Frantz, ” ¡Tratemos de vivir! “

frantz-742388894-largeEl pasado 19 de diciembre se conmemoraba el centenario de la Batalla de Verdún, la más larga y cruenta de la Primera Guerra Mundial. Así de oportuno resulta el estreno en nuestras pantallas del último trabajo de Fraçois Ozon. Un filme ambientado en aquel contexto que nos expone un drama de entreguerras: en una pequeña ciudad alemana, Anna (Paula Beer)  va cada día al cementerio a lamentar la pérdida de su novio Frantz (Anton von Lucke), que murió en una trinchera en Francia. Un día se encuentra con Adrien (Pierre Niney), un joven francés que ha ido a depositar flores en la tumba de Frantz y cuya presencia en un país que acaba de perder la guerra enciende pasiones encontradas.

El largometraje es una coproducción franco-alemana, con guion de François Ozon en colaboración con el escritor Philippe Piazzo basado libremente en el filme del realizador alemán Ernst Lubitsch, Remordimiento (Broken Lullaby, 1932). En verdad ambas películas (la de Lubitsch y la de Ozon) adaptan al cine la novela, primero, y pieza teatral, después, L’Homme que j’ai tué escrita en 1925 por Maurice Rostand (sí, el hijo mayor del autor de Cyrano de Bergerac). Una obra testimonial de la Europa de entreguerras que, rememorando los daños de La Gran Guerra, se apunta a la corriente pacifista que se consolidó, precisamente, en torno a la primera contienda mundial.

La Primera Guerra Mundial fue el primer conflicto bélico moderno, con armas de un potencial destructivo desconocido hasta entonces, que permitían dar muerte sin necesidad de recurrir al enfrentamiento cuerpo a cuerpo y resultaban capaces de matar masivamente. Esta circunstancia fue determinante para acabar con las reglas de caballerosidad que habían imperado en las batallas del Antiguo Régimen, lo moderno daba pruebas de ser más eficaz y también más sucio. Supuso el fin de los privilegios de la aristocracia y el triunfo de la burguesía con sus nuevos valores, con los bienes que ello supuso, pero también con los males colaterales correspondientes. Un mundo convulso que supo glosar perfectamente Jean Renoir en La gran ilusión.

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La cinta de Ozon no está a la altura de ese gran clásico, pero sabe resumir bien el conflicto de valores de aquella época, a la vez que es capaz de alzarse por encima de ello y alcanzar lo que esos valores tienen de universal. Evocadora, melancólica,  con ese blanco y negro en el que resaltan los interludios a color representando los breves momentos de felicidad de sus personajes, Frantz nos trae una reflexión sobre la identidad y las afinidades, sobre los patriotismos, opio para el pueblo, su aparente solidez y absolutismo, es en su nombre que los hombres son llamados a la guerra, y su real endeblez, la naturaleza humana nos hace iguales más allá de donde las fronteras lo indican. Magistral que Ozon lo haya ilustrado con escenas simétricas en los dos bandos haciéndonos recordar el antológico final de Senderos de Gloria. La misma guerra que inspiró a Freud su ensayo Más allá del principio de placer, le sirve a Ozon para afirmar la vida sobre las raíces del suicidio (ese cuadro de Manet que cobra color en el final), porque tenemos razones para querer marcharnos y tenemos la posibilidad de hacerlo a nuestro arbitrio, pero siempre será importante seguir viviendo por el amor a otros. Más aún, siempre será necesario vivir para conservar la ilusión de aquellos a los que queremos. La mentira puede ser más bella que la verdad.

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