Patria, ocasión perdida

Todos los pueblos tienen sus propios mitos y leyendas fundacionales con los que dan cuenta de sus orígenes, recubriéndolos de una pátina heroica sobre la que se asienta el orgullo de pertenecer a la comunidad. La hazaña de Guifré el pilós, padre de la patria que con su propia sangre habría instituido la insignia que la abandera, es la más célebre de las leyendas catalanas. Menos conocido, sin embargo, es el episodio que habría dado origen al nombre con el que se conoce a esas tierras y a sus habitantes, se trata de la gesta de Otger Catalò i els nou barons de la fama que en el Siglo VIII habrían liberado la región de la invasión sarracena. Hombres libres que no rendían vasallaje a ningún señor feudal, habrían dado sus vidas en nombre de la libertad y la paz de las tierras que serían conocidas desde entonces como catalanas en honor del apellido de su líder. Joan Frank Charansonnet supo de su historia de labios de su abuela y ha querido recuperarla del olvido para “… poner en valor a un personaje poco conocido y, además, que los catalanes nos sintamos orgullosos de ser quiénes somos” (declaraba en La Vanguardia). Pàtria responde al sueño de su director de compartir ese relato heroico que impregnó su imaginación infantil y le dio conciencia de lo que supone ser catalán.

Pàtria, publicitada como la primera cinta épica del cine catalán, es una película de modesto presupuesto (250.000 euros) que no ha contado con ninguna subvención y que se ha financiado (en parte) mediante el micromecenazgo. Braveheart o Spartacus son las dos películas que toma el director como referencia para inaugurar un género que abrirá, en su opinión, nuevas ventanas al cine catalán. El director ha pretendido rodar una superproducción cinematográfica que llegue a todos los públicos, para ello se ha rodeado de actores reconocidos de la escena catalana como Miquel Sitjar (en el papel protagonista) Boris Ruiz, Miquel Gelabert y Àngels Bassas, a los que hay que sumar los más de 400 figurantes. En aras de darle una mayor corporeidad, Joan Frank Charansonnet ha apostado por grabar la mayor parte de la película en escenarios reales y prescindir del croma. Las localizaciones (el Solsonès, el Bages y el Alt Empordà) son, con abultada diferencia, lo mejor del filme. La cinta compensa la escasez de medios económicos con una importante inversión de voluntad y esfuerzo que ha de serle reconocida y puesta en valor, sin embargo, el resultado final queda muy lejos de los objetivos soñados.

Pàtria cumplirá el propósito de hacernos interesar por Otger Cataló, su peripecia y su leyenda, pese a que no ha sido capaz de transmitir la emoción que sin duda han volcado los profesionales implicados en ella. Y ese descalabro no es achacable tan sólo a los pocos medios económicos, otros con menos hicieron más (nos vienen a la mente numerosos ejemplos que no mencionaremos porque las comparaciones son odiosas). Lo de menos es que los escasos efectos especiales que contiene sean poco elaborados, ni tampoco importa los pocos efectivos humanos empleados en la recreación de las batallas: con lo mismo, bien narrado, habríamos tenido una película digna. Los fallos de Pàtria son de trazo más grueso y se deben a cuestiones más básicas. La apreciable labor de documentación histórica (que es reconocible y hay que destacar) se malbarata en un guion que confunde la poesía con la dicción pomposa; que se complica con la utilización de un doble tiempo narrativo, la gesta y su recopilación posterior (bien llevada al siglo XV del que datan las primeras versiones escritas, pero… ), ya que esto le obliga a jugar con dos tramas paralelas que, más que ayudarse la una a la otra, dan lugar a un relato opaco y confuso; que resulta ineficaz a la hora de desarrollar las partes canónicas de una crónica de estas características, como podría ser (y sólo es un ejemplo de los que se podrían entresacar) la presentación de los héroes, sus motivaciones y características, la relación entre ellos… cuestión fundamental para conseguir que su hazaña despierte nuestras emociones; y, lo peor de todo, un guion que lastra la acción y encorseta las interpretaciones haciendo que estas resulten forzadas y artificiales.

