Paddington 2, reviviendo al slapstick

El oso Paddington ya está felizmente integrado en casa de la familia Brown. Se ha convertido además en un miembro muy popular de la comunidad de Windsor Gardens. Su tía Lucy cumple 100 años y él tiene el regalo perfecto para ella: un maravilloso libro pop-up de la tienda de antigüedades de Mr. Gruber. Para poder comprar el libro, Paddington decidirá realizar una serie de extraños trabajos. Pero todo se complica cuando el libro es robado.

Pocas veces se aplaude en un pase de prensa, por eso no olvidaremos la ovación cerrada que recibió La invención de Hugo, Scorsese con un portentoso 3D rompía la cuarta pared y conseguía transmitir toda aquella magia que envolvió al cine en sus orígenes. Scorsese ponía en lo más alto al cine de feria, ese espectáculo popular que nació como auténtica fábrica de sueños y que se ha perpetuado hasta nuestros días. Con Paddintong 2 no hubo aplausos, pero sí se dibujaron amplias sonrisas como pocas veces se aprecian. Y es que la cinta de Paul King es cine magia como lo es La invención de Hugo, llena (como aquella) de cine dentro del cine que consigue despertar la maravilla como pocas películas lo consiguen hoy. Paddintong 2 es cine con mayúsculas.

Hablar de Paddington 2 tan solo como película infantil de animación hace escasa justicia a esta comedia para toda la familia, pues si bien esta cinta tiene una animación magnífica, que consigue que el personaje interactúe perfectamente con los actores ‘de carne y hueso’ consiguiendo ser totalmente creíble, no menos cierto es que tan solo con efectos especiales no se consigue una buena película. Paddington 2 se beneficia de un magnífico guión y de un humor efectivo, repleto de gags y pantomima que suponen un respetuoso y cariñoso homenaje al slapstick, más aún, a sus orígenes en el vaudeville británico, de donde surgieron grandes talentos como Charles Chaplin yStan Laurel. Y enfrenta este vaudeville, popular, de clases más humildes, con la escena teatral burguesa, poniendo frente a él como villano a un arquetípico actor shakesperiano, antiguo cabeza de cartel en el West End venido a menos. Presuntuoso y orgulloso, a lo Henry Irving o Lawrence Olivier.

Pero no terminan ahí las virtudes del film de Paul King, pues además de guiños nada disimulados al mentado Chaplin y Groucho, Paddington 2 tiene también una gran baza en sus actores: Brendan Gleeson, tan grande como siempre, demuestra que no hay personaje que se le resista; al igual que la dulce Sally Hawkins (que ha confirmado su grandeza con su maravillosa interpretación en La forma del agua, para Guillermo del Toro); y sin olvidar a Hugh Grant, que como Phoenix Buchanan, el villano de la función, se autoparodia a sí mismo como actor caído en desgracia (¿les suena?) realizando, de paso, una portentosa interpretación.

Ternura, buenos personajes, toques slapstick y calypso caribeño en esta cinta deliciosa y para toda la familia que, sin lugar a dudas, ocupará un lugar destacado en nuestra selección/resumen anual pues, como ya concluímos en el comentario de la primera entrega, es una película “de esas que logran nuestra complicidad y nos pintan sonrisas sinceras en el rostro, de esas que nos llevamos puestas durante bastante tiempo después de la proyección“. Y eso, en estos tiempos que corren, es mucho.

 

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Hacia la luz, allí donde va el sol cuando se pone

Misako (Ayame Misaki) quiere transmitir la maravilla del cine incluso a aquellos que no pueden ver, de modo que encuentra su razón de ser en su trabajo como guionista de descripciones de audio en películas para personas ciegas o deficientes visuales. Nakamori (Masatoshi Nagase) comenzó a sufrir una enfermedad ocular degenerativa que puso fin a su brillante carrera como fotógrafo. Misako no acepta la muerte de su padre ni la enfermedad que padece su madre y que le hará olvidarlo todo. Y Nakamori no acepta su progresiva ceguera. El cine y la luz, pues sin luz no hay cine, será el nexo de unión entre ambos seres.

