos que nos retrotraen a lo mejor de Daniel Clowes, con algún personaje que parece salido casi directamente de sus viñetas.