Las interpretaciones, pues, no son en ningún momento convincentes, carecen de frescura y se muestran incapaces de crear personajes con un mínimo perfil psicológico, todos, casi sin excepción, son planos y articulados mediante clichés. Los interpretes tienen su propia responsabilidad en ello, pero nos parece detectar, más bien, errores en la dirección de actores. Las decisiones de realización son igualmente defectivas, al director le ha faltado cintura a la hora de poner en escena ese guion que coescribe con Pau Gener, lo que funciona sobre el papel no siempre lo hace en la pantalla y a veces hay que saber prescindir de un material que hemos mimado pero que, puesto en imágenes, van a gravar nuestro relato y van a confundir al público. La cinta adolece de una notable falta de ritmo, eso es lo que hace que el ardor épico pretendido brille por su ausencia y no, como comentábamos más arriba, la falta de recursos económicos y humanos. Pero sin duda la peor decisión de puesta en escena es el abuso de la cámara lenta, un recurso que bien destilado puede añadir heroísmo y fuerza a una acción, pero que usado ad nauseam acaba provocando el efecto totalmente contrario.

Pàtria es una película arriesgada y valiente, como todo buen pionero debe serlo, pero su resultado plástico es ineficiente. En su favor hay que decir que su empuje y su capacidad de entusiasmar cuando era sólo un proyecto (véase, si no, su éxito en la campaña de micromecenazgo) será una semilla que podrá fructificar en posteriores trabajos que se adentren en el camino que Pàtria ha abierto.

Wilson, de la viñeta a la pantalla

Harrelson interpreta a Wilson, un solitario, neurótico, divertido y honesto misántropo de mediana edad que se reconcilia con su mujer (Laura Dern), de la que se separó, y que recibe una nueva oportunidad para ser feliz cuando descubre que tiene una hija adolescente (Isabella Amara), a la que no conocía.  De una manera bastante extravagante y retorcida, se propone conectar con ella.

Wilson nació de una experiencia del propio Clowes compartida con su personaje. “Mi padre estaba hospitalizado, víctima de un cáncer terminal, como le sucede a Wilson al principio de la película”, explica. “Yo estaba sentado junto a su cama con la mirada puesta en el infinito, y sólo quería estar en esa habitación con él. Me traje mi pequeño bloc de dibujo y comencé a garabatear una breves tiras cómicas, ligeras y divertidas, para evitar sentirme abrumado”. Al fin, un personaje comenzó a emerger; al principio, no era más que un muñeco hecho de palillos pero con la descomunal personalidad de un hombre que dice toda la verdad sin ambages, independientemente de que alguien quiera oírla o no. “Yo estaba tronchándome de la risa”, reconoce Clowes. “Wilson tiene algo de memo, pero también es un tipo solitario que intenta trazar su curso por la vida”.

Pero si la adaptación de Ghost World, que en 2001 dirigió Terry Zwigoff protagonizada por las dos entonces mocosas, Thora Birch Scarlett Johansson, resultó ser un valor añadido a la novela gráfica de Clowes, no sucede lo mismo con este Wilson, que ofrece un resultado un tanto deslavazado que no parece aprovechar suficientemente la carga de cinismo que tiene el personaje, ese plasta amargado que no termina de resultar gracioso (ni simpático) en su esfuerzo por trascender, pese a que las situaciones lo permitirían. De modo que el arco de transformación del personaje, interpretado por un Woody Harrelson en su salsa, no queda suficientemente matizado.

Su narración, adaptada por el propio autor de la novela gráfica, parece desarrollarse a trompicones, como en tiras, por no abandonar el lenguaje secuencial, no del todo bien hilvanadas entre sí. Y no en vano, tal y como explica el propio Daniel Clowes, algo de eso hay: “Yo tenía millones de tiras cómicas que eran pequeños fragmentos de la vida y, finalmente, encontré un relato en medio de todo ello. Al llegar al proceso de creación del guión, tenía la sensación de que ya disponía de un gran boceto para la película”. Pero lo que funciona en su novela gráfica, no ofrece el mismo resultado en la pantalla. A pesar de todo ello, Wilson no resulta tediosa (sus 94 minutos ayudan a ello) y contiene algunos buenos momentos que nos retrotraen a lo mejor de Daniel Clowes, con algún personaje que parece salido casi directamente de sus viñetas.

