Thelma, fantástico de autor

Thelma, una joven y tímida estudiante, se despide de su religiosa familia de un pequeño pueblo de la costa oeste de Noruega para estudiar en la universidad en Oslo. Un día, en la biblioteca, es víctima de una convulsión violenta e inesperada. Poco después, descubre que se siente intensamente atraída por Anja, una joven estudiante que corresponde a Thelma en esta poderosa atracción. A medida que avanza el semestre, Thelma se siente cada vez más abrumada por sus intensos sentimientos por Anja (sentimientos que no se atreve a reconocer, ni siquiera a sí misma), y a la vez sufre convulsiones cada vez más graves. Cuando empieza a quedar claro que las crisis son un signo de sus facultades sobrenaturales, inexplicables y a menudo peligrosas, Thelma se enfrenta a trágicos secretos de su pasado, y a las aterradoras repercusiones de sus poderes.

Eili Harboe da cuerpo a Thelma, una joven de severa formación católica que por primera vez debe separarse de sus padres cuando empieza la universidad. Joachim Trier regresa a sus tierras nórdicas para traernos esta cinta que en parte podríamos definir como un singular cruce del Bergman de Fanny y Alexander (1982) y el Stephen King de Carrie. La película advierte en su cabecera de que contiene imágenes centelleantes que pueden provocar ataques epilépticos y no advierte en vano, así nos aproxima el director, casi experimentalmente, a las sensaciones vividas por la protagonista. Thelma llama cada día a sus padres, habla con su padre de hecho, la figura más severa, y les cuenta todo lo que experimenta, por su formación nunca ha probado el alcohol, ni el tabaco, ni casi ha frecuentado amigos, es por eso que todo lo que le ocurre en la universidad, todos los mundos que conoce, causan en ella una honda impresión, un sentimiento ambivalente que se refuerza con esa llamada diaria. Por una parte su nueva vida la llena de sensaciones atractivas, por otra, entran en conflicto con su educación, todo se complicará además cuando conozca a Anja (Kaya Wilkins) y sienta por ella una atracción más allá de la amistad. La respuesta de la joven es física, cada nuevo conflicto le provoca unos ataques nerviosos muy similares a la epilepsia y, mientras tanto, extraños fenómenos se suceden. La búsqueda de un diagnóstico la llevará a una investigación sobre sí misma que la hará descubrir cosas sobre su familia que le han sido ocultadas y, a la vez, aprenderá sobre su poder, su fuerza sobrenatural. Thriller psicológico de tempo pausado, uno teme que la vertiente fantástica resulte ambigua al final, pero no, Trier sostiene su apuesta sobrenatural y nos acaba ofreciendo uno de los títulos más sólidos de los que se ofrecieron durante la pasada edición del festival de Sitges, no en vamo se alzó con un premio especial del jurado (lo que es lo mismo que decir que gran parte del jurado se inclinó ante esta cinta en lugar de la ganadora), así como al mejor guión. Todo un nuevo enfoque del género en esta cinta plenamente de autor ¿estará tranformándose el fantástico? De momento dejo la pregunta meramente formulada.

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La tribu y Tomb Raider, dos estrenos para el gran público

Aunque haya quien piense lo contrario, cada semana llegan a nuestras carteleras películas de muy distinto pelaje, cada una buscando su propio público. Hay estrenos minoritarios, que no debieran serlo tanto, que pugnan por hacerse ver, solemos hacernos eco de ellos porque lo merecen, pero, a veces, también hay que hacer caso de los estrenos multitudinarios, porque también su público nos merece respeto, claro, pero sobre todo porque los hay que no son indignantes aunque uno no sea el espectador al que va destinado. Y eso es lo que traemos hoy, dos productos que habrían de tener éxito en la taquilla porque son honestas en sus planteamientos, en la construcción de sus universos y en el trazado de sus heroínas. Como decía Marco Ferreri, el futuro es mujer.

LA TRIBU (Fernando Colomo, 2018)

Virginia (Carmen Machi), limpiadora de profesión y “streetdancer” vocacional, recupera al hijo que dio en adopción: Fidel (Paco León), un ejecutivo que lo ha perdido todo, incluida la memoria. Junto a “Las Mamis”, el extravagante grupo de baile que forman las compañeras de Virginia, madre e hijo descubrirán que a pesar de venir de mundos muy diferentes, ambos llevan el ritmo en la sangre.

