‘Lo tuyo y tú’, la cantante era calva

Una noche Youngsoo y su novia Minjung discuten por el supuesto flirteo de la chica con un desconocido y ella termina marchándose de casa. Al día siguiente Youngsoo vaga por las calles con la esperanza de encontrarla; mientras tanto Minjung (o una chica idéntica a ella) tiene citas con distintos hombres que dicen conocerla de antes.

La nueva película escrita y dirigida por el maestro Hong Sangsoo, ganadora de la Concha de Plata al Mejor Director en la pasada 64ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián-Donostia y protagonizada por Kim Joohyuck (Like for LikesThe Beauty Inside) y Lee Youyoung (The TreacherousLate Spring), continúa explorando las relaciones de pareja, verdadera constante de su cine como ya tuvimos ocasión de comentar en  Antes no, ahora sí.   Hong Sangsoo reflexiona en ella sobre los límites del conocimiento mutuo en el seno de una pareja y sobre el valor de la confianza del uno en el otro. Dividida en escenas separadas por fundidos en negro (fundidos que prácticamente juegan el mismo papel que el telón en el teatro), un mismo tema musical sirve de nexo entre ellas, un tema que, por su naturaleza desenfadada y vivaz, indica claramente que Lo tuyo y tú es una comedia.

¿Es una comedia? El coreano nos trae cuadros escénicos disparatados retratados en plano fijo (prácticamente sólo el uso de aparatosos zooms introduce movimiento) en los que los personajes declaman diálogos, que en ocasiones se antojan casi sin sentido, mientras beben, sobre todo beben. La ruptura de la ilación lógica es la que funciona aquí como vehículo del humor, a algunos les podrá provocar hilaridad, a otros sólo una sonrisa, no faltarán los que no capten la gracia, pero lo que vivirán todos es el extrañamiento. Y el extrañamiento es ese lugar en el que lo habitual se deforma y pierde su confortabilidad, algo semejante a las imágenes reflejadas en espejos distorsionantes. Eso es Lo tuyo y tú, una suerte de palacio de los espejos en el que nos veremos obligados a ver de otro modo nuestras propias vivencias sobre el amor, la (des)confianza, la capacidad de comprender al otro, en suma, la posibilidad y sentido de formar una pareja.

Sólo el amor verdadero tiene valor, lo demás es comer y cagar” dice en un momento el protagonista, todo un trasunto del pensamiento del propio director: “el amor es lo único que importa en esta vida aparte de la cerveza. Si encuentras a una persona a la que puedas amar y con quien puedas compartir tu vida, que en el resto de facetas de tu vida seas un desastre carece de gravedad”. Sangsoo se autoproclama vago porque no está dispuesto a inventar nada más allá de lo que él mismo aprecia y vive, por eso en todas sus películas se bebe tanto y por eso hablan todas ellas de amor, “yo mismo no tengo más aficiones que beber. Hablo de lo que sé, punto. Jamás me plantearía contar la historia de, por ejemplo, un piloto de carreras vegano y aficionado a la pesca. No conozco a nadie que sea así, y soy demasiado torpe para inventármelo”. Pero igual que reconoce su pereza, es consciente de su honestidad, “casi nada en mi cine es intencionado, porque me gusta ponerme a merced de los accidentes. Tampoco comparo mis películas entre sí. Cada una de ellas es un reflejo de quién soy yo en el momento de hacerla, una instantánea de quién soy en diferentes épocas de mi vida. En ese sentido soy un director brutalmente honesto”. El coreano no escribe detalladamente sus guiones, juega a la improvisación, se burla amablemente de la prensa que en su juicio rebusca demasiado en sus obras (niega incluso que el cine de Rohmer sea una influencia consciente) y respira sinceridad en cada palabra, una sinceridad que impregna cada fotograma en el que vierte su pensamiento y su sentimiento. Romántico empedernido, no se cansa de dar argumentos sobre como el amor es lo único. Y nosotros podemos amarle por ello.

 

 

El otro lado de la esperanza, de lo cómico y lo serio

Helsinki. El joven Khaled (Sherwan Haji) llega oculto en un barco de carga procedente de Siria. Mientras, un gris comercial llamado Wikström (Sakari Kuosmanen) decide poner fin a su matrimonio y a su negocio, y abrir un decadente restaurante. Sus caminos se cruzarán y Wikström ofrecerá a Khaled techo, comida y trabajo. Pero el sueño del chico es encontrar a su hermana, que también huyó de Siria. 