 

Un fin de semana de despedidas, No sé decir adiós y Goodbye Berlin

Carla (Nathalie Poza) recibe una llamada de su hermana: su padre (Juan Diego), con el que hace tiempo que no se habla, está enfermo. Ese mismo día, Carla coge un vuelo a Almería, a la casa de su infancia. Allí, los médicos le dan a su padre pocos meses de vida. Ella se niega a aceptarlo y contra la opinión de todos, decide llevárselo a Barcelona para tratarle.

De las películas que hemos tenido ocasión de ver provenientes del Festival de Málaga,  sin lugar a dudas No sé decir adiós ha resultado, hasta ahora, la mejor. Principalmente porque tiene la deferencia de no tratar al espectador como si fuera corto de mente. Lino Escalera, que debuta en la dirección de largometrajes con esta cinta, trata a sus personajes con dureza, pero ni los juzga ni los redime: los muestra. Y lo que nos cuenta lo hace de la forma más efectiva y eficaz. Con economía de movimientos de cámara y un apoyo importante, fundamental, en los diálogos de sus personajes, encarnados por tres actores que realizan una labor encomiable, algo declamatoria, teatral, sí, pero de lujo. Juan Diego hace ese papel que tan bien realiza. Fallecido Pepe Sancho, Juan Diego es el actor que mejor dice tacos.  Nathalie Poza (¿Donde ha estado hasta ahora Nathalie Poza?) realiza una magnífica creación con Carla. Creíble, patética, triste, inmadura. Una mujer que ha luchado, que ha pasado por experiencias que no se cuentan, ni falta que hace, vivencias que la han vaciado de sentimientos y le han despojado de la confianza en los demás. Escarmentada de la vida, se negará a aceptar lo inevitable, lo inminente y mientras, maquillará sus días con cocaína y Gintónics. Blanca, la otra hermana (interpretada por la magnífica Lola Dueñas) se ha quedado en el pueblo, ha heredado la auto-escuela del padre, vive con un tipo que no la llena y su hija y siente que ha perdido algo por el camino. También está vacía. Como su hermana, que fue a Barcelona a buscarse y todavía no se ha encontrado. Todos están heridos, en el cuerpo y en el alma, y la cinta de Lino Escalera es una reflexión sobre las oportunidades perdidas, sobre el fin de la vida, que puede terminar incluso antes del fallecimiento físico, cuando se dejan de lado los sueños y las aspiraciones y se toma la vida como una obligación, dejando morir el alma día tras día. Es también una historia de seres normales, derrotados, sin redención, sin héroes ni villanos. Ni más ni menos que vidas. Y muertes.

Festival de Málaga 2017: Cuatro Biznagas de Plata en el Festival de Málaga (Premio Especial del Jurado, Premio al Mejor Guion, Premio a la Mejor Actriz- Nathalie Poza- y el  Premio al Mejor Actor de Reparto -Juan Diego) y la Mención Especial del Jurado de la Crítica al trabajo actoral

GOODBYE BERLÍN (Tschick, Fatih Akin, 2016)

Maik (Tristan Göbel), un muchacho de 14 años marginado por su clase, crece en el seno de una familia rica y disfuncional en Berlín. Durante las vacaciones veraniegas, su alcohólica madre ingresa de nuevo en rehabilitación mientras su padre se ausenta con su joven ayudante por un presunto viaje de negocios. Maik está solo en casa, en su piscina, hasta que un nuevo compañero de clase llamado Tschick, joven inmigrante ruso, aparece con un coche robado. Juntos se lanzan a la carretera sin plan aparente.

Una nueva aproximación a un periodo tan complicado como es la adolescencia, aunque en este caso está protagonizado por adolescentes auténticos (quizás debería decir reales) y realizado de manera muy inteligente y amena. Goodbye Berlín narra el relato iniciático de Maik (Tristan Göbel), un muchacho para el que un verano resultará ser el punto de inflexión que cambiará su modo de ver la vida. En el que una pequeña escapada a ninguna parte terminará siendo toda una lección de vida que irá mucho más allá de la gamberrada. Variará su escala de valores, conocerá la auténtica amistad y dejará atrás al niño. Y todo ello muy bien llevado por su director, que logrará un magnífico equilibrio en la narración, ofreciendo humor y demostrando cariño hacia sus personajes: “Leí la novela y me quedé enganchado” explica Akin (director de Contra la Pared, Al Otro Lado y Soul Kitchen entre otras) quien persiguió los derechos de la adaptación nada más leer la novela, cinco años antes de iniciar el rodaje.