La tribu es una comedia amable de Fernando Colomo dirigida especialmente al gran público. Bienintencionada y con diversos mensajes positivos, la cinta no resulta especialmente molesta ni indignante y en ella sus protagonistas, Paco LeónCarmen Machi recuperan, en parte, los papeles que les hicieron populares en la serie Aida, retornando a ese habitat de extraradio (en este caso Badalona), lo que da ocasión a los encargados de diseño de producción de lucirse, realizando un trabajo remarcable con el interior de la casa de Virginia.
Las integrantes de La tribu, un grupo de mujeres trabajadoras de mediana edad, utilizan el baile como actividad terapéutica con la que aprender a valorarse y hallar el equilibrio en sus vidas. Si a todo esto sumamos unas gotas de denuncia social, aunque en dosis muy light, por supuesto, una pizca de vergüenza ajena y el esperado y previsible discurso final de Paco León, lagrimilla incluída, tenemos una película llamada a convertirse en un éxito y que cuenta con algunos puntos en común con Full Monty (Peter Cattaneo, 1997)

Para Fernando Colomo“La Tribu es un estallido de vitalidad. Es una película que no tiene edad. La historia de ocho mujeres que se muestran llenas de entusiasmo al practicar baile urbano merecía ser contada”. El director, que cuenta con una filmografía que contiene emblemáticos títulos del cine español como Bajarse al moroLa Vida AlegreLos Años BárbarosAl Sur de Granada o más recientemente Isla Bonita rodó La tribu entre Barcelona y Madrid el pasado verano contando con la colaboración en el guión de Joaquín Oristrell y Yolanda G. Serrano.

TOMB RAIDER (Roar Uthaug, 2018) 

Lara Croft es la hija, ferozmente independiente, de un excéntrico aventurero que desapareció cuando ella era apenas una adolescente. Ahora, Lara se ha convertido en una joven de 21 años sin ningún propósito en la vida. Se abre paso por las caóticas calles del East London, el barrio de moda, como mensajera en bicicleta, un trabajo que apenas le da para pagar el alquiler. Decidida a forjar su propio camino, se niega a tomar las riendas del imperio empresarial de su padre y con la misma firmeza se niega a reconocer que él se ha ido para siempre. Pero después de siete años sin él, deberá enfrentarse a los hechos y seguir adelante aunque Lara no logra entender lo que la impulsa a resolver el enigma de su misteriosa muerte. Lara deja atrás todo lo que conoce y va en busca del último paradero conocido de su padre: una legendaria tumba en una isla mítica que podría estar en algún lugar de la costa de Japón. Pero su misión no será fácil; de hecho, llegar a la isla entrañará de por sí enormes peligros. De repente, Lara tendrá que enfrentarse a retos aún mayores y, contra viento y marea, y gracias a su inteligencia, su fe ciega y su espíritu inquebrantable, debe aprender a superar sus límites mientras se adentra en lo desconocido. Si sobrevive a esta peligrosa aventura, podría ser su bautismo de fuego para ganarse el nombre de Tomb Raider.
Al no haber visto las dos entregas de la anterior saga ni jugado nunca al videojuego en el que se basa, tenemos la oportunidad de hablar, sin prejuicio, de esta nueva película -reboot- sobre Lara Croft, la protagonista de la saga  Tomb Raider. Y así desde la distancia salta a la vista que hay, al menos, una cosa que distancia a esta Lara Croft de la encarnada por Angelina Jolie, y es que se ha despojado al personaje de su carácter sexy y de su glamour. Y con ello no queremos decir que no posea un gran atractivo Alicia Vikander -que lo tiene-, pero esta nueva Tomb Raider se ha adaptado a lo que demandan los tiempos. Encarnando a una heroína de carne y hueso que grita, llora, pasa miedo y sangra cuando toca. Y sin necesidad de que la historia contenga interés romántico.
La Lara Croft que encarna Alicia Vikander se mueve como pez en el agua tanto en las escenas urbanas de acción con las que se inicia el filme,  como en las que tienen lugar en el impresionante entorno salvaje de la isla a la que irá en busca de su padre, desaparecido y dado por muerto mientras buscaba la tumba de Himiko. Será en la isla donde tendrá lugar la parte más pulp de la cinta, que hará que a más de uno le venga a la cabeza cierto aventurero creado por Spielberg, pero Lara -Vikander- Croft tiene su propia idiosincracia, es inteligente y temeraria y representa una muy buena forma de entender la igualdad de género sin caer en soflamas.  También será en la isla donde la cinta adquiera más estructura de videojuego, con pruebas y acertijos para acceder a diferentes lugares o escapar de trampas mortales.
En su contra cabe decir que, especialmente en la parte final, los efectos infográficos resultan evidentes pero, no sean muy duros, caramba, que también se notaban las maquetas, la animación Stop-Motion y los maquillajes de látex.
Lo que si puede adelantarse con seguridad es que comienza con Tomb Raider una nueva saga en la que, esperemos que Alicia Vikander como Lara Croft, volverá a enfrentarse con La Trinidad, maligna y secreta organización cuya presentación tiene lugar en este filme.

