La cura del bienestar, obra de culto que no maestra

Un joven y ambicioso ejecutivo de empresa (Dane DeHaan) es enviado para traer de vuelta al CEO de su compañía, que se encuentra en un idílico pero misterioso “centro de bienestar”, situado en un lugar remoto de los Alpes suizos. El joven pronto sospecha que los tratamientos milagrosos del centro no son lo que parecen. Cuando empieza a desentrañar sus terribles secretos, su cordura será puesta a prueba, pues de repente se encontrará diagnosticado con la misma y curiosa enfermedad que mantiene allí a todos los huéspedes, deseosos de encontrar una cura.

La cura de bienestar es una magnífica propuesta de cine de terror, con aires muy clásicos pero desarrollada en pleno siglo XXI. Mad doctors que descubren su rostro desfigurado como Erik, el fantasma de la ópera; sectas siniestras; un balneario con aspecto de castillo tenebroso ubicado en la cima de una montaña (Hohenzollern, Alemania); lúgubres laboratorios con instrumental del siglo XIX; una tonadilla infantil y siniestra que nos lleva a pensar en La semilla del diablo …  Un entorno inmejorable y un argumento que construye una interesante intriga la cual se desarrolla con una cadencia casi onírica, mezcla de realidad y alucinación, creando un universo irreal, misterioso. Pero… Lamentablemente tropezamos con un pero.

Para un sector de la crítica, la más especializada en cine fantástico y de terror, y un sector del público, el amante del género, esta cinta resultará una exquisitez. Digresiva y desmesurada, pero también estimulante y arriesgada. Una anomalía hollywoodiense destinada a convertirse en filme de culto. Y advertirán en las redes sociales, a otros que saben iguales a ellos, que se apresuren en verla sin dilaciones porque la cinta durará poco en cartel. Seguramente les asista la razón y es que, ahí va el pero prometido, La cura del bienestar es imperfecta por su exceso, por no saber renunciar a referencias (¡hasta hay un celador que lee La Montaña Mágica!), por no saber renunciar a ninguna imagen sugerente aunque eso suponga que su guión vaya teniendo más y más aristas. Es desmesurada pero no sublime. Será de culto, pero unos cuantos toques de tijera aquí y allá podrían haberla convertido en una buena película.

Rodada con gran preciosismo y un cuidado especial en el detalle, cuenta con Dane DeHaan, un prometedor actor desde que lo descubriéramos en  Chronicle (Josh Trank, 2012), y la dulce y enigmática Mia Goth, que le prestan su belleza y juventud como contrapunto a ese universo enfermo que desgrana. Con sus inconvenientes, que la harán de difícil aceptación por el público más generalista, no deja de ser una propuesta interesante, de las que apetece volver a revisar con más detenimiento. Si la película fuera un buen vino, la nota de cata rezaría: persistente en la memoria.

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