Nadie como Naomi Kawase sabe filmar la naturaleza, es una constante en su obra retratarla de modo que parezcamos sumidos en ella, así de física nos la transmite, pero también sabe reflejar su dimensión espiritual, y de ese modo entramos en comunión panteísta con ella. No podía ser de otra forma en Hacia la luz, pues en esta compleja película el objeto de análisis es la luz como fuente esencial de todo lo que se da en y ante nosotros. De cómo vemos y de qué vemos.

Misako es mirada que captura el mundo, el filme arranca cuando la vemos a ella poner nombre a todo acontecimiento que sorprende a su mirar, ensimismada en la acción que quiere describir a otros. Ella quiere que su mirada esté al “servicio de”, de hecho, que sea la de, esos invidentes que integran el grupo de control de su descripción de audio y, más allá, de todos los que después la disfrutarán en cines. Ser su canal para ver. Pero, como todos los que poseemos el don de la vista, ella no ha reflexionado sobre el hecho de interpretar imágenes ni de cómo proyectamos sobre lo que vemos nuestra manera de hacerlo. En su afán por transcribir, ignora la capacidad de imaginar. Es la imaginación la que representa en la mente las imágenes, tal como su propio nombre indica. Por eso no debe actuar como si fuera un narrador omnisciente, su ojo ha de ser cámara y su descripción ha de dar al espectador la libertad de interpretar por sí mismo. La visión no es sino la suma de mirada e imaginación.

Capturar la luz, aunque sea a través de la palabra, es ver, pero también trascender el momento y rescatarlo del olvido. Tal es el valor de la fotografía, el arte de perpetuar esos instantes que queremos fijar en la memoria, como ese retrato a contraluz que guardaba el padre de Misako en su cartera y que ella atesora junto con el resto de objetos personales que llevaba él el día de su muerte. Y, sin embargo, nada es tan bello como lo que desaparece ante nuestros ojos. Junto a la voluntad de recordar está nuestra capacidad de gozar lo efímero, como lo es una bella escultura cincelada en la arena o la magia de una fotografía de la fugacidad de una puesta de sol. Los mimbres que entretejen la memoria son la suma del preservar y el dejar fluir, aprenderlo nos permitirá zafarnos de la pesadumbre de la melancolía del perder mientras, y a la vez, la ponemos en valor como la herramienta que es para apreciar con júbilo nuestra transitoriedad.

Hacia la luz es también un ejercicio de metacine. Kawase reflexiona sobre el séptimo arte y su capacidad (o no) de conectar entre sí mundos personales (el del autor con los particulares de cada espectador). Se pregunta si los cineastas pueden llamar a la puerta de las emociones de todo público presente (y futuro) para que este proyecte su propio relato en lo narrado y de ello surja un aprendizaje útil para el vivir de cada uno. Kawase, en verdad, se pregunta por su propio cine, por su propia aptitud para transmitir mensaje y comprender al ser comprendida. Interrogantes todos ellos que, más que respuesta, buscan que el espectador los haga suyos y lleve a cabo un ejercicio de análisis crítico sobre su mirar y su ver.

Y como toda historia que se precie, Hacia la luz es, en última instancia, una historia de amor. La que surge entre Misako y Nakamori, el hombre que está perdiendo la luz y la joven que quiere ser sus ojos. Nakamori, fotógrafo profesional, padece el peor de los males para quien su cámara ha sido su corazón, por ello se empeña tercamente en negar lo evidente, sigue aferrándose a la fotografía y rehúsa las ayudas que palíen su nueva situación (ese andar sin el bastón, aunque ello le suponga ver reducida su movilidad). Para amar habrá que soltar lastre. Misako habrá de desprenderse del recuerdo del padre y aceptar la enfermedad de su madre que la hace olvidar todo lo que ha vivido. Nakamori tendrá que adaptarse a su realidad y desprenderse, también, de lo que fue centro de su mundo. Hay que aceptar los propios límites para disfrutar de lo que sí puede ser.

Kawase nos habla, como siempre, sobre qué es la vida y qué supone la muerte, en esta fábula que se pregunta a dónde va el sol cuando se pone.

