Viudas, el thriller como una de las bellas artes

¿Cómo definir “la pausa”? Ese estado en el que quedas suspendido ante la contemplación del arte. Iván Zulueta, en Arrebato, lo ilustraba con un álbum de estampas, con el cómo podías pasar el tiempo abstraído mirando un solo cromo. Eso ocurre con cualquiera de las artes, pero se subraya más en las artes visuales. Hay fotografías que no te cansarías de mirar, como si no fueran una mera captura de luz, como si no fueran mudas. Hay fotografías que nos hablan, que secuestran nuestra atención, que nos arrebatan. Y lo mismo ocurre con el cine: hay películas sobre las que regresas, que te permiten nuevos diálogos en cada visita, que te transportan. Viudas participa de la pausa, por su fotografía, por su música, por su guion y el diseño de personajes y situaciones. Por ella misma.

Steve McQueen debutó en el cine por la puerta grande, recibiendo la Caméra d’or de Cannes por su primer largo, Hunger. Tres años después se confirmaba mundialmente con Shame. Desde entonces no ha decepcionado a sus seguidores. Y, sin embargo, se nos antoja que la más laureada, 12 años de esclavitud, estaba demasiado pendiente de su tesis, más concentrada en su mensaje que en su respiración como filme. Viudas vuelve a ser una criatura viva, con un corazón que palpita como relato más allá de que también tenga subtextos interesantes (su total protagonismo femenino y su claro mensaje feminista, eso sí, sin proclamas ni pancartas) y ya hay muchas voces que la nombran mejor thriller del año. No es poca esa consideración, pero nos atrevemos a decir que el filme de McQueen funciona por encima del género al que se adscribe.

Quizás sea porque, esta historia de corrupción e intrigas entre criminales y políticos, entre sanguijuelas, que, sin importar color o religión, no se detendrán ante nada ni nadie y se aliarán con el diablo, si es necesario, para asegurarse su ascenso a Concejal del Distrito, fue concebida por su creador como una composición musical, tal como lo declaraba Hans Zimmer en una entrevista, “(…) ya ha creado la pieza musical, y todo lo que soy yo es un orquestador”. Gran modestia la del compositor, porque sin su banda sonora, escasa, algo dispersa, pero que aparece en los momentos exactos con su base de percusión que se asemeja al latido de un corazón acelerado, o al tictac de un cronómetro pautando la cuenta atrás de una acción que tiene tanto de frenética como de precisa, sin ella, la peripecia de estas mujeres que se aliarán para hacer cambiar su destino, el que los hombres les han marcado, saliendo reforzadas, poderosas, dueñas de sí mismas, no habría sido la que es.

Quizás Viudas es más que una excelente película de atracos porque el trabajo de Sean Bobbitt, al frente de la fotografía, es poco menos que perfecto. Unos encuadres diáfanos que no contienen más que la información precisa. Una composición en la que la regla de los tercios se convierte en mucho más que una indicación técnica logrando que cada imagen narre por si misma, recordamos, a modo de ejemplo, aquel plano, hacia el final del metraje, en el que Veronica (Viola Davis) y Alice (Elizabeth Debicki) vuelven a verse casualmente en un bar, sabemos que va a ser un reencuentro fructífero porque nos lo dice el plano con su doble montaje interno, con ese juego de reflejos que nos hablan de como las mujeres están separadas, pero siguen unidas como casi contiguas son sus imágenes especulares dentro de un cuadro de geometría impecable. Y esos bokeh que lo salpican todo, aquí y allá, por razones que no son meramente estéticas, como lágrimas de luz que iluminan estados internos de los personajes.

Quizás no estamos ante una cinta de intriga más (y menos aún una cualquiera) por el firme pulso con el que Gillian Flynn (la recordaremos por su guion de Perdida) funde el espíritu de la miniserie original (Widows, 1983-1985, escrita por Lynda La Plante) en un solo episodio que es un todo. El guion de Flynn (coescrito con el propio director) sabe pautar la información con la dosis justa gracias al dominio de dos recursos narrativos fundamentales, la elipsis y el flashback, no hay más que los necesarios para que fluya la trama. No descuida la, a veces difícil, asignatura del diseño de situaciones y la caracterización de personajes, facilitando al máximo el trabajo de los intérpretes. Un reparto de lujo y en estado de gracia en el que todos hacen creíbles a su rol. Capitaneados por Viola Davis (que merece todas las nominaciones a mejor actriz), todos dan lo mejor de sí mismos, pero nos gusta destacar al veterano Robert Duvall en el papel de patriarca corrupto que manipula y sojuzga a todo aquel que lo rodea y especialmente a su hijo, un Colin Farrell que nos convence de que, si ha caído en sucias tretas para derrotar a su adversario, ha sido únicamente por la presión de esa figura paterna terrible.

Quizás, y por supuesto, se deba al trabajo de Steve McQueen al frente de todos ellos. Hombre del Renacimiento, nuestro director orquesta las labores de su equipo y aporta, además, un acendrado trabajo de puesta en escena. La cámara describe en toda ocasión los movimientos precisos, se detiene cuando es necesario y procede siempre con una elegancia y una efectividad tales que puede llegar a pasar desapercibida a los ojos del espectador. Un travelling es una cuestión moral. McQueen es un artista inspirado por un humanismo inteligente que no cae en buenismos, pero que muestra el mejor lado del hombre asomando, incluso, en medio de la peor basura. “Su estética está basada en su amor por la humanidad”, nos confirma Hans Zimmer en la misma entrevista citada antes. Y esa bondad recubre todas las capas, que no son pocas, de Viudas convirtiéndola en una obra acrisolada destinada a figurar entre las grandes.

Viudas tiene lo mejor de cada uno de los elementos que tejen las películas. Como si fuera un compendio de todas las bellas artes. Pero sobre todo Viudas es cine. Puro cine puro.

 

 

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