De nuevo se tratará de un relato que, como el anterior que hemos comentado, respetará al público ofreciéndole una buena historia, con sus pequeñas tragedias y grandes descubrimientos. Tras ese viaje, ese verano, Maik dejará de pensar que es “un aburrido y un puto feo“, invisible para su soñada (y tan guapa como superficial) compañera de clase Tatiana (Aniya Wendel), que sin nunca saberlo habrá sido el detonante responsable de toda la huida, pues tanto Maik como Tschick (el raro de la clase, con una tragedia detrás que afortunadamente se nos evita) no son invitados a acudir a la fiesta de cumpleaños que la muchacha ofrece a (casi) todos sus compañeros. Y es que ellos no parecen importar a nadie (ni a sus padres ni a sus compañeros de clase), y ese verano tan solo se tienen el uno al otro y un coche (sinónimo de libertad) con el que saltarán a plantar cara a la vida.

‘Lo tuyo y tú’, la cantante era calva

Una noche Youngsoo y su novia Minjung discuten por el supuesto flirteo de la chica con un desconocido y ella termina marchándose de casa. Al día siguiente Youngsoo vaga por las calles con la esperanza de encontrarla; mientras tanto Minjung (o una chica idéntica a ella) tiene citas con distintos hombres que dicen conocerla de antes.

La nueva película escrita y dirigida por el maestro Hong Sangsoo, ganadora de la Concha de Plata al Mejor Director en la pasada 64ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián-Donostia y protagonizada por Kim Joohyuck (Like for LikesThe Beauty Inside) y Lee Youyoung (The TreacherousLate Spring), continúa explorando las relaciones de pareja, verdadera constante de su cine como ya tuvimos ocasión de comentar en  Antes no, ahora sí.   Hong Sangsoo reflexiona en ella sobre los límites del conocimiento mutuo en el seno de una pareja y sobre el valor de la confianza del uno en el otro. Dividida en escenas separadas por fundidos en negro (fundidos que prácticamente juegan el mismo papel que el telón en el teatro), un mismo tema musical sirve de nexo entre ellas, un tema que, por su naturaleza desenfadada y vivaz, indica claramente que Lo tuyo y tú es una comedia.

¿Es una comedia? El coreano nos trae cuadros escénicos disparatados retratados en plano fijo (prácticamente sólo el uso de aparatosos zooms introduce movimiento) en los que los personajes declaman diálogos, que en ocasiones se antojan casi sin sentido, mientras beben, sobre todo beben. La ruptura de la ilación lógica es la que funciona aquí como vehículo del humor, a algunos les podrá provocar hilaridad, a otros sólo una sonrisa, no faltarán los que no capten la gracia, pero lo que vivirán todos es el extrañamiento. Y el extrañamiento es ese lugar en el que lo habitual se deforma y pierde su confortabilidad, algo semejante a las imágenes reflejadas en espejos distorsionantes. Eso es Lo tuyo y tú, una suerte de palacio de los espejos en el que nos veremos obligados a ver de otro modo nuestras propias vivencias sobre el amor, la (des)confianza, la capacidad de comprender al otro, en suma, la posibilidad y sentido de formar una pareja.