El tercer asesinato, verdad y ley

Gracias a la gentileza de Golem, llega a nuestras pantallas la última cinta de Hirokazu Koreeda, el singular drama judicial El tercer asesinato. Singular porque, aunque lo haya, lo importante no es el juicio sino la diatriba entre la aplicación de la ley y el esclarecimiento de la verdad que podría dar pie a la justicia. Dicho de otro modo: ¿Debería un abogado investigar la realidad de los hechos o limitarse a aplicar los recursos necesarios para una defensa que aminore la pena del defendido? Aplicar la ley no siempre equivale a hacer justicia. Koreeda nos lo plantea a través de la historia del conocido abogado Shigemori (Masaharu Fukuyama) que defiende a Misumi , un hombre que cometió un doble asesinato treinta años atrás y que ha vuelto a matar. Tras la recomendada confesión de Misumi (Kôji Yakusho), la estrategia de la defensa va a limitarse a lograr que  la pena de muerte sea conmutada por cadena perpetua. Shigemori, en un primer momento, no duda de la autoría del crimen, por eso va a actuar de oficio, rutinariamente, sin la más mínima implicación. Poco a poco, conforme avanza la investigación en busca de testimonios favorables y atenuantes, Shigemori irá modificando su punto de vista siguiendo un proceso en el que se irá aproximando a su cliente, gracias, sobre todo, a la relación de este con la hija adolescente (Suzu Hirose) de su víctima. Koreeda no solo atenderá al arco de transformación de sus personajes, con el desarrollo de la trama irá haciendo que el propio espectador se implique y viva en su piel el dilema moral.

En El tercer asesinato están presentes todas las constantes de la obra de su director (la relación entre padres e hijos, los complejos lazos familiares, el efecto del pasado de los progenitores en el presente de sus descendientes), pero se acerca a otras reflexiones que van más allá del ámbito de lo íntimo al que nos había acostumbrado en sus anteriores trabajos. Ese marco temático habitual se entreteje con varias preguntas morales, incómodas preguntas. En un país, como es Japón, donde sigue vigente la pena de muerte, Koreeda dejará que el espectador se enfrente a todas las contradicciones que dicho castigo supone y, más allá, nos hace encararnos a la interrogación sobre si todos los humanos merecen nacer. En su cinta no hay inocentes absolutos y nos inoculará la duda sobre si hay culpables plenos a los que negar toda posibilidad de redención. El autor juega con nosotros dándonos pistas que quizás no sean tales, nos hace creer que hemos visto objetivamente el homicidio, con la escena del crimen se inicia el filme, de hecho, pero después, cuando haya cambiado la actitud del letrado, nos presenta otra versión, la pregunta entonces es, ¿Qué versión es la cierta? una pregunta que ansiamos nos sea resuelta, pero que quedará abierta. No hay certezas para los personajes ni para el público.

La de Koreeda es una intriga judicial desposeída de los atributos más recurrentes en este tipo de relatos. No nos movemos en las aguas del thriller, no hay auténtico suspense porque, en verdad, el espectador no tiene más información de la que tienen los personajes, ni hay, tampoco una recreación de la oratoria del abogado. Hay diálogos, sí, relevantes, también, pero el quid de la cuestión nos es desgranado gracias a la puesta en escena. En verdad, el drama juega su partida en el reducido escenario que comparten abogado y reo, el locutorio. Los dos personajes (y el buen hacer de ambos actores en su duelo) solos, uno frente al otro, es una situación con alto contenido emocional, Koreeda nos narra con la sintaxis fílmica la evolución de ambos y de su relación: primero nos los retrata separados, plano-contraplano, pero conforme avanza la acción la planificación cambia, un cristal los separa y Koreeda le sacará el mayor partido tanto narrativo como expresivo, porque en ese cristal se reflejarán los personajes, llegando así a compartir plano y, en un alarde, cuando la transposición de ambos hombres alcanza su máximo, el director rompe el eje y nos los sitúa invertidos, ocupando el uno el espacio que ha ocupado el otro. !Sencillamente magistral¡

“No se descubre la verdad en los tribunales”, fue el asesor legal de De tal padre, tal hijo quien le hizo llegar esta afirmación, eso inquietó al director nipón hasta el punto de plantearse hacer un filme que lo expusiera, ese filme es El tercer asesinato. Una cinta donde la cámara no es omnisciente (algo ya usual en Koreeda) y que no nos conduce al desvelamiento de ninguna verdad, todo puesto al servicio de una reflexión: muestra que nuestra sociedad acepta un sistema imperfecto que solo se sostiene, precisamente, porque se juzga sin saber la verdad.