El otro lado de la esperanza es el último trabajo del director finés Aki Kaurismäki, recientemente galardonado con el Oso de Plata a Mejor director en el Festival de Berlín, certamen donde fue estrenada la película a nivel internacional. Kaurismäki nos mostrará la huida hacia adelante de dos personajes que, por diferentes motivos, quieren escapar de la encerrona en la que se ha convertido su vida. Ambas historias irán en paralelo hasta que colisionen, momento en el que ambos verán sus objetivos cumplidos, aunque con una suerte muy desigual. Todo ello narrado con el personalísimo estilo del director cuyo sello se define por un humor absurdo plagado de personajes y situaciones grotescas. Casi un paseo por los sueños de un sonámbulo, jalonado por las interpretaciones de viejos rockeros finlandeses.

Es posible que no todo el mundo esté capacitado para entrar en este extraño humor de Kaurismäki,  capaz de sacar una sonrisa al espectador con un tema tan serio como es la emigración, las trabas burocráticas para lograr el asilo y los encontronazos con la sinrazón, representada aquí por unos skins cabeza hueca. Y más allá incluso, porque El otro lado de la esperanza denuncia la idiotez y la hipocresía que todos, en mayor o menor medida, manifestamos respecto a este espinoso tema. Una denuncia sin moralina, pero con una agudeza tal que nos conmociona y nos mueve a reflexión. Esas situaciones ridículas y esos diálogos disparatados que los personajes viven (y los actores interpretan) con total seriedad, como aquellos personajes de Dario Fo que repetían a grito pelado “¡Viva la vida, alegre y divertida!”,  logran dejarnos una sonrisa, sí, pero una sonrisa que se congela, pues sentimos que lo que se desvela es lo vacua que puede llegar a ser la existencia. El otro lado de la esperanza es a la vez, bufa y amarga.

Kaurismäki declaraba en una entrevista concedida a El mundo: “El cine no puede cambiar el mundo. Jean Renoir lloraba porque tras mostrar los desastres de la Primera Guerra Mundial en una obra maestra como La gran ilusión, nada impidió que llegara otra aún más brutal. El arte no cambia nada. El arte, de hecho, ya no es arte. Ahora, se ha transformado en simple entretenimiento. En cualquier caso, la naturaleza del cine es eso: entretenimiento. Y eso no es malo. Todo lo que signifique un alivio del sufrimiento necesario de la vida es objetivamente bueno.” Lúcido y satírico, a sus 60 años Kaurismäki hace gala de un pesimismo esperanzado, si se nos permite el oxímoron, y eso se traduce en su trabajo (que él cataloga de “mierda, pero con sentido”), no hay que cejar en la denuncia, el mundo es responsabilidad de todos, a sabiendas de que poco está en nuestras manos, pero sin reprimirnos ese lujo que es la comicidad. Como el Preston Sturges de Los viajes de Sullivan, el finlandés sabe que dar evasión a los desfavorecidos es en sí (y a la vez) el mayor honor que puede alcanzar un artista y la actitud más combativa posible ante nuestra realidad.   

El otro lado de la esperanza es la segunda entrega de una trilogía (que según el autor comprenderá solo dos partes) portuaria que el director inició con El Havre. Humor unido al profundo cariño hacia los más desfavorecidos que el director siempre ha mostrado en sus más de 20 trabajos como director, entre ellos pequeñas joyas como La Vida de bohemia (Premio Fipresci de la crítica, Berlín 1992), Nubes pasajeras, Un hombre sin pasado (Gran Premio del Jurado en  Cannes 2002), Luces al atardecer o la ya nombrada,  El Havre (Premio Fipresci de la crítica, Cannes 2011). Su amplia y meritoria filmografía fue reconocida en la pasada edición del Festival de Cannes donde recibió la Carroza de Oro por su sobresaliente trayectoria.