Sólo el amor verdadero tiene valor, lo demás es comer y cagar” dice en un momento el protagonista, todo un trasunto del pensamiento del propio director: “el amor es lo único que importa en esta vida aparte de la cerveza. Si encuentras a una persona a la que puedas amar y con quien puedas compartir tu vida, que en el resto de facetas de tu vida seas un desastre carece de gravedad”. Sangsoo se autoproclama vago porque no está dispuesto a inventar nada más allá de lo que él mismo aprecia y vive, por eso en todas sus películas se bebe tanto y por eso hablan todas ellas de amor, “yo mismo no tengo más aficiones que beber. Hablo de lo que sé, punto. Jamás me plantearía contar la historia de, por ejemplo, un piloto de carreras vegano y aficionado a la pesca. No conozco a nadie que sea así, y soy demasiado torpe para inventármelo”. Pero igual que reconoce su pereza, es consciente de su honestidad, “casi nada en mi cine es intencionado, porque me gusta ponerme a merced de los accidentes. Tampoco comparo mis películas entre sí. Cada una de ellas es un reflejo de quién soy yo en el momento de hacerla, una instantánea de quién soy en diferentes épocas de mi vida. En ese sentido soy un director brutalmente honesto”. El coreano no escribe detalladamente sus guiones, juega a la improvisación, se burla amablemente de la prensa que en su juicio rebusca demasiado en sus obras (niega incluso que el cine de Rohmer sea una influencia consciente) y respira sinceridad en cada palabra, una sinceridad que impregna cada fotograma en el que vierte su pensamiento y su sentimiento. Romántico empedernido, no se cansa de dar argumentos sobre como el amor es lo único. Y nosotros podemos amarle por ello.

 

‘Lo tuyo y tú’, la cantante era calva

Una noche Youngsoo y su novia Minjung discuten por el supuesto flirteo de la chica con un desconocido y ella termina marchándose de casa. Al día siguiente Youngsoo vaga por las calles con la esperanza de encontrarla; mientras tanto Minjung (o una chica idéntica a ella) tiene citas con distintos hombres que dicen conocerla de antes.

La nueva película escrita y dirigida por el maestro Hong Sangsoo, ganadora de la Concha de Plata al Mejor Director en la pasada 64ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián-Donostia y protagonizada por Kim Joohyuck (Like for LikesThe Beauty Inside) y Lee Youyoung (The TreacherousLate Spring), continúa explorando las relaciones de pareja, verdadera constante de su cine como ya tuvimos ocasión de comentar en  Antes no, ahora sí.   Hong Sangsoo reflexiona en ella sobre los límites del conocimiento mutuo en el seno de una pareja y sobre el valor de la confianza del uno en el otro. Dividida en escenas separadas por fundidos en negro (fundidos que prácticamente juegan el mismo papel que el telón en el teatro), un mismo tema musical sirve de nexo entre ellas, un tema que, por su naturaleza desenfadada y vivaz, indica claramente que Lo tuyo y tú es una comedia.

¿Es una comedia? El coreano nos trae cuadros escénicos disparatados retratados en plano fijo (prácticamente sólo el uso de aparatosos zooms introduce movimiento) en los que los personajes declaman diálogos, que en ocasiones se antojan casi sin sentido, mientras beben, sobre todo beben. La ruptura de la ilación lógica es la que funciona aquí como vehículo del humor, a algunos les podrá provocar hilaridad, a otros sólo una sonrisa, no faltarán los que no capten la gracia, pero lo que vivirán todos es el extrañamiento. Y el extrañamiento es ese lugar en el que lo habitual se deforma y pierde su confortabilidad, algo semejante a las imágenes reflejadas en espejos distorsionantes. Eso es Lo tuyo y tú, una suerte de palacio de los espejos en el que nos veremos obligados a ver de otro modo nuestras propias vivencias sobre el amor, la (des)confianza, la capacidad de comprender al otro, en suma, la posibilidad y sentido de formar una pareja.

Sólo el amor verdadero tiene valor, lo demás es comer y cagar” dice en un momento el protagonista, todo un trasunto del pensamiento del propio director: “el amor es lo único que importa en esta vida aparte de la cerveza. Si encuentras a una persona a la que puedas amar y con quien puedas compartir tu vida, que en el resto de facetas de tu vida seas un desastre carece de gravedad”. Sangsoo se autoproclama vago porque no está dispuesto a inventar nada más allá de lo que él mismo aprecia y vive, por eso en todas sus películas se bebe tanto y por eso hablan todas ellas de amor, “yo mismo no tengo más aficiones que beber. Hablo de lo que sé, punto. Jamás me plantearía contar la historia de, por ejemplo, un piloto de carreras vegano y aficionado a la pesca. No conozco a nadie que sea así, y soy demasiado torpe para inventármelo”. Pero igual que reconoce su pereza, es consciente de su honestidad, “casi nada en mi cine es intencionado, porque me gusta ponerme a merced de los accidentes. Tampoco comparo mis películas entre sí. Cada una de ellas es un reflejo de quién soy yo en el momento de hacerla, una instantánea de quién soy en diferentes épocas de mi vida. En ese sentido soy un director brutalmente honesto”. El coreano no escribe detalladamente sus guiones, juega a la improvisación, se burla amablemente de la prensa que en su juicio rebusca demasiado en sus obras (niega incluso que el cine de Rohmer sea una influencia consciente) y respira sinceridad en cada palabra, una sinceridad que impregna cada fotograma en el que vierte su pensamiento y su sentimiento. Romántico empedernido, no se cansa de dar argumentos sobre como el amor es lo único. Y nosotros podemos amarle por ello.