La Cordillera, desde la cima del mal

En una cumbre de presidentes latinoamericanos en Chile, donde se trazan las estrategias geopolíticas y las alianzas, Hernán Blanco, el presidente de Argentina, atraviesa un drama político y familiar. Está implicado en un caso de corrupción a través de su yerno. A pedido de su padre, Marina Blanco asiste a la cumbre para buscar protección, ganar tiempo y negociar una salida. El pasado, alguna vez tranquilo y doméstico, se transforma en un elemento peligroso cuando es visto desde la cima de la vida pública, visto desde la cumbre.

En su quinto largometraje, Santiago Mitre nos trae un drama político que se arropa con los tintes del thriller psicológico, una doble trama puesta al servicio de un análisis certero sobre la naturaleza del bien y del mal y el uso partidista que de ellos hacen quienes nos gobiernan. Mitre sabe bien de los matices, lo demostró en su guion para Carancho (2010, Pablo Trapero), película de la que comentábamos aquí: “excelente y descarnada película argentina que no nos ahorra la suciedad de ese mundo de mercadeo de las aseguradoras sobre los más débiles, con una historia de amor límite entre un buscador, un carancho, y una doctora del servicio de urgencias que sobrelleva su trabajo gracias a las drogas. Todo ello enmarcado por los accidentes automovilísticos tan exageradamente abundantes en Argentina”. Allí se nos hacía reflexionar sobre las apariencias, como el timador puede ser un héroe anónimo cuya peripecia sirve como denuncia de una corrupción mayor, en La Cordillera volvemos a encontrarnos con la corrupción y la duda sobre si el fin puede justificar a los medios, pero da un paso más allá y nos plantea si no existirá por debajo de todo un mal absoluto en el que se incurre, no por desconocimiento, sino por voluntad propia.

Hernán Blanco (Ricardo Darín) es el político sin pasado conocido, el candidato en el que se depositaba la esperanza de que hiciera tábula rasa con los desmanes de los gobernantes y trajera una política limpia dedicada a favorecer el bien común. Su apellido venía a ser una metáfora de su condición de hombre íntegro capaz de devolverle al país un orgullo y un restablecimiento económico y político que harían posible afrontar y resolver los problemas sociales y nacionales. Pero Mitre arranca la acción con el descubrimiento de que no todo es tan blanco, sobre el mandatario planea la sombra de ciertos usos indebidos del dinero de campaña, por los que es chantajeado por su ex yerno, y la política de salón para ocultarlo a la opinión pública. A partir de ahí, toda su actuación queda bajo sospecha mientras le vemos circular por las cloacas del poder en esa cumbre en la cima de Los Andes: ¿actúa en favor de su pueblo o sólo busca ventajas para sí mismo? La honestidad de Blanco es puesta en duda, además, por la deriva de la crisis psicológica de su hija, ¿la ha hecho acudir al punto del mitin para ponerla a salvo si aflora el escándalo o, más bien, para vigilar que no haga declaraciones inconvenientes a la prensa? El trhiller psicológico ahonda el drama político sembrando dudas sobre el pasado del mandatario. Recuerdos que parecen no serlo, o sí, y todo es negado por la amnesia voluntaria del presidente Blanco. Y la mayor duda, si acaso incurre en el mal, ¿lo hace desde una postura relativista en la que se perdonan los medios para un buen fin, o, actúa a sabiendas y sin falsas excusas?

La cordillera juega bien su intriga y nos atrapa con su ritmo, méritos del director, pero también es una película de actores: Ricardo Darín encabeza un elenco  integrado por los actores argentinos Dolores Fonzi (‘Truman’), Érica Rivas (‘Relatos Salvajes’) y Gerardo Romano (‘La Fuga’); la actriz española Elena Anaya (‘La piel que habito’); los chilenos Paulina García (‘Gloria’) y Alfredo Castro (‘Neruda’); y el actor mexicano Daniel Giménez Cacho (‘Blancanieves’).  Todos ellos en estado de gracia, con ese saber hacer lleno de matices que nos dibujan personajes redondos, plagados de aristas y psicologías complejas. Igual de inspirado está el equipo técnico, Mitre ha contado durante la filmación con el respaldo del director de fotografía Javier Juliá (‘Relatos salvajes’); de Sebastián Orgambide (‘El clan’) como director de arte; y la diseñadora de vestuario Sonia Grande, colaboradora habitual de Pedro Almodóvar, Alejandro Amenábar y Woody Allen. Y, por supuesto, la banda sonora de Alberto Iglesias le da el contrapunto ideal a la acción.