Gorrión rojo, espionaje de corte clásico

Jennifer Lawrence es Dominika Egorova, primera bailarina del Bolshoi que tendrá que abandonar su carrera cuando es lesionada a traición por su propia pareja de baile. Para conservar sus (relativos) privilegios, una pensión para su madre enferma y un apartamento acomodado, tendrá que aceptar la extorsión de su tío y convertirse en un “gorrión”, una espía adiestrada en el arte de la seducción para manipular a y extraer información de sus objetivos. Pronto será destinada a descubrir la identidad del topo que colabora con la inteligencia americana, para lo que habrá de seducir al agente Nate Nash (Joel Edgerton). A partir de ahí se irán sucediendo los giros en la trama, siempre con el protagonismo absoluto de la joven que jugará la baza de su hermetismo y su habilidad para controlar los flecos de todas sus acciones (no tanto los podrá seguir el espectador que verá puesta a prueba su capacidad de atención).

Con Gorrión rojo volvemos a respirar los aires de la Guerra Fría trasladados a nuestros días, de hecho, por su confección y su diseño de arte, solo la presencia de teléfonos móviles nos descubre que nos movemos en la actualidad. Los rusos son el mal, los americanos los paladines del bien y el relato pretende emular al cine más clásico donde la intriga no se apoya sobre la acción espectacular sino que lo hace en el suspense. Nada nuevo bajo el sol, pese a la química entre la pareja de protagonistas y su buen hacer, Gorrión rojo no estaría llamada a permanecer en la memoria de no ser por la ola de nuevo puritanismo que nos envuelve. Leemos críticas que la remiten al cine extremo por su violencia y sus desnudos, no para mal sino todo lo contrario, le ameritan su crudeza como si ello fuera un acto osado y transgresor. Y sí, hay sexo y algún integral, pero cuidado, solo quienes estaban en el set de rodaje pudieron apreciarlo, porque la cámara ya busca el ángulo exacto para que el espectador, más que ver, imagine. Y hay torturas rodadas de modo que tengan fisicidad, pero no esperen una especie de Saló o los 120 días de Sodoma trasladado al thriller de espionaje porque no es el caso, ni la densidad del guion lo permite ni la puesta en escena lo favorece. Dicen y dicen por ahí, que esta no es una cinta millennial sino una película adulta, como si fuera una evolución lógica desde Los juegos del hambre que ya reunieron al director y la actriz en tres de sus entregas, como si fuera un paso hacia la madurez, pero en verdad solo es la versión millennial de lo adulto (que los integrantes de esa generación ya van creciendo), lo que se entiende por ello en esta sociedad infantilizada que prolonga la adolescencia hasta casi la treintena.

Gorrión rojo es entretenimiento mainstream pero con ciertas ínfulas. Un pálido reflejo de los clásicos disfrazado con el ropaje de la crudeza, cuando no es más que un ejercicio complaciente con la dosis justa de sexo y violencia para que los espectadores menos exigentes salgan felizmente escandalizados, sintiéndose modernos y medianamente transgresores.