I Am Not Your Negro, una tesis distinta

En I Am Not Your Negro el director Raoul Peck reimagina Remember This House, la obra inacabada del activista por los derechos de los afroamericanos James Baldwin. Utilizando fragmentos extraídos del libro original narrados por Samuel L Jackson, así como filmaciones de sus discursos y entrevistas televisivas, y diverso material de archivo y cinematográfico, este documental aporta una visión genuina sobre el racismo en Estados Unidos contada a través de las vidas -y posteriores asesinatos- de tres amigos íntimos del autor: Martin Luther King Jr., Medgar Evers y Malcolm X. Pero ello no significa que estemos hablando del racismo en pretérito, ni mucho menos, el discurso de Baldwin continúa vigente y así se demuestra en este soberbio documental que también muestra, junto a palizas a manifestantes de los sesenta o linchamientos a negros en el sur, escenas recientes de palizas policiales o fotografías de víctimas de la violencia racista actual.
Un repaso a la historia norteamericana y a su cultura, de la que se ha intentado excluir a los negros, cuando desde siempre han formado parte de esa civilización y han forjado ese país. Testigo de excepción de una época convulsa, James Baldwin fue amigo de los  más importante activistas contra el racismo, Martin Luther King Jr., Medgar Evers, Malcolm X y Lorraine Hansberry, los cuales murieron antes de cumplir los 40 años, los tres primeros asesinados y Hansberry de cáncer, aunque como Baldwin afirmó: “es claro sospechar que lo que vio contribuyó a la tensión que la mató, porque el esfuerzo al que Lorraine estaba dedicada es más que suficiente para matar a un humano.” Asistiremos a su dolor. A su duelo y a su lucha frente a una sociedad hipócrita y enferma que, si bien muchos años después fue capaz de nombrar presidente a un ciudadano de piel negra, también lo ha sido de poner en la Casa Blanca a un personaje ridículo y demente como es Donald Trump.
   La tesis que nos muestra Baldwin es más compleja de lo que a priori pudiéramos esperar, no es el discurso de siempre aunque los datos sean los mismos y aunque la revisión de los hechos nos pueda avergonzar aun no siendo norteamericano. No, no se trata de eso, porque si así fuera se le podría contestar que los tiempos han cambiado mucho y que la lucha por los derechos civiles ha ganado muchas batallas. Para Baldwin el racismo en EE.UU no ha retrocedido, ni retrocederá hasta que se interiorice que el american lifestyle  también incluye la realidad de aquellos a los que se les ha vetado el american dream. La realidad afroamericana, su condición y el dolor que han atravesado son parte de América, son América. No se trata de que haya un colectivo sojuzgado al que el otro colectivo puede liberar, se trata de asumir lo negro, su cultura y su dolor, el dolor que les ha infligido el blanco, como parte integrante de la realidad de un pueblo. Sólo cuando esto se haya interiorizado se podrá hablar de avance y fin del racismo.
 Inteligente e instructivo, este documental, que también ha sido aclamado por la crítica de su país,  ha recibido múltiples galardones que han culminado en la nominación a los Oscars en la categoría de Mejor Documental.

2016: Premios Oscar: Nominado a mejor documental

Últimos días en el desierto, primera tentación de Cristo

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu

al desierto para ser tentado por el diablo.

(Mateo, 4,1)

 

Leemos en el Evangelio que Cristo, antes de iniciar su ministerio, se retiró al desierto  donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches, cuando su cuerpo se debilitó y sintió hambre fue tentado por el demonio tres veces y no sucumbió ninguna. Este episodio es el punto de arranque de Los últimos días en el desierto donde la anécdota bíblica se noveliza al modo en que lo hiciera Kazantzakis en La última tentación de Cristo (adaptada al cine por Scorsese), pero insistiendo todavía más en el perfil humano del Nazareno, como declara el propio director: “No podía saber cómo era el lado divino, por lo que decidí tratar las predicaciones y problemas de Jesús de la misma forma que los de una persona normal”.

Poco versado en la doctrina (pese a haberse criado en un entorno eminentemente católico), la historia en la que Rodrigo García enmarca el episodio evangélico se le presentó de repente, después de decidir que lo que más le atraía del Hijo de Dios era justo eso, su condición de hijo. Así resume el director la trama: “en la niebla de un viaje espiritual encuentra a un padre, una madre y un hijo extraños los unos para los otros. El planteamiento se desarrolla en el clásico enfrentamiento entre la llamada divina del alma y el deseo individual de realización personal”. Mientras García trata las dinámicas familiares en el corazón de la película, decide añadir un personaje adicional: el Diablo. “En la Biblia se dice que el Diablo tentó a Jesús en el desierto. Yo he elegido que se le aparezca a Jesús con su propia apariencia. El Diablo cuestiona a Jesús si podrá resolver el problema de la familia satisfaciendo a todo el mundo.” En suma, Jesucristo y su travesía por el desierto son elegidos como contexto para explorar a un sujeto universal y su historia de crecimiento personal: un joven convirtiéndose en hombre, con el permiso de su padre o sin él.