A War (una guerra), una encrucijada moral

 A War (una guerra) es un duro alegato anti-belicista, y todo un ejemplo de como las normas, si bien están para cumplirlas, a veces hay que saltárselas para evitar males mayores. Un dialéctica entre lo legalmente exigible y lo moralmente bueno. Una reflexión que nos trae a la memoria el aroma de la wellesiana Sed de mal, pues aquí también nos habremos de cuestionar si la mentira puede llegar a ser necesaria para que prevalezca la justicia. A War (una guerra) es una propuesta incómoda que nos hace interrogar a nuestro sistema de valores.
Una escena de impacto inaugura la acción: un soldado muere ante nuestros ojos cercenado por la explosión de una mina, su realismo nos sacude hasta comprender lo absurdo de esa muerte. La sinrazón de la guerra golpea a estos soldados daneses destacados en Afganistán en misión humanitaria. También a los habitantes del cercano pueblo, que deben convivir con estos invasores y con los talibanes, que les amenazan si colaboran con los soldados. Y Lindholm consigue que nos sintamos allí, que interioricemos la tensión dramática y la vivamos como propia, pues lo que allí está en juego es la encrucijada moral de tener que decidir entre actuar según nos manda la compasión o acatar la norma sin cuya existencia sería imposible hacer prevalecer los principios que ordenan la sociedad.
La película se desarrolla en tres escenarios. Tenemos a los soldados y sus rutinas, en las cuales la muerte siempre estará presente. También acompañaremos a la esposa y los hijos del comandante Pedersen, que deben habituarse a la ausencia del marido/padre. Y finalmente se abrirá un nuevo frente en el juzgado, cuando Pedersen sea acusado de haber ordenado una acción que causó muertes civiles innecesarias. Allí es donde se nos hará reflexionar sobre la honestidad y la mentira necesaria. Un interesante debate, en el cual será el espectador el que tendrá  que sacar sus conclusiones. Como sea, nada permanecerá igual, no podremos regresar a la inocencia tomemos el partido que tomemos.

Kommandant Claus Michael Pedersen (Pilou Asbaek) in Afghanistan

Tobias Lindhold posee una dilatada carrera como guionista, suyos son los de la brillante La caza (Jagten, Thomas Vinterberg, 2012) y el de la menos interesante La comuna (Kollektivet, Thomas Vinterberg, 2016), y como director cuenta con un documental y tres cintas de ficción, protagonizadas todas por su actor fetiche, Pilou Asbæk, intérprete que cada vez es más solicitado en el cine norteamericano. 
Lindholm escoge narrarnos esta historia a la manera de un documental, de forma áspera, realista , como exige el relato. Sin efectismos y con unas muertes que se presentan furtivas, en la distancia, ya sea mediante anónimas minas, como por impactos certeros de francotiradores. Muertes cobardes en esta historia sobre decisiones equivocadas, precipitadas. Sobre la mentira, la justicia y, sobre todo, el absurdo de la guerra, que condena  a los hombres a luchar contra su propia conciencia.

Siete deseos, una cinta de terror adolescente para toda la familia

Después de la fallida Anabelle (2014)John R. Leonetti vuelve a adentrarse por los derroteros del subgénero de terror asociado a objetos malditos. Siete deseostiene puesta su mira en el sector adolescente del público, sin embargo, se trata de una película muy correcta y suficientemente inteligente como para agradar a un público más amplio. Pésimo favor se hace, pues, a esta cinta promocionándola en relación con aquella de 2014. Siete deseos brilla más que el filme que la precede, pues no deja de ser terror mainstream, pero con una premisa atractiva y que podríamos resumir como la exposición del lado perverso de la lámpara de Aladino.