 

 

En la sombra, concienciación en tres actos

La existencia de la NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista) salió a relucir el 4 de noviembre de 2011 cuando los neonazis Uwe Böhnhardt y Uwe Mundlos fueron hallados muertos en una caravana en llamas. Acababan de atracar un banco. La Fiscalía afirmó que se suicidaron, pero hubieron serias dudas. Un par de horas más tarde del hallazgo de los cadáveres, la novia de Mundlos, Beate Zschäpe, voló el piso que los tres compartían en la idílica Zwickau (Sajonia), para entregarse poco después. Este suceso fue el detonante de En la sombra, la última película de Fatih Akın, toda una indagación sobre el dolor, la justicia y la venganza.

A lo largo de casi una década (entre los años 2000 y 2007), Mundlos, Böhnhardt y Zschäpe asesinaron a nueve emigrantes y una mujer policía, atracaron catorce bancos y realizaron dos atentados con bombas en barrios con gran presencia de emigrantes en los que ocasionaron decenas de heridos. Pero lo más escandaloso es el hecho de que la policía centró sus investigaciones en la comunidad de las víctimas, y atribuyó los atentados a venganzas por asuntos de drogas o de juego. La policía ejerció tal presión que la prensa y la comunidad empezaron a pensar lo mismo. Ante ello Fatih Akin sintió la necesidad de denunciar lo ocurrido, la necesidad de sacarlo a la luz, y de plantearse el espinoso tema de la dialéctica justicia/venganza, desde la mirada de las víctimas: “empecé a documentarme sobre el concepto de la venganza. ¿Existe realmente? ¿Quién buscaría realmente vengarse? ¿Me vengaría ante un hecho semejante? Katja tiene una moral y una definición de la justicia propias. Katja encarna algo oculto, dormido, que todos llevamos dentro y que no debe despertarse. No me interesaban los puntos de vista de los asesinos. Tenía muy claro en quién debía centrarme, con quién debía empatizar. En la sombra se convirtió en una película muy personal para mí. A pesar de ser una mujer alemana rubia de ojos azules, el personaje de Katja se convirtió en mi alter ego. Es una película sobre el sentimiento universal del dolor y de sus numerosas capas“.

En la sombra es un ejercicio de concienciación ante el drama de la xenofobia en una Europa en la que los ultras están escalando posiciones. Narrado en tres actos, el filme se adentra en las aguas del thriller político para usarlo como vehículo desde el que recorrer todas las aristas de ese drama, cada acto aborda un aspecto: el dolor inmediato a la pérdida (en clave de tragedia), la búsqueda de justicia (en clave de drama judicial) y la sed de venganza (en clave de thriller de venganza). Estamos ante una cinta incómoda que casi nos pide que tomemos partido, que experimentemos los límites de la ley a la hora de impartir justicia, nos hace casi dudar de nuestro sistema e interrogarnos sobre qué haríamos ante esa situación. Sin embargo, sin restarle ninguno de sus méritos, quizás le falte convicción en su tercer acto para que logremos totalmente la empatía con la protagonista, y es que acusa una cierta fractura en su andamiaje. Probablemente se deba a la propia vacilación que vive el personaje y que, dado que lo reconoce como alter ego, no es más que un reflejo de las dudas del propio Akin frente a lo que nos plantea. Sea como sea, cumple con su función de hacernos pensare, de removernos de nuestra zona de confort.

La película cuenta además con el sello y estética del director de fotografía Rainer Klausmann, habitual colaborador de Akin y la excelente composición musical de Josh Homme, cantante y fundador del grupo de rock Queens of the Stone Age. Música e imágenes que marcan el estilo propio de Akin y que, junto a la innegable tensión psicológica y emocional que aporta Diane Kruger, hacen que  En la sombra, ganadora del Globo de Oro a la Mejor Película Extranjera, sea una de las películas más esperadas para los amantes del thriller político y judicial.

