El día más feliz en la vida de Olli Mäki, oda a la sencillez

En el verano de 1962, Olli Mäki (Jarkko Lahti)  tiene la oportunidad de hacerse con el título de campeón del mundo de boxeo en la categoría de peso pluma. Desde la campiña finlandesa hasta las intensas luces de Helsinki, todo está preparado para su fortuna y gloria. Lo único que Olli debe hacer es perder peso y concentrarse. Pero hay un problema: se ha enamorado de Raija (Oona Airola).
Finlandia, bello poema sinfónico de apenas ocho minutos con dos partes bien diferenciadas, una introducción lenta (andante) y un allegro, mediadas por un pequeño pasaje de transición. Trágica y solemne se inicia Finlandia para mutar hasta su victorioso final. Durante casi toda su extensión se desarrolla un ritmo y estilo turbulentos, con gran carga orquestal, simbolizando la opresión y lucha del pueblo finés, finalizando en un himno de esperanza.

el-dia-mas-feliz-en-la-vida-de-olli-maekiSibelius como cantor del alma finesa de la que pocas manifestaciones  llegan a nuestra Europa meridional. Por eso debemos estar agradecidos a Surtsey Films por acercarnos esa exquisita  opera prima que es El día más feliz en la vida de Olli Mäki bien definida en Variety como: “una fábula que celebra la sencillez por encima de la ambición, la recompensa emocional por encima del botín de la Victoria”.

Finlandia, país de los mil lagos;  ver danzar una piedra sobre sus aguas cristalinas equivale a acariciar con las yemas la paz de las emociones compartidas. Locus amoenus con connotaciones de Edén, a través de Olli (Jarkko Lahti) y Raija (Oona Airola) accedemos al remanso del alma en el que todavía creemos en la inocencia y cuestionamos las nociones de éxito y fracaso que baraja nuestra sociedad. La derrota puede ser una victoria si nos alcanza por haber priorizado la paz íntima por encima de la fama en nuestras vidas. El día más feliz en la vida de Olli Mäki es un canto a la humildad y la armonía simbolizadas por el pequeño pueblo de Kokkola (por alguna razón en nuestro interior este debut en el largo nos hace recordar Mi dulce pueblecito de Jirí Menzel) frente al mundo frívolo de las apariencias simbolizado por la capital.

El sucio blanco y negro (esa fotografía con grano que le concede textura de documento) de la película de Kuosmanen nos sitúa magníficamente en el gris de esa época (1962) y de ese lugar (Helsinki). Con actores que se desenvuelven de manera muy natural, sencilla, retratando a esos dos seres enamorados que tan solo quieren vivir un vida normal en su pueblo, donde él es panadero y no deportista de élite. Con saludables y simpáticos apuntes de comedia, esta exótica cinta nos narra un relato de boxeo exento de todo  el dramatismo (y más aún del triunfalismo), al que nos tiene acostumbrados el cine norteamericano. Un relato que trasciende su propio argumento para llevarnos a interrogarnos sobre los valores que deben regir nuestras vidas.

Premios
Festival de Cannes: Mejor película (Un Certain Regard)
Premios del Cine Europeo: Premio FIPRESCI
Satellite Awards: 2 nominaciones incluyendo mejor película de habla no inglesa

 

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