Hitman, agente 47, una aventura transmedia

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En el año 2000 “nacía” el Agente 47, como  un asesino profesional al servicio de la Agencia Internacional de Contratos (ICA), informado por su controladora Diana Burnwood. Obviamente estoy hablando del videojuego de disparos en tercera persona  creado por la compañía IO Interactive y publicado por Eidos Interactive. Todos estos datos los he extraído de ese intento de almacenar colectivamente todos los desarrollos del saber humano, esto es, de la Wikipedia. Esta información me sirve para comprender que no puedo ser el mejor juez para valorar su segunda adaptación al cine, yo que me quedé en los juegos arcade  allá por los noventa. Me faltan elementos y criterios de juicio, de modo que sigo buscando documentación en la red y leo en Hipertextual que “la iconografía que acompaña al protagonista en los videojuegos se ha mantenido intacta en la película: las míticas 45s del Agente 47, el impoluto traje de lana italiana con la corbata roja, e incluso el tan referenciado en la cultura popular tatuaje de nuestro protagonista está intacto; todos los detalles principales que convierten a 47 en un icono están presentes, con más o menos acierto en la película”. Para Alberto J. Sánchez (autor del texto citado) el trabajo de Aleksander Bach no convence porque está lejos de ser el tratamiento que merece el juego y su protagonista, pero reconoce que, vista como película aislada es un filme que entretiene.

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Y como película aislada es como puedo limitarme a valorarla. Más allá de ser un producto transmedia, Hitman, agente 47, es una cuidada película de acción, con elegantes coreografías en los enfrentamientos, que nos hace recordar a los trabajos de John Woo, y en general al cine de Hongkong. Sus set pieces tienen una espectacularidad suficiente para mantener la atención, sin caer en esa desmesura de algunos ejemplos de este género que nos acaban saturando. Es una película sencilla que, aunque apunte en su trasfondo hacia el tema del libre albedrío como rasgo que nos hace humanos (resumido en una sentencia, pronunciada dos veces, de cierto regusto existencialista: nuestros actos definen nuestra esencia), no resulta en ningún momento pretenciosa y cumple bien con su función de pieza de entretenimiento. Quien, como yo misma, no tenga referencias del protagonista, se encontrará con un personaje que, aunque sea arquetípico, goza del suficiente carisma como para que lo incorporemos a nuestro imaginario pop, muy correctamente interpretado por Rupert Friend, y que tiene una acertada réplica en John Smith (otro sicario alterado genéticamente) encarnado por Zachary Quinto (el Spock de J.J. Abrams).

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Puro producto de evasión de correcta factura, es muy apta para el consumo de usar y tirar (que de vez en cuando sienta bien), como esa comida rápida que gusta  aunque no tenga riqueza gastronómica, o como un saco de gominolas que disfrutamos culpablemente cuando nos dejamos llevar. La crítica profesional ha sido excesivamente dura con ella, esperamos que el público sea más amable y la deguste como merece.

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