El otro lado de la esperanza, de lo cómico y lo serio

Helsinki. El joven Khaled (Sherwan Haji) llega oculto en un barco de carga procedente de Siria. Mientras, un gris comercial llamado Wikström (Sakari Kuosmanen) decide poner fin a su matrimonio y a su negocio, y abrir un decadente restaurante. Sus caminos se cruzarán y Wikström ofrecerá a Khaled techo, comida y trabajo. Pero el sueño del chico es encontrar a su hermana, que también huyó de Siria. 

El otro lado de la esperanza es el último trabajo del director finés Aki Kaurismäki, recientemente galardonado con el Oso de Plata a Mejor director en el Festival de Berlín, certamen donde fue estrenada la película a nivel internacional. Kaurismäki nos mostrará la huida hacia adelante de dos personajes que, por diferentes motivos, quieren escapar de la encerrona en la que se ha convertido su vida. Ambas historias irán en paralelo hasta que colisionen, momento en el que ambos verán sus objetivos cumplidos, aunque con una suerte muy desigual. Todo ello narrado con el personalísimo estilo del director cuyo sello se define por un humor absurdo plagado de personajes y situaciones grotescas. Casi un paseo por los sueños de un sonámbulo, jalonado por las interpretaciones de viejos rockeros finlandeses.

Es posible que no todo el mundo esté capacitado para entrar en este extraño humor de Kaurismäki,  capaz de sacar una sonrisa al espectador con un tema tan serio como es la emigración, las trabas burocráticas para lograr el asilo y los encontronazos con la sinrazón, representada aquí por unos skins cabeza hueca. Y más allá incluso, porque El otro lado de la esperanza denuncia la idiotez y la hipocresía que todos, en mayor o menor medida, manifestamos respecto a este espinoso tema. Una denuncia sin moralina, pero con una agudeza tal que nos conmociona y nos mueve a reflexión. Esas situaciones ridículas y esos diálogos disparatados que los personajes viven (y los actores interpretan) con total seriedad, como aquellos personajes de Dario Fo que repetían a grito pelado “¡Viva la vida, alegre y divertida!”,  logran dejarnos una sonrisa, sí, pero una sonrisa que se congela, pues sentimos que lo que se desvela es lo vacua que puede llegar a ser la existencia. El otro lado de la esperanza es a la vez, bufa y amarga.

Kaurismäki declaraba en una entrevista concedida a El mundo: “El cine no puede cambiar el mundo. Jean Renoir lloraba porque tras mostrar los desastres de la Primera Guerra Mundial en una obra maestra como La gran ilusión, nada impidió que llegara otra aún más brutal. El arte no cambia nada. El arte, de hecho, ya no es arte. Ahora, se ha transformado en simple entretenimiento. En cualquier caso, la naturaleza del cine es eso: entretenimiento. Y eso no es malo. Todo lo que signifique un alivio del sufrimiento necesario de la vida es objetivamente bueno.” Lúcido y satírico, a sus 60 años Kaurismäki hace gala de un pesimismo esperanzado, si se nos permite el oxímoron, y eso se traduce en su trabajo (que él cataloga de “mierda, pero con sentido”), no hay que cejar en la denuncia, el mundo es responsabilidad de todos, a sabiendas de que poco está en nuestras manos, pero sin reprimirnos ese lujo que es la comicidad. Como el Preston Sturges de Los viajes de Sullivan, el finlandés sabe que dar evasión a los desfavorecidos es en sí (y a la vez) el mayor honor que puede alcanzar un artista y la actitud más combativa posible ante nuestra realidad.   

El otro lado de la esperanza es la segunda entrega de una trilogía (que según el autor comprenderá solo dos partes) portuaria que el director inició con El Havre. Humor unido al profundo cariño hacia los más desfavorecidos que el director siempre ha mostrado en sus más de 20 trabajos como director, entre ellos pequeñas joyas como La Vida de bohemia (Premio Fipresci de la crítica, Berlín 1992), Nubes pasajeras, Un hombre sin pasado (Gran Premio del Jurado en  Cannes 2002), Luces al atardecer o la ya nombrada,  El Havre (Premio Fipresci de la crítica, Cannes 2011). Su amplia y meritoria filmografía fue reconocida en la pasada edición del Festival de Cannes donde recibió la Carroza de Oro por su sobresaliente trayectoria.

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