La tortuga roja, el naufragio de existir

tortuga-roja-posterDiez años de duro trabajo se esconden tras esta película, primera coproducción extranjera de los Estudios Ghibli, que rebosa elegante sencillez. El animador holandés Michael Dudok de Wit nos pone ante un dibujo que emula la aparente simplicidad de una pintura a lápiz, al que imprime el estilo del cómic francobelga más clásico (el autor reconoce su deuda con Herge). Desnuda de palabra, apenas algunas onomatopeyas y los sonidos de la naturaleza entregada a sí misma, La tortuga roja confía toda su expresividad al poder de sus imágenes.

Imágenes pintadas con una paleta de tonos tenues en la que impacta el rojo intenso de la tortuga que le da título. Un náufrago, una isla, una tortuga de color insólito y la irrupción del elemento mágico, pautan el relato de una vida que atraviesa todas sus etapas. No es más que eso, ni menos que ello. Una vida humana enfrentada a una naturaleza que no pocas veces es hostil, pero con la que estamos obligados a convivir, para lo cual es necesario comulgar con sus ritmos hasta alcanzar el equilibrio, el mimetismo. El hombre ante el poder de lo telúrico, uno de los temas recurrentes en la productora nipona, se comprende así que haya aceptado maridarse con el trabajo de un europeo y se constata que los simbolismos que nos permiten soportar el peso de lo real tienen mucho de universales.

La tortuga roja es una metáfora, una bella metáfora, y como tal casi inasible para el entendimiento lógico. “Quien se limite a aspirar el perfume de esta flor mía no llegará a conocerla, pero tampoco la conocerá quien la corte sólo para aprender de ella”, así resumía Hölderlin en el prefacio de su Hiperión la complejidad de enfrentar la lectura de un poema. Quienes inquieran, incisivos, los porqués de sus giros argumentales, pretendiendo encontrar su razón, quedarán impedidos para comprender su sentido pues este se perderá en algún punto de la disección. Pero también aquellos que se le acerquen desde la pose, un tanto snob, de sensible degustador de belleza y la aúpen con frases (tantas veces escritas y pronunciadas) del cariz de “poesía que inunda la pantalla”, “delicia para la vista y el oído”, serán privados de la aprehensión de su esencia porque no trascenderán el epitelio. Al símbolo sólo se le penetra desde la combinación de embeleso sensorial y análisis especulativo. Desde la llamada intuición intelectual.

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La perfecta animación de los movimientos del agua y el vaivén de los árboles nos sumerge en la acción como si fuéramos su sujeto. Y es que, en verdad, no hay otro náufrago que nosotros, ni otra isla que el mundo. Así estamos, perdidos a la deriva en la inmensidad oceánica de la existencia, apenas resguardados por el entramado del instinto y el lenguaje. Humilde balsa que zozobra si nos alejamos demasiado de la orilla, del insular perímetro de nuestro universo definido. Imposible nos es rebasar el horizonte de nuestra propia razón, en un confín custodiado por lo que sea que es la muerte. Es cuando aceptamos nuestros límites que podemos vivir.

¿Y por qué una tortuga que es roja? No se lo pregunten, al fin y al cabo hace tiempo que sabemos que lo que menos importa es que Moby Dick sea ballena y blanca.

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