El tratamiento de la figura de Jesús que nos brinda el colombiano ha sido considerado valiente y arriesgado, al estar alejado del  que más habitualmente nos había dado el género en la pantalla. Un mundo desacralizado como es el nuestro agradece que se rescate el humanismo que respira lo cristiano apartándolo de las cuestiones de fe. Evidentemente esta secularización no ha satisfecho a todos y menos, sobre todo, a los sectores religiosos. De las filas de la Iglesia le han llegado las peores críticas de entre las cuales destacamos la de Monseñor Robert Barron, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Los Ángeles, por su tono sarcástico: “Con su última película, Últimos días en el desierto, Rodrigo García ha logrado algo verdaderamente destacable. Ha tomado un extracto de la vida de la persona más interesante que jamás ha vivido y lo convirtió en una película colosalmente aburrida. (…) Lo que sería realmente dramático y revelador sería una película que muestre convincentemente que el carpintero de Nazaret también es Dios.” En lo que no parecen querer reparar unos y otros es en que, no sabemos si de forma voluntaria, hay al menos una cuestión en la película de relevante interés teológico: la que afecta a la naturaleza del diablo.

Para representar al demonio, al maligno padre de la mentira, García huye de la iconografía clásica, nada de cuernos, alas o tridentes, también al diablo le da una apariencia humana, y no una apariencia cualquiera, como decíamos más arriba nos lo presenta como doble exacto del propio Jesús (reto doble, pues, para Ian McGregor que ha de interpretar al hombre más santo y a su reverso). En un primer acercamiento a esta decisión deberíamos concluir que esta elección viene dada por esa voluntad de dar a la historia un tratamiento humano: que sea su doble podría hacernos pensar que quizás se trate tan solo de una alucinación provocada por el mismo agotamiento de la estancia en el desierto. Sin embargo, si tomamos distancia de cuáles han podido ser las intenciones del autor, nos encontramos con que la cinta nos brinda la ocasión de reflexionar sobre la relación entre el bien y el mal. Más allá del filme, la tradición establece que el Nazareno es el verdadero Hijo de Dios, de un Dios que es uno y trino, así que Cristo es Dios; si el diablo es el doble del Hijo, estamos estableciendo que las dos potencias antagónicas comparten esencia. Dios y el diablo serían las dos caras de una misma moneda y con ello estaríamos estableciendo un mismo origen para el bien y para el mal absolutos, cuestión que obligaría a revisar todo el sistema de creencias y que podría considerarse una aberración teológica, pero también una inquietante proposición que explicaría porqué puede ser compatible la promesa del Cristo al buen ladrón de estar mañana con Él en la casa del Padre cuando la profecía había establecido que tras la muerte en la cruz descendería a los infiernos durante tres días. Si el diablo y Dios son el mismo, cielo e infierno sólo serían dos nombres para referirse a lo mismo y no habría salvación posible.

Las derivaciones teológicas de una elección probablemente inocente son mera especulación y divertimento intelectual, pero se habrá de reconocer que tirar del hilo de los recursos de García para contar su historia nos llevan a una interesante paradoja. Y la paradoja persiste hasta cierto punto aunque no pensemos en la naturaleza divina del Cristo. Aún manteniéndonos dentro de una caracterización meramente humana, la visión dialéctica del bien y el mal sigue persistiendo. Entre ambos polos se daría una relación de opuestos complementarios, un opuesto necesitaría al otro para definirse, extremando la reflexión habría de concluirse que un contrario es el otro en su eterna rivalidad. El diablo de García es el reverso socarrón del Hijo, él mismo es hijo de Dios como lo es cualquier criatura y la razón de haberse rebelado contra el Hacedor habría sido la arrogancia extrema de este último. Y esto sí se dice de forma expresa en el filme. Si no nos remontamos especulativamente por encima de la película, nos queda aún una caracterización del demonio que lo haría semejante al Satán de Milton. Se presenta como un personaje carismático y persuasivo.  Un ser curioso, insumiso, contradictorio, humano, en suma, que a veces parece capaz de amar. Casi parece ofrecerle la única mano amiga al Cristo agotado por el desierto y por el peso de haber de atravesar la muerte para cumplir con el mandato del Padre.

Últimos días en el desierto no es, pues, una película aburrida, aunque sí resulte contemplativa y lírica en la mayor parte de su metraje. No deja de ser una interesante visión alternativa a lo que ha dado el género, que nos permite reflexionar sobre el humanismo, sobre el bien y sobre el mal. Todo ello envuelto por la fotografía del triplemente oscarizado Emmanuel Lubezki (El Renacido, Birdman, Gravity) que obra un milagro al convertir la luz natural y el paisaje desértico en magia para la mirada.