 

 

El otro lado de la esperanza, de lo cómico y lo serio

Helsinki. El joven Khaled (Sherwan Haji) llega oculto en un barco de carga procedente de Siria. Mientras, un gris comercial llamado Wikström (Sakari Kuosmanen) decide poner fin a su matrimonio y a su negocio, y abrir un decadente restaurante. Sus caminos se cruzarán y Wikström ofrecerá a Khaled techo, comida y trabajo. Pero el sueño del chico es encontrar a su hermana, que también huyó de Siria. 

El otro lado de la esperanza es el último trabajo del director finés Aki Kaurismäki, recientemente galardonado con el Oso de Plata a Mejor director en el Festival de Berlín, certamen donde fue estrenada la película a nivel internacional. Kaurismäki nos mostrará la huida hacia adelante de dos personajes que, por diferentes motivos, quieren escapar de la encerrona en la que se ha convertido su vida. Ambas historias irán en paralelo hasta que colisionen, momento en el que ambos verán sus objetivos cumplidos, aunque con una suerte muy desigual. Todo ello narrado con el personalísimo estilo del director cuyo sello se define por un humor absurdo plagado de personajes y situaciones grotescas. Casi un paseo por los sueños de un sonámbulo, jalonado por las interpretaciones de viejos rockeros finlandeses.

Es posible que no todo el mundo esté capacitado para entrar en este extraño humor de Kaurismäki,  capaz de sacar una sonrisa al espectador con un tema tan serio como es la emigración, las trabas burocráticas para lograr el asilo y los encontronazos con la sinrazón, representada aquí por unos skins cabeza hueca. Y más allá incluso, porque El otro lado de la esperanza denuncia la idiotez y la hipocresía que todos, en mayor o menor medida, manifestamos respecto a este espinoso tema. Una denuncia sin moralina, pero con una agudeza tal que nos conmociona y nos mueve a reflexión. Esas situaciones ridículas y esos diálogos disparatados que los personajes viven (y los actores interpretan) con total seriedad, como aquellos personajes de Dario Fo que repetían a grito pelado “¡Viva la vida, alegre y divertida!”,  logran dejarnos una sonrisa, sí, pero una sonrisa que se congela, pues sentimos que lo que se desvela es lo vacua que puede llegar a ser la existencia. El otro lado de la esperanza es a la vez, bufa y amarga.

Kaurismäki declaraba en una entrevista concedida a El mundo: “El cine no puede cambiar el mundo. Jean Renoir lloraba porque tras mostrar los desastres de la Primera Guerra Mundial en una obra maestra como La gran ilusión, nada impidió que llegara otra aún más brutal. El arte no cambia nada. El arte, de hecho, ya no es arte. Ahora, se ha transformado en simple entretenimiento. En cualquier caso, la naturaleza del cine es eso: entretenimiento. Y eso no es malo. Todo lo que signifique un alivio del sufrimiento necesario de la vida es objetivamente bueno.” Lúcido y satírico, a sus 60 años Kaurismäki hace gala de un pesimismo esperanzado, si se nos permite el oxímoron, y eso se traduce en su trabajo (que él cataloga de “mierda, pero con sentido”), no hay que cejar en la denuncia, el mundo es responsabilidad de todos, a sabiendas de que poco está en nuestras manos, pero sin reprimirnos ese lujo que es la comicidad. Como el Preston Sturges de Los viajes de Sullivan, el finlandés sabe que dar evasión a los desfavorecidos es en sí (y a la vez) el mayor honor que puede alcanzar un artista y la actitud más combativa posible ante nuestra realidad.   