Perdido&Black Panther, dos estrenos destacables

Todos los medios se harán eco del estreno de La forma del agua, la cinta lo merece como ya comentamos aquí, pero hay más citas interesantes en nuestra cartelera este fin de semana, películas de muy distinto pelaje y dignas de recibir la atención del público. Hoy os hablamos de un par de esos estrenos, dos cintas que encaran el hecho cinematográfico con actitudes totalmente diferentes, una es puro espectáculo, la otra cine independiente europeo, cine de autor, entre las dos casi dan una muestra de lo que el cine puede darnos. Ambas actitudes son dignas, ambos filmes son acreedores de recibir el apoyo de la platea. Esperamos que os animéis y las vayas a ver. Sin cine la vida sería más gris.

PERDIDO (Mon garçon, Christian Carion, 2017)

Francia Duración: 84 min. Guion: Christian Carion Música: Laurent Perez del Mar Fotografía: Eric Dumont Productora: Nord-Ouest Production Género: Drama

Reparto: Guillaume Canet, Mélanie Laurent, Olivier de Benoist, Marc Robert

Sinopsis: Cuenta la historia de Julien (Guillaume Canet), un hombre muy ocupado que hace numerosos viajes por África, Sudamérica y Oriente Medio. La pasión que siente por su trabajo le ha distanciado de sus seres queridos. Hace tres años que se divorció, y desde entonces ha visto a su hijo de 7 años en contadas ocasiones. Pero cuando este desaparece, se ve obligado a aparcar su vida profesional y comienza a descubrir muchas cosas sobre su exmujer (Mélanie Laurent) y su hijo. Un terrible sentimiento de culpa le invade, y decide encontrar a su hijo, cueste lo que cueste…

Rodada en dos semanas por Christian Carion y protagonizada por Guillaume Canet y por Mélanie Laurent , Perdido es una cinta que juega al engaño con el público. Pero considerando este engaño, este juego, como algo positivo. No en vano incluso el propio Canet, que interpreta al padre del niño desaparecido, tampoco conocía el guión y se encontraba inmerso en la historia sin saber como terminaría.

La película parte como drama familiar compartiendo ciertas similitudes con la reciente y devastadora Sin amor(NelyubovAndrey Zvyagintsev, 2017), con una pareja divorciada en la que el hijo, desaparecido en extrañas circunstancias, suponía un equipaje, una carga que parecía  no tener espacio en la nueva vida de ambos. Pero aquí terminan los parecidos entre ambas cintas, pues el registro del filme de Carion cambia y, sin ofrecer explicaciones al público, pasa a ser un contundente y eficiente thriller en el que el propio espectador deberá tomar sus propias conclusiones. Todo un giro inesperado, sorprendente pero no exasperante en esta película de atmósfera seca, gélida y repleta de paisajes desolados en los que todo y nada es posible. 

BLACK PANTHER (Ryan Coogler, 2017)

USA. Guion: Joe Robert Cole, Ryan Coogler (Cómic: Jack Kirby, Stan Lee) Música: Ludwig Göransson Fotografía: Rachel Morrison Productora: Marvel Studios / Walt Disney Pictures Género: Acción

Reparto: Chadwick Boseman, Lupita Nyong’o, Michael B. Jordan, Andy Serkis,Angela Bassett, Forest Whitaker, Danai Gurira, Winston Duke, Daniel Kaluuya,Florence Kasumba, Letitia Wright, Stan Lee, Sterling K. Brown, Martin Freeman,Phylicia Rashad, Sydelle Noel, John Kani

Sinopsis: “Black Panther” cuenta la historia de T’Challa quien tras los acontecimientos de “Capitán América: Civil War”, vuelve a casa, a la nación de Wakanda, aislada y muy avanzada tecnológicamente, para ser proclamado Rey. Pero la reaparición de un viejo enemigo pone a prueba el temple de T’Challa como Rey y Black Panther ya que se ve arrastrado a un conflicto que pone en peligro todo el destino de Wakanda y del mundo.

Black Panther  es un entretenimiento, sí, pero muy imaginativo. En esta ocasión el Universo Marvel ha quedado embellecido por un magnífico diseño de producción y vestuario. Resulta sorprendente e incluso bello, para el espectador abierto de miras, contemplar naves sobrevolando la sabana africana. O contemplar esa imaginativa metrópoli en el  corazón de la selva. Mezclando lo étnico con tecnologías claramente futuristas y mostrando una civilización plenamente avanzada pero que conserva la tradición y los rituales milenarios trasmitidos generación tras generación.

