La academia de las musas, seductora inspiración

Déjenme de entrada llevar este comentario al terreno de lo personal. Cuando me propusieron cubrir este pase, con clara voluntad de hacerme un regalo, lo primero que me vino a la cabeza es que a mí el cine de Guerín me interesaba hace más de veinte años, cuando el barcelonés estrenaba Innisfree y yo tenía un apetito voraz de engullir toda propuesta extrema, lejana a los cánones comerciales, que se cruzara en mi camino. Mi primera reacción, ahora, fue la de sentir una pereza inmensa; parece que la edad me ha vuelto conservadora, tal vez porque en mi memoria se ha almacenado el recuerdo de que casi todo lo experimental tiene muchos números para resultar tedioso. Accedí porque los regalos no se desprecian y también porque tuvieron a bien recordarme En construcción de la que si guardo una impresión de agrado intemporal. Con las expectativas bajas y el ánimo predispuesto a sobrellevar lo que me echaran me enfrenté a La academia de las musasy ocurrió lo que tantas veces ocurre cuando no esperamos nada (bueno): me llevé una agradable sorpresa.

Se le ha alabado a Guerín la osadía de embarcarse en este proyecto contando con muy pocos medios y desempeñando todas las funciones, dirigir, producir y controlar la distribución. De presentarnos un trabajo totalmente independiente en el que el autor ha gozado de absoluta libertad para ofrecernos un producto personal y arriesgado. Y sin duda es uno de los valores del filme.

academia guerín

Se le ha alabado también el atrevimiento de poner la cámara al servicio de la palabra. La academia de las musas toma las formas del documental para ponerlas al servicio de un relato ficcionado que bien podría haber sido real. Y en ese relato el discurso juega un papel protagonista, toda la película describe el poder persuasor de la palabra cuando esta es pronunciada en la tribuna apropiada y ante la audiencia más idónea. Que la educación es seducción es la premisa que articula y da sentido a la trama. Una premisa que puede parecer provocadora y políticamente incorrecta, pero que, a poco que se piense sobre el acto lectivo, no podrá por menos que obtener nuestra aquiescencia.

Se le ha alabado igualmente haber escogido a actores no profesionales y haberles dado libertad para emplear la lengua en la que más fácil les resulte expresarse (así en la película escucharemos italiano, catalán, castellano, alternando sin chirriar). Una elección que parece haber redundado en dotar al filme de mayor verismo. Se le elogia a la cinta el presentarse ante nosotros como una obra que penetra con autenticidad en la piel de los personajes, que se muestra como un retrato realista de las situaciones que plantea. Por eso, a la puesta en valor del uso de no-actores se le añade el elogio de la planificación, ese trabajar con planos muy cortos (en muchas ocasiones primeros planos de los rostros) que nos plantan ante la intimidad de los personajes, que nos cuelan en la esfera privada de sus diálogos y sus sentimientos, como si se estuvieran radiografiando sus emociones más personales. Recursos todos ellos que pretenden (y consiguen) darle al filme una pátina de realismo.

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Todas estas loas están justificadas y puestas en razón, sin embargo, se relega al lugar de la concesión la que es, para quien esto escribe, la mayor virtud de la película: su humorismo, su comicidad. Porque, por supuesto que no es baladí que se cite a Dante, su Divina comedia y también (de algún modo sobre todo) su Vita nuova; la película quiere hablarnos del amor y del deseo y hacerlo usando la falsilla de la poesía (el amor es un invento de los poetas para frustrarnos, dice explícitamente la esposa del protagonista), pero no se queda ahí, en la mera pedantería (en su sentido actual pero también en el etimológico), no se relame en su sabiduría libresca sino que (sobre todo cuando saca la acción fuera del aula) se ríe de sus propias formas, se ríe del rol de los intelectuales. Porque cuando las ideas bajan a la práctica, lo que está en juego es la carnalidad y la necesidad de satisfacer el ego, cosa en la que son idénticos los intelectuales y el resto de los pobres mortales.

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Disfruté porque aunque ya no sea capaz de hablar, con la propiedad que me exijo, de Paolo y Francesca, de Abelardo y Eloisa, de Beatriz y Laura, de mi amado mito de Pigmalión, todavía no me pierdo ante la articulación de ese discurso y siempre es grato descubrir que mantenemos ciertas aptitudes que creíamos perdidas. Disfruté también porque La academia de las musas es una cinta bien planteada, que usa sus recursos con efectividad, que con elementos mínimos consigue objetivos máximos, en suma, porque es una buena película capaz de reírse de sí misma. Pero disfruté también (y quizás sobre todo) porque sabía que al salir, la fuerza de la naturaleza que es mi compañero, me diría aquello de “¿ves como todos buscan lo mismo?” y no le faltaría razón.

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