Neruda, la construcción de un mito

neruda-608834388-largePablo Larraín no ha querido hacer un biopic al uso, él mismo declaraba tras su estreno en Cannes, que la suya “más que una película sobre Neruda, es una película nerudiana”. Larraín toma la figura del poeta y construye un relato poético más cercano a la obra que a un prosaíco documento sobre el autor de la Canción desesperada. El suyo es un retrato ficcionado que juega a mostrarnos la construcción del mito, sin dejar de entrar para ello en su cara oculta, en la húmeda intimidad gástrica como la llamaba Sartre (no es baladí que la película arranque en los lavabos del senado chileno con los políticos discutiéndose allí).

Tomando la falsilla de un momento concreto de la vida de Neruda, el período en el que, por la ilegalización del Partido Comunista, se vio forzado a la clandestinidad, primero, y al exilio, después, Larraín penetra en el Neruda hombre, con su complejidad y sus contradicciones: mujeriego, megalómano, aburguesado en ocasiones, pero también entrañable, idealista y generoso en otras. Y así nos irá desgranando el reverso de su imagen idealizada y lírica. Pero el director chileno no se limita a ello, si se hubiese limitado a desvelar el lado antiheroíco, su cinta habría sido un retrato plano más, lo que dimensiona el filme del autor de No es haber introducido en la trama la figura del perseguidor, así lo emparenta con el género policíaco pero para llevarlo mucho más allá. La voz narrativa se entreteje con el objeto a narrar y aporta un punto de vista que permitirá la digresión y el metadiscurso.

Al frente de la trama nos encontramos con una tríada protagonista, el poeta, el comisario encargado de detenerlo (de cuya existencia real sólo se conserva el nombre, Óscar Peluchonneau), que pone la voz en off como narrador en primera persona, y la “hormiguita”, Delia del Carril, segunda esposa de Neruda y auténtica artífice de su pátina legendaria. Lo humano y lo mítico se entremezclan en este juego de enfrentamiento entre el poeta y su antagonista, un juego entre gato y ratón que nos trae dos personajes que acaban confundiéndose en uno solo, pues ambos se necesitan para existir (como Los duelistas de Conrad adaptados al cine por Ridley Scott). La primera persona insertada en el filme permite auténticos juegos con el adentro de la ficción narrada y una estancia metadiscursiva en la que se cuece el afuera. No son pocas las escenas en la que este desdoblamiento se plasma con un cambio de eje que nos saca del decorado de la trama para instalarnos en el espacio de la metaficción más universal que la ficción misma. Desde ahí se introducen los hilos de la reflexión sobre el crear mismo que convierte a la cinta de Larraín en un ejercicio que es a la vez de antibiografía y de digresión literaria.

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Lo importante no es sólo alejarse de la descripción romántica de Neruda, lo verdaderamente significativo es analizar cómo se tejen los mitos, cómo se construyen los iconos y dilucidar quién es el verdadero autor del autor, quién escribe a quién y reparte los roles. En este sentido la secuencia más relevante es la que relata el encuentro (supuesto) entre Peluchonneau y Delia del Carril, secuencia en la que se ponen las cartas narrativas sobre la mesa y viene a concluir que poco importa la historia porque el espacio de la leyenda es el verdadero taller donde se confecciona el sentido. Neruda es también, así, la historia de un sacrificio, el de la esposa del poeta que se busca secundaria para contribuir a que el mito prevalezca, un mito en el que ella ha sido creadora activa pero del que borra su huella porque el vate es el que ha de pasar a la historia como dador de nombre y constructor de épica. Sólo de ese modo se da esperanza a los hombres.

Neruda es una obra compleja, al menos lo es en su estructura profunda, vestida con el ropaje de la acción e incluso la comedia. A la labor de Larraín y su guionista (Guillermo Calderón) se suma el esmerado trabajo de sus actores. Luis Gnecco da cuerpo a Neruda, con un parecido sorprendente para el que tuvo que engordar 25 kilos, dando credibilidad absoluta a la voluptuosidad del poeta y, en contraste, su casi infinita capacidad para escribir incluso cuando es perseguido. La argentina Mercedes Morán es Delia del Carril, su interpretación es responsable de que queramos saber más del personaje, de la laboriosa “hormiguita” que se escondió en las sombras a pesar de haber sido fundamental en la composición de la imagen que tenemos del Nóbel chileno. Y, por supuesto, merece todo el reconocimiento la actuación del mexicano Gael García Bernal encarnando al trágico perseguidor, su presencia llena la pantalla y es el alma decisiva de la tensión dramática de la cinta.

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Realidad ficcionada, antibiografía si se quiere llamar así, el retrato de Larraín es más efectivo, intenso y poético de lo que lo habría sido una cinta más documental. El director chileno hace una apuesta narrativa y la gana con grandes rendimientos.

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