Paterson, vivir cada día

paterson-cartelComo me dijo un taxista, llegamos a este mundo con la película ya empezada y nos vamos de él antes de que ésta termine. Así son nuestras vidas, un fluir de días finito en el que, si seleccionamos sólo un segmento, se diluyen el principio y el final. Así es Paterson, un relato episódico que compone una serie entendida en su acepción musical: una sucesión de sonidos (en este caso imágenes) establecida de antemano y constante. Porque Paterson es eso, un recorte de siete jornadas en el vivir cada día de su personaje central, con sus repeticiones rutinarias, en el que estamos tentados de decir que no pasa apenas nada. Pero sí pasa, y mucho. Pasa la vida tal como la experimentamos (en nuestro Occidente) la mayoría, sin estridencias, sin grandes infortunios ni grandes venturas, un simple acontecer monótono. Confortablemente monótono. Luego están las menudencias que salpican aquí y allá poniéndole la sal a los aconteceres, detalles muchas veces fortuitos que sientan las diferencias haciendo a cada día singular aunque casi no reparemos en ellos si nuestra mirada no es atenta. Y todo, todo, está en Paterson, un canto a lo intrascendente lleno de lirismo.

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Paterson, el personaje (Adam Driver), es un humilde conductor de autobús, un autobús de línea regular en la pequeña Paterson, la ciudad. Un perfecto Juan Nadie que aprovecha todas las ocasiones posibles para escribir en su cuaderno secreto, poemas de verso libre (compuestos en verdad por el poeta Ron Padgett)  que nadie, ni su esposa, Laura (como la amada de Petrarca), ha leído nunca. Laura  (Golshifteh Farahani), fanática absoluta del negro, del blanco y de sus múltiples combinaciones, es un auténtico torrente creativo, siempre cambiando la decoración, siempre haciendo experimentos culinarios, siempre renovando sus sueños y sus aspiraciones. Con ellos, que aún no han tenido hijos, vive Marvin, un bulldog inglés que jugará un rol fundamental en la trama y que contribuye a pautar la rutina de la pareja. Paterson, la película, es una cinta de personajes, descritos sin subrayados de guion, interpretados sin histrionismo, dirigidos modélicamente. Paterson, la película, es también un filme de detalles, de sentimientos plasmados en imágenes, para lo cual se ha de dar la complicidad entre actores y director. Verdaderas definiciones del amor que pueden expresarse con un simple plano detalle de un cupcake montado antes del primer plano de una mirada que traduce la sonriente paciencia con la que se acepta el juego a dos. Un cupcake que no será ingerido.

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Paterson, el poemario, formalmente consiste en un montaje de escenas y de imágenes, con pocos verbos que las vinculen explícitamente. Paterson, el personaje, se confiesa admirador de William Carlos Williams, el poeta cronista de Paterson, la ciudad. Paterson, la película, funciona a su vez como los poemas del modernista, los que va escribiendo el protagonista, que se insertan en la pantalla, los que son compuestos antes por las imágenes que inspirarán las palabras. Todo el filme es una oda a la cotidianeidad. Jarmush nos concita a aceptarnos y gozarnos en nuestro fluir, tan mágico como anodino. Y si los contratiempos nos alcanzan, bastará con volver de nuevo al primer verso. Y empezar que es seguir. Y seguir que es siempre empezar.

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