Rara, opera prima en femenino

Pepa San Martin nos pone ante un drama realista magníficamente relatado y retratado mediante planos secuencia y una puesta en escena detallada al milímetro con el fin de evitar artificios de cámara. Se mueve tan solo lo imprescindible para acompañar siempre el punto de vista de la protagonista, la adolescente Sara (Julia Lübbert). Llega incluso, en muchas ocasiones, evitar el contraplano, cosa que consigue gracias al cambio de punto de enfoque dentro de un mismo encuadre.
 
Sara vive con su hermana pequeña, Cata (Emilia Ossandon), Paula (Mariana Loyola), su madre y su pareja Lia (Agustina Muñoz).  La directora nos muestra la ordenada y feliz convivencia de esta familia. Completada con las visitas y fines de semana que ambas niñas pasan con su padre y su esposa. Reina la normalidad, pero la bisoñez adolescente de Sara y sus propios primeros escarceos amorosos le hacen pensar que su familia es rara.
Siente vergüenza de que la pareja de su madre sea de su mismo sexo, no quiere que sus amistades la vean en ese ambiente,  por ello llega a organizar la fiesta de su trigésimo cumpleaños en casa de su padre. Una situación producto de la confusión que le causa su edad pero que tendrá unas consecuencias inesperadas.
Lo mejor de esta película, además de la normalidad con la que trata la situación, está en como lo cuenta, de forma cotidiana, sin subrayados. No hay discursos ni proclamas, a diferencia de lo que sucede con otras películas provenientes de la otra América, la del norte.  No se nos muestra el juicio por la custodia de Paula (y la de su hermana pequeña a la que ni siquiera consultan), ni la campaña mediática que la madre y su pareja organizan para dar visibilidad a su realidad y a la condición homofóbica de la demanda del padre, ni se extiende en mostrar detalles del rechazo de otras personas de su entorno. En suma no cae en las argucias tramposas del cine más comercial que habrían convertido la trama en carne de lágrima fácil y alma moralizante. Rara no es una historia de buenos y malos, sino de personas que  tropiezan con los prejuicios de la sociedad. Son esos prejuicios los que confunden a Paula en el momento de su despertar adolescente. Cuando comprenda su error, ya será demasiado tarde.
Remarcable primera incursión  en el largometraje de su directora, Pepa San Martín, que ha sabido sacar lo mejor de sus magníficas actrices, en especial de las pequeñas, que realizan un trabajo de una naturalidad magistral.

La cura del bienestar, obra de culto que no maestra

Un joven y ambicioso ejecutivo de empresa (Dane DeHaan) es enviado para traer de vuelta al CEO de su compañía, que se encuentra en un idílico pero misterioso “centro de bienestar”, situado en un lugar remoto de los Alpes suizos. El joven pronto sospecha que los tratamientos milagrosos del centro no son lo que parecen. Cuando empieza a desentrañar sus terribles secretos, su cordura será puesta a prueba, pues de repente se encontrará diagnosticado con la misma y curiosa enfermedad que mantiene allí a todos los huéspedes, deseosos de encontrar una cura.

La cura de bienestar es una magnífica propuesta de cine de terror, con aires muy clásicos pero desarrollada en pleno siglo XXI. Mad doctors que descubren su rostro desfigurado como Erik, el fantasma de la ópera; sectas siniestras; un balneario con aspecto de castillo tenebroso ubicado en la cima de una montaña (Hohenzollern, Alemania); lúgubres laboratorios con instrumental del siglo XIX; una tonadilla infantil y siniestra que nos lleva a pensar en La semilla del diablo …  Un entorno inmejorable y un argumento que construye una interesante intriga la cual se desarrolla con una cadencia casi onírica, mezcla de realidad y alucinación, creando un universo irreal, misterioso. Pero… Lamentablemente tropezamos con un pero.

Para un sector de la crítica, la más especializada en cine fantástico y de terror, y un sector del público, el amante del género, esta cinta resultará una exquisitez. Digresiva y desmesurada, pero también estimulante y arriesgada. Una anomalía hollywoodiense destinada a convertirse en filme de culto. Y advertirán en las redes sociales, a otros que saben iguales a ellos, que se apresuren en verla sin dilaciones porque la cinta durará poco en cartel. Seguramente les asista la razón y es que, ahí va el pero prometido, La cura del bienestar es imperfecta por su exceso, por no saber renunciar a referencias (¡hasta hay un celador que lee La Montaña Mágica!), por no saber renunciar a ninguna imagen sugerente aunque eso suponga que su guión vaya teniendo más y más aristas. Es desmesurada pero no sublime. Será de culto, pero unos cuantos toques de tijera aquí y allá podrían haberla convertido en una buena película.