Más que a un superhéroe, lo que se nos muestra es a un Rey-Dios que legisla en una civilización secreta de hombres-dioses de ébano con agentes infiltrados en todo el mundo. Muy cercanos en su belleza a los Numa que retratara Leni Riefensthal. Una civilización en la que la igualdad de sexos es bien patente. Y mucho más allá, pues la científica más avanzada de Wakanda es la joven hermana del monarca, cuya guardia personal está compuesta por fieles guerreras. Tampoco se muestra epidermis femenina, así que los/las que se quejaron por las amazonas de Wonder Woman no tendrán donde asirse. O sí, porque puestos a buscar, los nuevos censores y guardianes de la moral saben encontrar.

También resulta interesante el conflicto de guerra racial que nos ofrece, así que ¿Dónde flojea Black Phanter? pues en nuestra opinión en donde siempre lo hacen las películas de acción americanas, a la hora de mostrar, precisamente la acción, las luchas cuerpo a cuerpo. Lo hacen desde tan cerca y a tal velocidad que el espectador no puede disfrutarlas. Quizás se trate de una posible influencia de la estética de los videojuegos, también presente en varias persecuciones y escenas en las cuales la animación 3D y el croma son más que evidentes. Pero estamos en un reino de fantasía, y pensamos que estos detalles no quitan valor al mundo étnico-tecnológico del poblado Wakanda y Black Panther que sin lugar a dudas añadirá brillo al universo Marvel y a la saga Avengers.

 

The Florida Project, al otro lado de Disneylandia

Por gentileza de Diamond films, llega a nuestras pantallas (cincuenta salas) The Florida Project, una cinta que es firme candidata a figurar entre las mejores del año. Moonee sueña con ir a Disneylandia, pero lo más cerca que ha estado es el motel barato a las afueras de Orlando (Florida), en el que vive con su madre Halley, de 22 años: el Magic Castle Motel. Lo más parecido que Moonee tiene a un padre es Bobby, el gerente del motel, un hombre cauto y diligente que se burla de las payasadas de los niños. Halley ha perdido su trabajo, y otra niña de la misma edad que Moonee se acaba de mudar al motel de al lado. Promete ser un verano inolvidable. Esta sinopsis, la más difundida, no hace plena justicia a lo que nos da el último filme de Sean Baker, todo una excursión por el lado oculto (e ignorado) de América, un escenario donde el alcohol, las drogas y la prostitución son el telón de fondo, un paseo que damos de la mano una niña de seis años.

Recorrer el arrabal del sueño americano no es novedad, muchas películas se han detenido y reflejado esa miseria, lo que hace de The Florida Project un filme singular es su punto de vista. Nunca hubo crónica más alejada de la grisalla de lo sórdido, Baker trabaja con una paleta inundada de colores saturados con la que  hasta los grotescos comercios, que explotan su proximidad a Disneylandia con tristísimas copias de sus creaciones, resultan un paisaje de cuento. Nos sumergimos en la marginación, en la multiculturalidad forzada, en el hacinamiento en proyectos urbanísticos desolados y desoladores, desde la mirada despreocupada de Moonee, una niña malcriada en sentido estricto, líder de su grupo que gasta bromas que a veces van un poco más allá de la travesura, con una desarrollada inventiva, ingeniosa y profundamente imaginativa. Moonee no vive un drama, su pequeño universo desconoce la infelicidad, la vida es un juego incluso cuando tiene que cuidar de su desastrosa madre que es aún más inmadura que ella misma. Y precisamente eso, por contraste, es lo que da a la cinta un cierto toque documental, lo que la convierte en una eficaz denuncia. Porque no nos acongoja, nos permite ver y analizar; porque no persigue nuestra repulsa es por lo que posibilita la comprensión de esa realidad que pocas veces se recoge en el cine made in Hollywood. Baker no nos sermonea, nos deja pensar.

Una banda sonora basada en la música de los móviles y los sonidos de la televisión, además de los continuos ruidos de las aspas de los helicópteros, que no dejan de aterrizar y despegar de un helipuerto cercano, es el complemento ideal para este relato. Sonidos del caos en el que vive una madre-niña y su hija-adulta, enormes protagonistas ejemplarmente interpretados por  Bria Vinait y Booklynn Kimberly Prince, dos debutantes que compiten en credibilidad con un gran Willem Dafoe, que como Bobby, el gerente-portero del edificio, representa al único personaje con cierta autoridad moral, protectora-paternal para todos sus inquilinos.