De entrada, Leonetti se aleja de las fórmulas manidas del slasher para abordar los eternos conflictos de la adolescencia, la necesidad de reconocimiento del grupo, las rivalidades entre pandillas, la popularidad y el rechazo, el valor de la amistad y los devaneos sentimentales; aunque sus personajes jueguen los roles usuales tienen la suficiente entidad psicológica como para no ser meros clichés, ni mucho menos carnaza. Está lejos de las repetitivas zombie movies e incluso de las películas de fantasmas con susto fácil. Tampoco se enfrentarán sus protagonistas a ningún psicópata, lo que está en juego es la propia ambición, el mal está en la resbaladiza ambivalencia de los deseos: un bien para nosotros puede comportar serios contratiempos para otros. Y todo ello se canaliza mediante el recurso a un objeto maldito, en esta ocasión una caja de música de la antigua china que le brinda siete deseos a quien la posea, pero advirtiéndole que lo pagará con sangre. Una advertencia que no se descubrirá hasta bien entrada la película, cuando la trama ya condena a la protagonista a no poder controlar el poder que ha despertado, cosa que la llevará al inapelable desenlace con el que se cierra (bien) el filme.

Leonetti recurre a usos narrativos que ya había ensayado en Anabelle, la tensión construida mediante planos detalle de los elementos que rodean una acción jugando con la distinta información que posee el espectador respecto al personaje que protagoniza la secuencia, pero lo que allí se dilataba hasta el punto de que cuando llegaba la resolución no se conseguí el efecto, aquí, en Siete deseos, se pauta en un tiempo mesurado que dota a la acción del tempo perfecto para sus pretensiones. Leonetti, pues, ha corregido sus excesos y  sus defectos y se nos muestra ahora como un diestro arquitecto del suspense. Es muy probable que en esta cinta haya trabajado con más libertad que en la anterior, del mismo modo que el guion de Barbara Marshall (responsable del de Viral) le ofrece mejores mimbres que tejer de los que disponía en Anabelle. Si aquella fue un decepcionante spin off de un título mayor (Expediente Warren: The Conjuring), la cinta que llega ahora a nuestras salas es un pequeño ejercicio, pero muy eficiente, que puede verse sin rubor.

Dentro del acertado reparto destaca la joven y ascendente protagonista, Joey King, que a pesar de su juventud tiene una extensa carrera a sus espaldas. Para el fan del terror resultará familiar desde bien pronto, pues con nueve años interpretó a la salvaje niña zombie, Briana, en la versión americana de [Rec]Quarantine (John Erick Dowdle, 2008); o a Christine en Expediente Warren: The Conjuring (James Wan, 2013). Aunque también la hemos podido ver recientemente en otro registro totalmente diferente en Un golpe con estilo (Going in Style, Zach Braff, 2017). Por otra parte, resulta agradable encontrarse con un rostro, todavía tan bello, como es el de Sherilyn Fenn.

Siete deseos nos ofrece una cinta de terror adolescente consumible por toda la familia, con un guion sólido, un buen reparto, y una acertada dirección. Divertirá haciéndoselo pasar mal a muchos, por ese uso preciso del suspense que ya indicábamos, pero también por las ingeniosas muertes que perlan el relato, totalmente alejadas de esa casquería a la que nos tienen acostumbrados los productos dirigidos al mismo público que esta tiene como objetivo. Sin ser brillante es más que correcta, un producto que se sale de la media que, sin ser absolutamente original, juega bien las bazas del terror sin tener que recurrir siquiera al abuso del jump scare. Digna, muy digna.

La guerra del planeta de los simios, buen broche final

César y sus monos son forzados a encarar un conflicto mortal contra un ejército de humanos liderado por un coronel (de nombre desconocido) despiadado e inhumano. Después de sufrir pérdidas enormes, César lucha contra sus instintos más oscuros en una búsqueda por vengar a su especie. Cuando finalmente se encuentren, Cesar y el Coronel protagonizarán una batalla que pondrá en juego el futuro de ambas especies y el del mismo planeta.

Para el lanzamiento de la película Superman(Richard Donner) del año 1978 se utilizó una afortunada frase publicitaria “Usted creerá que el hombre puede volar”, pues no sería descabellado que esta saga, y particularmente esta tercera entrega, tuviera un reclamo tal que así, “Usted creerá que el mono puede hablar”. Y es que esta tercera película de la nueva saga de El Planeta de los Simios es un portento tecnológico de esos que cuando salen en DVD hay que negarse categóricamente a ver los extras, pues toda la magia que se contempla en la pantalla, queda totalmente reducida a pantallas verdes y cosas muy extrañas que enturbian el impresionante resultado. Créanme, se lo que digo. Lo hice con los de Gravity y quiero olvidarlos, sepultarlos en mi memoria.

