Madame Marguerite, cuando los ángeles desafinan

“Entre el ridículo y la genialidad hay sólo un paso”, afirma un personaje en un momento de Madame Marguerite. Sentencia que bien podría haber sido uno de los lemas de la exposición Cultura basura. Una espeleología del gusto (CCCB mayo-agosto 2003) comisariada por Jordi Costa en la que se daba cuenta de que “los productos de la cultura basura son aquellos que la cultura oficial considera aberrantes, pero que el consumidor, a partir de la ironía, es capaz de elevar a la categoría de fascinantes” y concretaba ejemplos como “someterse a la extraña belleza de un monstruo de feria. Rendirse al tosco placer de escuchar un aria de Mozart descuartizada por la voz de Florence Foster Jenkins…”. Pueden hacerse una idea de qué hablamos cuando decimos ‘tosco placer’ pinchando el vídeo que sigue a continuación:

Florence Foster Jenkins (1868–26 de noviembre de 1944) fue una excéntrica soprano estadounidense que se hizo famosa por su completa falta de habilidad musical, y Xavier Giannoli quedó fascinado por ella:  “hace más de diez años, oí en la radio la voz, hilarante y trágica, de esta cantante que cantaba completamente en falso. Descubrí que era estadounidense y que vivió durante la primera mitad del siglo XX. En su único disco, había una foto de ella con unas alas en la espalda y la sonrisa confiada de una mujer que parecía totalmente inconsciente de la incorrección cómica de su voz” (extraído marg cartelde la entrevista al director por Fabien Lemercier para Cineuropa). Ese fue el germen de su película que no pretende ser un biópic sino una obra más personal tomando distancias con respecto a la historia verdadera. Ese distanciamiento es, para su director, una manera de liberar espacio a favor de lo fabuloso y novelesco. A partir de una joya de lo bizarro Giannoli alumbra una película cargada de sensibilidad en la que se aborda la universal necesidad de una ilusión para vivir y de su peligro si se excede amparada por el mal (¿o en ocasiones es un bien?) de la hipocresía. Nos habla de cómo podemos ser víctimas de un (auto)engaño y a la vez dependientes de la mentira, porque, paradójicamente quizás, esa convicción ilusoria es la que nos da seguridad. Y todo ello enmarcado (y enfocado) sobre la gran pregunta sobre qué es el arte y hasta dónde hay que llegar para conseguir la obra maestra, la obra total.

Giannoli desplaza la anécdota de Foster Jenkins de los años 40 a los años 20 y de Estados Unidos a Francia. Estamos en la Belle Époque, en la cima del art decó que ya convive con el aflorar de las vanguardias, en la frontera justa en la que un mundo está muriendo y otro está irrumpiendo. Asistimos a un canto de cisne desde la primera línea de sus protagonistas. Foster Jenkins se convierte en Madame Marguerite Dumont, hija de la alta burguesía, esposa de un aristócrata que vive de la fortuna de ella, y amante de la música, especialmente de la ópera. Un ser inocente y excéntrico al que Catherine Frot, en estado de gracia, dota de una gran humanidad. Durante años ha cantado frente a su círculo más cercano en fiestas y galas benéficas (financiadas, igualmente, con su dinero). Canta terriblemente mal y es incapaz de afinar, pero nadie quiere decírselo y su familia disimula para mantener su ilusión (a la par que sus intereses en ella). Todo se complica cuando es descubierta por Lucien Beaumont (Sylvain Dieuaide), crítico musical de un medio alternativo, fuera de los modelos y cánones establecidos, que le escribe una crítica en apariencia elogiosa (en verdad es una mordaz ironía escrita por divertimento). Marguerite querrá entonces dar el gran salto y cantar ante el gran público sin que nadie sea capaz de hacerle ver el embeleco que la envuelve.

Para Marguerite la música se convierte en la expresión de una libertad, de una insumisión. Es capaz de lo que sea: se rebela contra su medio, rompe con todos los códigos, conoce artistas (impagable su participación en un acto dadaísta) y gente que le infunden el ánimo y la necesidad de liberarse, de hacerse cargo de sí misma. Todo eso la proyecta a situaciones muy divertidas, pero siempre sobre el frágil suelo de la mentira que se extiende bajo sus pies. Giannoli le da tratamiento de comedia, pero también de intriga, sentimos miedo de que sepa un día esa verdad y a la vez (esa perversidad del espectador que tan bien exploró y explotó Hitchcock) lo deseamos, esperamos el momento en el que la situación dará el vuelco trágico al que parece predestinada. En la persecución de la quimera del éxito musical, se esconde, además, el anhelo de una mujer que busca ser amada, que quiere (re)conquistar el amor de su esposo. La música es a la vez un sustitutivo y una artimaña, una búsqueda de autonomía y el intento desesperado por recobrar la atención de un marido que se distancia. Por eso la tensión dramática es aún mayor, sabemos que si cae el velo del fingimiento no sólo caerá su mundo, sino su propia integridad.

Giannoli nos conduce ágilmente por una trama en la que la importancia de la cohorte de secundarios que circundan a la heroína es tan relevante como la de ella misma. Pinta un cuadro coral de personajes perfilados con los trazos justos. Todos mienten movidos por uno u otro interés, pero también todos sienten ternura por esa personita que no busca más que vivir feliz haciendo feliz a otros. De entre esos secundarios hay que hacer especial mención del leal mayordomo Madelbos (Denis Mpunga) principal artífice de la perpetuación de la mentira. Cuida hasta el último detalle para que su señora viva convencida de su virtud y sus triunfos. Es inevitable compararle con el Erich Von Stroheim de El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950, Sunset Boulevard), ambos son los auténticos directores de escena que arropan a un personaje tragicómico, el de la diva que no acepta su decadencia en el filme de Wilder, y el de la aspirante que ignora su incapacidad en el de Giannoli. Tanto en una cinta como en la otra el criado se revelará como el verdadero artista, aunque en la francesa su signo será radicalmente opuesto como sólo podremos saber al final. Un final que nos congela.

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Si la comparamos con la obra maestra de Wilder, también es pertinente traer a colación la igualmente magistral Ed Wood de Tim Burton. De entrada ambas se inspiran en uno de esos ejemplos de la Cultura Basura de la que hablábamos al principio. Burton construye un ensayo sobre qué distingue al impulso artístico partiendo del que ha sido calificado (injustamente, en parte) como peor director de la historia del cine. Pero Burton compone una oda amable sobre la importancia de crear la ilusión y suspende la acción en el momento en que Ed Wood parece haber rozado el cielo; el francés, en cambio, sostiene la narración un paso más allá antes de pronunciar el último ‘corten’, en este sentido no nos brinda concesión alguna. Y es que la obra de arte total, en su sentido más profundo, de la que muchas veces se ha tenido como máximo exponente a la ópera (basta pensar en Wagner), exige para su culminación el sacrificio (piénsese en los castrati, para no abandonar el espacio operístico). No en vano el referente que es tomado como modelo por la ópera es el de la Tragedia Ática (Grecia como cuna del arte occidental) en la que el héroe se enfrenta al destino que es de sí ineluctable y lo hace aun a sabiendas de que está condenado a la derrota.

Dice Giannoli que ” la vida puede ser cómica, burlesca y ridícula y, al mismo tiempo, trágica, profundamente emocionante y a veces dolorosa”. Su película imita a la vida. El arte es mímesis hasta la última consecuencia.

 

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