Baker nos habla de lo que no quiere hablarse, de una economía paralela y sumergida en el seno de una sociedad que festeja la riqueza y el éxito, que tiene a un multimillonario por presidente. Para eso quiere servir The Florida Project, para eso la ha hecho: no quería ser la voz de esa clase social y sustituirla, sino que quería darles la posibilidad de que tuvieran una voz propia. No da lecciones, da armas.

La forma del agua, todas las caras del monstruo

Si hablara de ello… Si lo hiciera… ¿Qué les diría, me pregunto?” La voz en off de Giles (Richard Jenkins) y las notas iniciales de Alexander Desplat, esa variación del Tema de Elisa que funciona como motivo de la forma del agua de la que viene el título, nos introducen en los dos pilares sobre los que se asienta el relato: la fábula feérica y la magia del cine. Porque ese es el idioma que habla Elisa (Sally Hawkins), la limpiadora/princesa muda, el lenguaje universal del cine y de la música, dos artes que tan bien maridan entre sí.  El compositor señala que cuando vio por primera vez la película, le pareció que se trataba de un musical al que, evidentemente, le faltaban las canciones, y así orientó su trabajo. El resultado fue una de esas bandas sonoras completamente implicadas en la película, llega incluso a volverse diegética cuando la protagonista silba la melodía (aunque es el propio Desplat el que usa su silbido como instrumento), sus temas dan giros tan sorprendentes como los acontecimientos del relato. La música acompaña cada escena y sus registros repasan tantos géneros como los que revisa Guillermo del Toro. Porque La forma del agua es una fábula romántica pero usa los ropajes del fantástico, lo sazona con unas gotas de película de espías con toques de comicidad, salpica aquí y allá dosis de metacine, y bajo su apariencia liviana, casi infantil, se esconde un subtexto complejo que casi la convierte en una película de tesis. Sin embargo, no se trata de un ejercicio de estilo postmoderno al modo que hemos visto antes en tantas películas recientes, sus citas no buscan lo trillado, no buscan los grandes clásicos, pues lo que se celebra es el poder del cine de acompañar y puntuar nuestras vidas haciéndonos ser lo que somos de forma casi imperceptible.

Sabemos que estamos ante una gran película cuando cada visionado nos descubre nuevos detalles que dan pie a nuevas lecturas, cuando se abren ante nosotros como un abanico que siempre tiene nuevas varillas. No crean a quienes les digan que La forma del agua es solo una película bonita, menos si les dicen que roza la ñoñería, y directamente degüellen a aquellos que afirmen que es una cinta que se adscribe a la herencia de Amelie (2001), porque Jean-Pierre Jeunet no tiene la exclusividad de combinar candidez y magia, ni siquiera lo inventó él. La forma del agua es mucho más que todo eso, es, como él mismo comentaba en la rueda de prensa tras su proyección en el Festival de Sitges, la primera película adulta de del Toro. Si hasta ahora su filmografía  había explorado sus obsesiones infantiles, con su último filme, el mexicano pone toda su imagenería al servicio de una reflexión que va desde el análisis de la sexualidad hasta la crítica social. No es mero capricho que su protagonista sea muda, es todo un símbolo, ella representa a todos los silenciados, a los diferentes, a aquellos que la sociedad dominante considera fracasados. La película de del Toro es subversiva porque está puesta al servicio de dar voz a los ignorados, a los discriminados, y el director juega bien sus cartas, aunque parece instalada en la atemporalidad de los cuentos, y aun estándolo, está perfectamente cuidada la contextualización, la guerra fría, los conflictos raciales en EE.UU, y todo ese marco le permite universalizar su discurso. Los amigos de Elisa y ella misma se cuentan entre las minorías sojuzgadas, los homosexuales, los afroamericanos que son todavía más discriminados si son mujeres (excepcional Olivia Spencer en el papel de Zelda), los minusválidos… Son los que habitan en las sombras del gran sueño americano, los escenarios que les vemos transitar están en el marco cromático de lo sombrío, los grises, los marrones, los verdes y azules oscuros. Pero del Toro trastoca los valores simbólicos que asociamos al color, en lo sombrío se mueven los héroes, mientras que el villano (un perfecto Michael Shannon), el auténtico monstruo, surge del lado luminoso del american lifestyle, con sus colores vivos y sus familias de postal. Richard Strickland, el antagonista, un hombre ambicioso, cegado por su voluntad de escalar socialmente, representa a los valores puritanos relacionados con la moral y el trabajo, a ese sistema impositivo que trata de cercenar todo lo que se escapa de los estándares, en la criatura sólo ve una oportunidad para medrar y demostrar su fuerza, no entiende otra moral que la del éxito ni otro medio que la violencia para conseguir sus objetivos. Haciendo una comparación no totalmente inapropiada, Strickland es la “gran” América de Trump, y Elisa y sus amigos esa otra que lucha por los derechos humanos y la integración. Luego, presidiendo todo este teatrillo, está la criatura (Doug Jones), que es mucho más que un homenaje a los monstruos de la Universal, sin dejar de serlo.