El otro lado de la esperanza es la segunda entrega de una trilogía (que según el autor comprenderá solo dos partes) portuaria que el director inició con El Havre. Humor unido al profundo cariño hacia los más desfavorecidos que el director siempre ha mostrado en sus más de 20 trabajos como director, entre ellos pequeñas joyas como La Vida de bohemia (Premio Fipresci de la crítica, Berlín 1992), Nubes pasajeras, Un hombre sin pasado (Gran Premio del Jurado en  Cannes 2002), Luces al atardecer o la ya nombrada,  El Havre (Premio Fipresci de la crítica, Cannes 2011). Su amplia y meritoria filmografía fue reconocida en la pasada edición del Festival de Cannes donde recibió la Carroza de Oro por su sobresaliente trayectoria.

I Am Not Your Negro, una tesis distinta

En I Am Not Your Negro el director Raoul Peck reimagina Remember This House, la obra inacabada del activista por los derechos de los afroamericanos James Baldwin. Utilizando fragmentos extraídos del libro original narrados por Samuel L Jackson, así como filmaciones de sus discursos y entrevistas televisivas, y diverso material de archivo y cinematográfico, este documental aporta una visión genuina sobre el racismo en Estados Unidos contada a través de las vidas -y posteriores asesinatos- de tres amigos íntimos del autor: Martin Luther King Jr., Medgar Evers y Malcolm X. Pero ello no significa que estemos hablando del racismo en pretérito, ni mucho menos, el discurso de Baldwin continúa vigente y así se demuestra en este soberbio documental que también muestra, junto a palizas a manifestantes de los sesenta o linchamientos a negros en el sur, escenas recientes de palizas policiales o fotografías de víctimas de la violencia racista actual.
Un repaso a la historia norteamericana y a su cultura, de la que se ha intentado excluir a los negros, cuando desde siempre han formado parte de esa civilización y han forjado ese país. Testigo de excepción de una época convulsa, James Baldwin fue amigo de los  más importante activistas contra el racismo, Martin Luther King Jr., Medgar Evers, Malcolm X y Lorraine Hansberry, los cuales murieron antes de cumplir los 40 años, los tres primeros asesinados y Hansberry de cáncer, aunque como Baldwin afirmó: “es claro sospechar que lo que vio contribuyó a la tensión que la mató, porque el esfuerzo al que Lorraine estaba dedicada es más que suficiente para matar a un humano.” Asistiremos a su dolor. A su duelo y a su lucha frente a una sociedad hipócrita y enferma que, si bien muchos años después fue capaz de nombrar presidente a un ciudadano de piel negra, también lo ha sido de poner en la Casa Blanca a un personaje ridículo y demente como es Donald Trump.
   La tesis que nos muestra Baldwin es más compleja de lo que a priori pudiéramos esperar, no es el discurso de siempre aunque los datos sean los mismos y aunque la revisión de los hechos nos pueda avergonzar aun no siendo norteamericano. No, no se trata de eso, porque si así fuera se le podría contestar que los tiempos han cambiado mucho y que la lucha por los derechos civiles ha ganado muchas batallas. Para Baldwin el racismo en EE.UU no ha retrocedido, ni retrocederá hasta que se interiorice que el american lifestyle  también incluye la realidad de aquellos a los que se les ha vetado el american dream. La realidad afroamericana, su condición y el dolor que han atravesado son parte de América, son América. No se trata de que haya un colectivo sojuzgado al que el otro colectivo puede liberar, se trata de asumir lo negro, su cultura y su dolor, el dolor que les ha infligido el blanco, como parte integrante de la realidad de un pueblo. Sólo cuando esto se haya interiorizado se podrá hablar de avance y fin del racismo.
 Inteligente e instructivo, este documental, que también ha sido aclamado por la crítica de su país,  ha recibido múltiples galardones que han culminado en la nominación a los Oscars en la categoría de Mejor Documental.

2016: Premios Oscar: Nominado a mejor documental