Hay que creer, pues el cine es lo que nos pide: que creamos en los vemos en la pantalla, todavía con ojos de niño pre-tecnológico. Pero para creer hay que ofrecer un producto bien realizado, con alma, y estos simios poseen alma y nos la trasmiten a través de sus miradas. Y Matt Reeves con su película.

Esta atinada conclusión de la serie de los simios de este nuevo milenio ofrece algunos guiños a la saga precedente. Un guiño para los veteranos. Veremos a Cornelius, estirpe de César; conoceremos a una pequeña humana que será bautizada como Nova; serán Alfa y Omega el objeto de destrucción como también lo fue en el feudo de los mutantes; y se contará con la presencia de simios crucificados, un símbolo que pondrá a los monos esclavizados en consonancia con la revuelta de los gladiadores de Espartaco, naturalmente vía Kubrick.

César ni quiso ni inició esa guerra de humanos contra simios, tan solo busca la libertad de su pueblo, pero cuando él sufra una importante pérdida, se convertirá en algo personal, llenando su semblante de ira hacia el Coronel, el humano que mató a sus seres queridos. Una furia ciega que le aleja de sus intereses hacia el pueblo que lidera. Y es que César tiene más humanidad que los humanos. Incluidos sus defectos, esos pequeños defectos que llevan al hombre a su destrucción. Además, el propio virus que ha dado cada vez más inteligencia a los simios, se la está arrebatando a los humanos. Y contra eso es contra lo que se rebela el Coronel, el villano de la función, que tiene un terrible pánico a perder a deshumanizarse. Lo que no sabe es que, hace tiempo, años, que dejamos de serlo.

                                                                           ¡Bad Ape!

Woody Harrelson está magnífico como ese sosias del Coronel Kurtz, que como aquel pierde la razón. Una similitud que se busca, en cierto modo, con esas pintadas en los túneles (‘Ape-calypse Now’), pero más allá de él, las estrellas de la película, y así se muestra en el reparto, son los actores que encarnan a los simios. Andy Serkis en los ojos de César, sí, pero también Karin Konoval como Maurice o Steve Zahn como ese Bad Ape, un pequeño reducto cómico en un personaje entrañable. Todos ellos actuando con sus ojos y gestos, expresando mucho más que con palabras. Mimo y vuelta a los orígenes del cine, cuando la mímica comunicaba todo lo que necesitábamos saber. Cuando el cine se llamaba Arte Mudo. Cuando el cine dejó, con la llegada del sonoro, de ser Arte. Y algo que, por cierto, hace que la cinta requiera ser parcialmente subtitulada incluso en su versión doblada, lo cual nos lleva a que nos cuestionemos si será posible que esa parte del público que es incapaz de dejarse llevar será capaz de soltar el móvil durante la proyección de la película y consiga centrarse en (¡Oh, diablos!) LEER los subtítulos de la pantalla. de esta cinta multigenérica. Multigenérica porque, de la guerra del título, tiene el inicio y parte de la conclusión, pero con un acto central que utiliza ingeniosamente el lenguaje de otros géneros y subgéneros como el western y el cine de evasiones.

Personalmente la saga original de El Planeta de los Simios forma parte de mi memoria sentimental. De niño compré muñecos Mego de la saga, jugué a las películas que vi en los cines de programa doble, y coleccioné hasta los comics Vértice. Esta nueva saga es diferente, no hay que comparar para evitar agravios, totalmente injustos para ambas partes. Es otra historia, con elementos en común, pero que pueden convivir. Una no anula a la otra. Añade. Suma y engrandece la historia original. Dos horas y veinte minutos de cine, de vida, bien invertidos. Por favor, no perdamos la capacidad de maravillarnos ante las posibilidades de la máscara (tecnológica, pero máscara) y la actuación eficaz. Algo que se ha dado desde el primero actor que prefirió ser anónimo ocultando su cara, para apoyar y añadir eficacia a su interpretación.