Es obvio que La forma del agua es una nueva tematización del mitema de la bella y la bestia, una revisión que rompe los esquemas, pues la bella en verdad es un ser corriente, una simple mujer de la limpieza,  y la bestia no acaba transformándose en príncipe azul, se aman por lo que son y como son. Menos evidente, quizás, es que hay otro tópico en revisión, el Mito del buen salvaje, la anfibia criatura tiene ese aura de primordialidad, de ser por civilizar, totalmente inocente como lo entendió Montaigne primero y Rousseau después, capaz de mostrar las reacciones más primarias, más salvajes (atención los amantes de los gatos), y la sensibilidad más pura y delicada. Se nos presenta como la candidez original  frente al amaneramiento del espíritu humano, el absoluto reverso del villano de la función, por tanto, y más allá, si se quiere, el amor de del Toro por los monstruos sirve esta vez como falsilla para interrogarnos por los lindes de lo humano, cuál es nuestra naturaleza y qué lo que la rebasa por abajo, la animalidad, y por arriba, la divinidad. A través de este ser prístino, del que se nos dice que era venerado como un Dios en su lugar de origen (la amazonia, como la criatura de Jack Arnold, sí), el director consigue el propósito de capturar la poesía que habita en el horror, para proyectarla más allá hasta la dialéctica entre el logos y el alogon, la razón y aquello que la desborda. El humanoide anfibio es una manifestación de lo monstruoso, sí, pero en su sentido etimológico. Un monstruo era considerado un aviso, una advertencia que enviaban al mundo las fuerzas sobrenaturales, así, lejanamente, se emparienta con el milagro, puesto que la palabra milagro encuentra su origen en el latín miraculum que significa admirarse o contemplar con admiración, con asombro o con estupefacción, a aquello que escapa de nuestro entendimiento. La forma del agua se instala en el lugar del prodigio para hablarnos de como lo que está más allá de la palabra está más cerca del origen de la definición, el amor es su ejemplo más bello. Es el amor el que pone en zaga a lo inhumano.

Todo lo que me viene a la mente es un poema. Susurrado por alguien enamorado, hace cientos de años…
“Incapaz de percibir tu forma
te encuentro a mi alrededor.
Tu presencia llena
mis ojos con tu amor,
pone humilde a mi corazón,
porque estás por todas partes”.

Y así acaban los cuentos, con el fueron felices y comieron perdices, salvo que aquí todo tendrá timbres más trágicos. No se asusten no les estoy desvelando el final ni les estoy diciendo que la película acabe mal, eso, en cierto modo, está en manos del espectador decidirlo. Cuando digo trágico me estoy refiriendo a la capacidad de ser optimistas sin negar nuestra caducidad, una capacidad que tiene por corolario nuestra necesidad de creer y el que esa necesidad sea suficiente para justificar la adopción de una creencia. Cada cual elegirá la creencia que más se le ajuste, pero desde aquí les recomendamos abrazar la religión del amor al cine por su poder sanador como medio de evasión de los males reales que nos atenazan. Y creo que del Toro estaría de acuerdo en ello.