Moonlight, every nigger is a star

Porque amo las bandas sonoras, a veces escucho alguna dejándola repetirse en bucle. La música es fundamental en toda película, ella es siempre la encargada de reforzar lo que narran las imágenes. En ocasiones es solo un fondo casi imperceptible, en otras en cambio tiene un protagonismo central, de modo que el poder expresivo de lo contado quedaría incompleto si la silenciáramos. Este último es el caso de Moonlight, tanto por lo que hace referencia a la partitura original de Nicholas Britell, como por aquellas piezas que no fueron compuestas ex profeso para la cinta pero que se le ajustan como un guante y tienen una función plenamente narrativa. Barry Jenkins utiliza como obertura Every nigger is a star del jamaicano Boris Gardiner, todo un himno que revela la intención del director de defender el orgullo de su raza que se ha visto tantas veces perseguida y segregada. Un retrato que tampoco escatima el lado oscuro, mostrando como los valores de su cultura también pueden ser opresivos contra ellos mismos, contra aquellos que no encajan en el modelo dominante.

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Moonlight es una película sutil, nada redundante, que construye la acción mediante los detalles de la composición, sin subrayados en los diálogos (esa tarjeta en la que leemos Visitor bastará para saber que la madre ha sido internada aunque no se nos diga expreso, por ejemplo). Pero también es arriesgada, tanto en su temática como en las formas que elige para desarrollarla. La cámara no deja de moverse durante los 111 minutos de su duración, buscando siempre el encuadre más significativo, no dudando en recurrir al plano subjetivo en mano para meternos en la piel del protagonista si es necesario, sin permitir que nos olvidemos nunca de su presencia. Sin embargo, lejos de sacarnos de la historia, lejos de ser una barrera, este uso tan marcado resulta una esmerada caligrafía con la que el sentimiento del autor se nos revela diáfano. Especial mención, sin duda, merece la secuencia en la que Juan, ese traficante que no deja de ser un modelo moral y que es interpretado magistralmente por Mahershala Ali, enseña a nadar al pequeño Chiron (Little en ese momento, encarnado por Alex Hibbert): Jenkins sumerge la cámara hasta la mitad del encuadre enseñándonos las evoluciones de sus cuerpos simultáneamente fuera y dentro del agua, convirtiéndonos en espectadores de primera fila, casi en sujetos, de ese episodio fundamental en el desarrollo del protagonista. Una secuencia filmada en circunstancias climáticas adversas,  una poderosa tormenta se oteaba en el horizonte y el ajustado presupuesto (cinco millones) impedía salirse del plan de rodaje establecido, las cinco horas programadas hubieron de ser reducidas a apenas  90 minutos. Jenkins indicó a sus actores que se olvidarán del guión y se concentrasen tan solo en la acción de enseñar (y aprender) a nadar. Nueve tomas y un cambio de lentes más tarde tenían el material perfecto. Un momento mágico para los actores y el equipo que llega así, cargado de emoción, al público.

El segundo filme de Jenkins está llamado a ser uno de los mejores del año, lo avalan sus premios y su reconocimiento por la crítica, pero sobre todo lo avala su impecable factura. No llamaba tanto la atención una cinta independiente desde el Boyhood de Linklater, película con la que comparte el ver crecer al protagonista, si allí se conseguía gracias a ser rodada durante el crecimiento del actor, aquí se logra gracias a su presentación en tres actos bien diferenciados (separados por rótulos sobre fondo negro), al trabajo de interpretación de los tres actores que encarnan a Chiron (Alex Hibbert, de niño, Ashton Sanders, de adolescente y Trevante Rhodes, de adulto) en las tres etapas y a la esmerada dirección de actores de Jenkins. Los esfuerzos se encaminaron sobre todo en la expresión corporal, había de lograrse que los tres tuvieran el mismo andar característico del personaje, los mismos tics y la misma forma de mirar. Se había de dar unidad a los gestos para que mostraran la personalidad del personaje sin fisuras entre una y otra etapa, retraído, poco hablador, objeto de acoso en su niñez y su adolescencia que se reinventa como tipo duro en su edad adulta, sin perder nunca ese carácter introvertido que le dificulta la expresión de sus emociones. Y el resultado final no podría haber sido mejor.

Moonlight

Pese a sus marcados rasgos formales, Moonlight no es un ejercicio de estilo vacío, ni mucho menos meramente estético. Como relato de  crecimiento personal que es, nos sitúa frente a la difícil pugna por encontrar la identidad emocional y sexual en un entorno hostil.  Algo que tanto el director como el guionista, Tarell McCraney, conocen de primera mano. En el año 2003, McCraney, a raíz de la muerte de su madre (adicta al crack), escribía el esbozo de una obra de teatro en la que trataba de darse respuesta a algunas preguntas difíciles acerca de su vida con su madre y de su despertar a la homosexualidad en el barrio marginal Liberty Square de Miami. En ese mismo barrio creció Jenkins cuya madre también fue adicta al crack (aunque consiguió salvar su vida). Las experiencias de ambos hombres habían transcurrido paralelas sin ellos saberlo, esa fue la primera de varias casualidades que acabaron por hacerles encontrar y alumbrar Moonlight. La película lleva a la pantalla la vida en un barrio marginal de mayoría negra, pero huyendo de los tópicos con los que hasta ahora ha sido tratado el tema, rompiendo con el arquetipo de personaje afroamericano que solemos ver en el cine. Jenkins declaró haber recibido insultos en Twitter acusándole de realizar una película que amenaza la masculinidad afroamericana. Y precisamente es ese estereotipo machista el que quiere desterrar el director.

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Moonlight es hermosa, íntima y sensible. Así la sintió Britell cuando vio los dos primeros cortes, el músico se preguntó qué había en música que fuera análogo a la poesía en la película y compuso una pieza que tituló “Poema para piano y violín”. Esa pieza se convirtió después en el tema de Little en la primera parte, de Chiron en la segunda y de Black en la tercera (los tres nombres con los que es llamado el protagonista en las tres partes del filme respectivamente). Las primeras impresiones del compositor sobre el trabajo de Jenkins allanaron el camino de cimentación de la historia y pusieron las bases de lo que acabaría siendo la película. Música e imagen entran en comunión ofreciéndonos una obra de arte casi total. Por eso, porque amó las bandas sonoras, a veces escucho alguna dejándola repetirse en bucle.

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