Últimos días en el desierto, primera tentación de Cristo

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu

al desierto para ser tentado por el diablo.

(Mateo, 4,1)

 

Leemos en el Evangelio que Cristo, antes de iniciar su ministerio, se retiró al desierto  donde ayunó cuarenta días y cuarenta noches, cuando su cuerpo se debilitó y sintió hambre fue tentado por el demonio tres veces y no sucumbió ninguna. Este episodio es el punto de arranque de Los últimos días en el desierto donde la anécdota bíblica se noveliza al modo en que lo hiciera Kazantzakis en La última tentación de Cristo (adaptada al cine por Scorsese), pero insistiendo todavía más en el perfil humano del Nazareno, como declara el propio director: “No podía saber cómo era el lado divino, por lo que decidí tratar las predicaciones y problemas de Jesús de la misma forma que los de una persona normal”.

Poco versado en la doctrina (pese a haberse criado en un entorno eminentemente católico), la historia en la que Rodrigo García enmarca el episodio evangélico se le presentó de repente, después de decidir que lo que más le atraía del Hijo de Dios era justo eso, su condición de hijo. Así resume el director la trama: “en la niebla de un viaje espiritual encuentra a un padre, una madre y un hijo extraños los unos para los otros. El planteamiento se desarrolla en el clásico enfrentamiento entre la llamada divina del alma y el deseo individual de realización personal”. Mientras García trata las dinámicas familiares en el corazón de la película, decide añadir un personaje adicional: el Diablo. “En la Biblia se dice que el Diablo tentó a Jesús en el desierto. Yo he elegido que se le aparezca a Jesús con su propia apariencia. El Diablo cuestiona a Jesús si podrá resolver el problema de la familia satisfaciendo a todo el mundo.” En suma, Jesucristo y su travesía por el desierto son elegidos como contexto para explorar a un sujeto universal y su historia de crecimiento personal: un joven convirtiéndose en hombre, con el permiso de su padre o sin él.

El tratamiento de la figura de Jesús que nos brinda el colombiano ha sido considerado valiente y arriesgado, al estar alejado del  que más habitualmente nos había dado el género en la pantalla. Un mundo desacralizado como es el nuestro agradece que se rescate el humanismo que respira lo cristiano apartándolo de las cuestiones de fe. Evidentemente esta secularización no ha satisfecho a todos y menos, sobre todo, a los sectores religiosos. De las filas de la Iglesia le han llegado las peores críticas de entre las cuales destacamos la de Monseñor Robert Barron, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Los Ángeles, por su tono sarcástico: “Con su última película, Últimos días en el desierto, Rodrigo García ha logrado algo verdaderamente destacable. Ha tomado un extracto de la vida de la persona más interesante que jamás ha vivido y lo convirtió en una película colosalmente aburrida. (…) Lo que sería realmente dramático y revelador sería una película que muestre convincentemente que el carpintero de Nazaret también es Dios.” En lo que no parecen querer reparar unos y otros es en que, no sabemos si de forma voluntaria, hay al menos una cuestión en la película de relevante interés teológico: la que afecta a la naturaleza del diablo.

Para representar al demonio, al maligno padre de la mentira, García huye de la iconografía clásica, nada de cuernos, alas o tridentes, también al diablo le da una apariencia humana, y no una apariencia cualquiera, como decíamos más arriba nos lo presenta como doble exacto del propio Jesús (reto doble, pues, para Ian McGregor que ha de interpretar al hombre más santo y a su reverso). En un primer acercamiento a esta decisión deberíamos concluir que esta elección viene dada por esa voluntad de dar a la historia un tratamiento humano: que sea su doble podría hacernos pensar que quizás se trate tan solo de una alucinación provocada por el mismo agotamiento de la estancia en el desierto. Sin embargo, si tomamos distancia de cuáles han podido ser las intenciones del autor, nos encontramos con que la cinta nos brinda la ocasión de reflexionar sobre la relación entre el bien y el mal. Más allá del filme, la tradición establece que el Nazareno es el verdadero Hijo de Dios, de un Dios que es uno y trino, así que Cristo es Dios; si el diablo es el doble del Hijo, estamos estableciendo que las dos potencias antagónicas comparten esencia. Dios y el diablo serían las dos caras de una misma moneda y con ello estaríamos estableciendo un mismo origen para el bien y para el mal absolutos, cuestión que obligaría a revisar todo el sistema de creencias y que podría considerarse una aberración teológica, pero también una inquietante proposición que explicaría porqué puede ser compatible la promesa del Cristo al buen ladrón de estar mañana con Él en la casa del Padre cuando la profecía había establecido que tras la muerte en la cruz descendería a los infiernos durante tres días. Si el diablo y Dios son el mismo, cielo e infierno sólo serían dos nombres para referirse a lo mismo y no habría salvación posible.

Las derivaciones teológicas de una elección probablemente inocente son mera especulación y divertimento intelectual, pero se habrá de reconocer que tirar del hilo de los recursos de García para contar su historia nos llevan a una interesante paradoja. Y la paradoja persiste hasta cierto punto aunque no pensemos en la naturaleza divina del Cristo. Aún manteniéndonos dentro de una caracterización meramente humana, la visión dialéctica del bien y el mal sigue persistiendo. Entre ambos polos se daría una relación de opuestos complementarios, un opuesto necesitaría al otro para definirse, extremando la reflexión habría de concluirse que un contrario es el otro en su eterna rivalidad. El diablo de García es el reverso socarrón del Hijo, él mismo es hijo de Dios como lo es cualquier criatura y la razón de haberse rebelado contra el Hacedor habría sido la arrogancia extrema de este último. Y esto sí se dice de forma expresa en el filme. Si no nos remontamos especulativamente por encima de la película, nos queda aún una caracterización del demonio que lo haría semejante al Satán de Milton. Se presenta como un personaje carismático y persuasivo.  Un ser curioso, insumiso, contradictorio, humano, en suma, que a veces parece capaz de amar. Casi parece ofrecerle la única mano amiga al Cristo agotado por el desierto y por el peso de haber de atravesar la muerte para cumplir con el mandato del Padre.

Últimos días en el desierto no es, pues, una película aburrida, aunque sí resulte contemplativa y lírica en la mayor parte de su metraje. No deja de ser una interesante visión alternativa a lo que ha dado el género, que nos permite reflexionar sobre el humanismo, sobre el bien y sobre el mal. Todo ello envuelto por la fotografía del triplemente oscarizado Emmanuel Lubezki (El Renacido, Birdman, Gravity) que obra un milagro al convertir la luz natural y el paisaje desértico en magia para la mirada.

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