Rodada con gran preciosismo y un cuidado especial en el detalle, cuenta con Dane DeHaan, un prometedor actor desde que lo descubriéramos en  Chronicle (Josh Trank, 2012), y la dulce y enigmática Mia Goth, que le prestan su belleza y juventud como contrapunto a ese universo enfermo que desgrana. Con sus inconvenientes, que la harán de difícil aceptación por el público más generalista, no deja de ser una propuesta interesante, de las que apetece volver a revisar con más detenimiento. Si la película fuera un buen vino, la nota de cata rezaría: persistente en la memoria.

Incerta glòria, el fin de una guerra

Plena Guerra Civil Española, en el frente de Aragón, año 1937. Lluís, un joven oficial republicano, destinado a un puesto temporalmente inactivo en un páramo desierto, conoce a una enigmática viuda.

Basada en la novela homónima de Joan Sales, Incerta Glòria, que toma su título de un verso de William Shakespeare de la obra Los dos caballeros de Verona, donde se dice: «incierta gloria de una mañana de abril», fue publicada por primera vez en septiembre de 1956 y ampliada en las sucesivas ediciones posteriores hasta la edición definitiva en 1971. La obra, como la película, no contiene ningún mensaje político ni se abandona a una fácil exaltación partidista.

Villaronga sabe extraer toda la belleza de este triste relato con la guerra civil española de fondo, ubicado en el frente de Aragón que permanece inactivo pero con el gris pesimismo del que sabe que la guerra está perdida. Mientras unos, inútilmente, son entrenados para matar por un joven teniente barcelonés que nunca ha matado, Lluis (Marcel Borràs), otros van preparando el terreno para cuando entren las tropas fascistas.

Entre las ruinas, entre cadáveres y objetos abandonados de vidas que ya no están, hay también supervivientes, como La Carlana (Núria Prims),  joven y viuda, objeto de deseo de muchos, que atraerá hacia su red (como nos muestra el director con una torpe metáfora visual) a ese joven oficial, para que le ayude a conseguir sus objetivos. Como ya ha hecho antes con otros. Sobrevivir es el objetivo y, más allá, resarcirse de la vergüenza de un padre abusador (conocido como el cagorcio), vengarse del señorito que le ha engendrado dos bastardos y empoderarse frente a todos los que la han menospreciado. El personaje de La Carlana, potenciado por Villaronga en la película más que en la novela que adapta, merece codearse con las Fortunata y Jacinta de Galdós y la Ana Ozores de Clarín, mujeres de carácter todas ellas que marcan un hito en la construcción de psicologías femeninas en la literatura y el cine.

En cuanto a los masculinos, aunque el protagonista sea el teniente Lluís de Brocà, el que nos guardaremos en nuestra colección de personajes predilectos será el de su amigo, Juli Soleràs (Oriol Pla). Contradictorio, cínico, escéptico, impenetrable, pero lúcido agitador de espíritus, Soleràs es la encarnación del héroe romántico, aquel que va a la guerra a sabiendas de que puede perderse. Y más aún, el que sabe que, en verdad, la derrota es la que da la grandeza, porque es desde la comprensión en carne propia de la finitud y futilidad de lo humano que podemos remontarnos y afirmar la importancia del viaje (no del destino) que es la vida.

Destaca la labor de sus interpretes, especialmente las femeninas, con la ya nombrada Núria Prims y la dulce Bruna Cusí, así como la participación en pequeños pero significativos roles de Juan Diego, Terele Pávez, Luisa Gavasa y un Fernando Esteso que despierta siempre la sonrisa, necesaria, pues Incerta Glòria nos hará salir del cine con un sabor amargo en la boca.

Ruinas, bombardeos, una Barcelona en guerra magníficamente retratada, y tristeza, mucha tristeza, en esta historia de pasiones fatales y fatalistas. De héroes y supervivientes, de intrigas y pasiones, venganza y ambición, en una magnífica cinta en la que de nuevo Agustí Villaronga nos traslada a la guerra civil tras su gran éxito Pà negre (2010) y en la que refleja un dolor que sobrevive a la propaganda de cualquiera de las dos facciones.