La ley del mercado, la brutalidad del sistema

LLDM-cartel400pxLa tasa de paro en Francia es del 10,2%, algo menos de la mitad que la española, así que la realidad que refleja La ley del mercado nos es más próxima a nosotros que a los propios franceses. El sexto largometraje de Stéphane Brizé se nos antoja una cinta de visión obligada porque da voz a los trabajadores más desfavorecidos y eso, además de ser  raro de ver en cine (la mayoría de filmes acompañan a clases medias acomodadas), es un ejercicio de denuncia sano y necesario.

El paro un tema candente y también delicado, Brizé hace sobre él la película justa, su cámara es un narrador en primera persona, pero no protagonista sino testimonial, y como testigo retrata el mundo como es, sin caer en maniqueísmos ni sensiblerías. Incurrir en el patetismo habría chocado con las convicciones del galo, interesado en captar la realidad no en juzgarla, en capturarla con el máximo verismo posible para que podamos interrogarnos desde el hay. Para Brizé: “la realidad está llena de matices. En La ley del mercado, a parte quizá del director del supermercado, todos los personajes se encuentran sumergidos en un sistema y aceptan ocupar un lugar en él pero no lo hacen por maldad; lo hacen sin tener la mínima conciencia de la violencia que ello puede provocar en la persona que está enfrente. Todo esto tiene que ver con la ética personal y el lugar que aceptamos ocupar en nuestro mundo. Podemos decir: “no soportaría ocupar un lugar que va a engendrar brutalidad y va a triturar a mi prójimo”. ¿Pero tenemos los medios económicos para hacerlo? Es una cuestión aterradora” (todas las citas en entrevista concedida a cineuropa).

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Seca y directa, La ley del mercado es una película efectiva que no efectista. Tras la historia de Thierry, un hombre de 51 años que, después de 20 meses de desempleo, comenzará un nuevo trabajo donde pronto se enfrentará a un dilema moral, hay mucho trabajo de campo “alimentábamos nuestra inspiración con todo lo que nos llegaba de los medios de comunicación y de la vida cotidiana. También teníamos la necesidad de conocer bien todas las situaciones que iba a mostrar, en particular la del trabajo en el supermercado. Pasé meses allí e hice unas prácticas de agente de seguridad. Vincent Lindon también se quedó allí un tiempo para ver cómo funcionaba, escuchar, tener elementos de lenguaje durante las interpelaciones, comprender la manera física con que deambulan. También acudí en varias ocasiones a realizar cursos de formación al paro, sobre temas como el currículo o la entrevista de trabajo, para capturar esa realidad, ver cómo se construyen esas situaciones, conocer el camino que efectúa alguien que busca un empleo desde hace 15 meses, dos años, etc..” No se trampea la situación para ajustarla al guión, es este el que se adapta al mundo y eso es lo que hace impactante el relato. Sin dejar de ser ficción en ningún momento, su espíritu es documental, así sentimos su trama próxima, tanto que compartimos la sensación de impotencia de su protagonista, porque en realidad es la nuestra.

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Largas secuencias y elipsis bien calculadas, son los mimbres con los que se articula la narración, Brizé no sólo acierta en la construcción del fondo también se revela un mago de la forma (y no es necesario recordar que el fondo depende de la forma tanto como a la inversa). Su cámara testimonial apenas se separa de Thierry (y la actuación de Vincent Lindon merece totalmente el premio que recibió en Cannes), con planos cortos que nos convierten también a nosotros en testigos. Planos laterales además, apenas hay planos frontales del protagonista y cuando los hay casi nunca está en la primera línea del encuadre. Una manera de atraparnos, pero sin buscar de nosotros una mera aquiescencia empática. La ley del mercado por su textura nos mantiene cerca de la acción pero a la vez distanciados, la distancia justa, el alejamiento necesario para mantener viva nuestra capacidad de análisis sin quedar embotada por las emociones, pero suficientemente próximos como para que ese análisis tenga algo de introspectivo. Eso es lo que logra Brizé que comprendamos que también nosotros estamos enfrentados a la brutalidad del sistema y debemos meditar sobre nuestra posibilidad de actuar moralmente contra ello.

Cine social que huye de lo panfletario, La ley del mercado descubre una realidad social que atraviesan más de cuatro millones de trabajadores en nuestro país, y lo hace a modo de fresco naturalista que no sugiere solución alguna. Cada uno de nosotros habrá de enfrentar dentro de sí el dilema del protagonista, dejándonos conscientes de el poco margen de acción que nos queda. Una película exquisitamente incómoda.

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