Sully, una lección de buen cine

es-one-sheet-sullySin lugar a dudas el cine de Clint Eastwood no es innovador (ni menos aún experimental) en sus formas. Ni falta que hace.  El californiano es el mejor heredero de la narrativa clásica de los padres del cine y en Sully vuelve a demostrarlo. Con Sully el director vuelve a ofrecernos un biopic, género en el que es experto, pero, como siempre, nos da mucho más que una simple biografía. Porque con su última película podemos decir que se adentra en las aguas del cine de catástrofes aéreas, aquel género que tan buenos/malos momentos nos hizo pasar en la década de los setenta. Se adentra en él pero para superarlo y llevarlo más lejos hasta abordar una de las constantes de su cine: el papel del héroe en la sociedad retratado desde todos sus ángulos, desde su experiencia más íntima (mostrando sus vacilaciones interiores) hasta su repercusión en las distintas capas sociales. Desde ese contraste de cómo se ve a sí mismo y cómo le ve el resto, Eastwood reflexiona sobre la incidencia de esos personajes (que en ocasiones, como en esta Sully, son llevados a la heroicidad por las circunstancias más fortuitas) en la esfera de lo colectivo. Sus héroes no son monolíticos ni están tocados por poderes superiores, son humanos, muy humanos, por eso dudan ellos y despiertan dudas en otros (dudas, las de esos otros, que en ocasiones obedecen a sus propios intereses más o menos mezquinos). El de Eastwood es un héroe para tiempos de crisis, como aquellos de Capra que tan bien encarnara Gary Cooper en Juan Nadie o El secreto de vivir, su hazaña, que tiene tanto de ocasional como de solitaria, acaba sirviendo como modelo sobre el que proyectar la esperanza colectiva.

Aunque no innove en las formas, el cineasta imprime en ellas su sello particular ofreciéndonos un auténtico ejercicio de autoría. Sully, como veíamos, es un biopic, más una película de catástrofes aéreas y a ello hay que sumar también un thriller judicial; un poderoso cóctel multigénero que, aun respetando las claves de cada uno de los géneros mixturados, resulta atípico en su composición y resolución. Así, la acción empieza allá donde terminaban las cintas canónicas de desastres: en el día después del accidente, el momento de las pesadillas y el de enfrentar si se ha tomado la decisión correcta, la hora de determinar si su acto ha sido una intervención proverbial o una imprudencia temeraria que milagrosamente no se ha cobrado ninguna vida. Lo otro, los momentos previos al embarque, la presentación de personajes implicados, el accidente en sí y la milagrosa salvación de todo el pasaje y la tripulación por la pericia y el arrojo del capitán, que era lo que ocupaba la totalidad de aquellos filmes, no llega hasta bien entrada la película como introducción al tercer acto (digno de mencionar es que toda esa secuencia no está subrayada por ninguna música dejando que se oigan los sonidos de la confusión).

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Episodio nuclear para Chesley Burnett “Sully” Sullenberger, la película nos resumirá su vida girando sobre ese día y los que le siguieron de inmediato, al modo de otros biopics recientes como Selma (Ava DuVernay) sobre Martin Luther King o el Lincoln de Spielberg. Un relato biográfico ajeno a las estridencias y las glorificaciones desmedidas, cosa a la que contribuye la excelente y contenida interpretación de Tom Hanks. Acompañaremos a Sully en sus pesadillas, las que le asaltan en sueños, las que le persiguen ante la comisión de investigación del accidente en la que la compañía y las aseguradoras tratan de demostrar que, aun habiendo salvado a todo el pasaje, la suya fue una decisión imprudente puesto que habrían habido otras opciones en las que no se habría perdido el avión. Ahí es donde la película funciona como thriller judicial, vertiente que alcanza su culmen en el tercer acto que conduce al desenlace.

Sully es un tres en uno desarrollado en poco más de hora y media (como el buen cine de antes) que mantiene en vilo al espectador hasta su último plano, así de bien tratada está la intriga en el filme. Si Eastwood consigue tanto en tan poco, es por su pericia narrativa que llena de información cada encuadre, y por su buen hacer con los recursos del lenguaje cinematográfico. El cineasta demuestra cómo hacer acopio de flashbacks no es obligatoriamente sinónimo de pesadez, reiteración o falta de agilidad. Todos entran elegantemente en el momento preciso y cada uno, retrocediendo en el tiempo, hace avanzar la trama con buen pulso hacia adelante. Tal vez no sea una obra maestra, pero, como siempre, Eastwood nos lega toda una lección de buen cine.

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