No moriré sola, venganza en Argentina

Adrián García Bogliano es un autor que ha ido madurando con cada nuevo filme, lejos de encorsetarse, a lo largo de su obra ha ido recorriendo los distintos subgéneros del terror y los ha ido abordando, además, desde diversas narrativas y estilos cinematográficos. Empezaba su carrera en el largometraje con Habitaciones para turistas, una ópera prima que revisaba los principios del slasher y mostraba un futuro prometedor para el cineasta, con ese arriesgado blanco y negro que nos llevaba a la Argentina más rural y oscura. Ese mismo paisaje lo visita de nuevo en No moriré sola, su cuarta película, esta vez ensayando una nueva lectura del subgénero dado en llamarse rape&revenge el cual se caracteriza por narrar los hechos en dos actos: el primero es la exposición del ultraje sexual padecido por la (aquí las) víctima, cargado de violencia y de humillación; el segundo es su reverso, la víctima se convierte en verdugo y da caza a sus agresores de la forma más sangrante posible. Es una exploración, pues, de los mecanismos de la venganza que pone al público en la tesitura de valorar si ejercerla después de haber sufrido una agresión feroz es o no de justicia. No moriré sola respeta fielmente este esquema, pero no es un ejercicio académico, Adrián (que firma el guion junto a su hermano Ramiro) deja en la película una impronta personal que se da más en la forma de narrar que en lo narrado.

El argumento es típico. En la zona más desolada del partido de La Plata, atravesando carreteras secundarias, cuatro jóvenes viajan en coche de vuelta a sus casas tras un periodo vacacional. Escena cotidiana que se verá truncada cuando descubran en el arcén a una muchacha gravemente herida de bala. Tras una breve deliberación, las cuatro amigas deciden subirla al auto y llevarla hasta la comisaría de policía más cercana. Una de las jóvenes identifica a lo que parece ser un grupo de cazadores furtivos muy cerca del lugar donde encontraron a la chica herida. Mientras están presentando declaración vemos, en profundidad de campo y a través de una ventana, llegar el coche de los cazadores; descubrimos a la par que las muchachas que el cabecilla de ese grupo vandálico es el jefe de policía. A partir de aquí empezará su odisea. Una intriga que parte de los lugares comunes de la exploitation, pero para abordarlos desde una perspectiva que tiene mucho de experimental.

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Efectivamente, Adrián toma la decisión de darle al sonido una relevancia narrativa que no es siempre habitual en este subgénero. La secuencia de la violación múltiple es la más cruda de la cinta. Ocupó ella sola dos de los nueve días de rodaje, pero la pericia del director hace que nos parezca estar asistiendo a ella en tiempo real. Tiene una duración de casi doce minutos, la cámara se toma su tiempo para ir retratando la acción dejando al fuera de campo sólo lo que, de incluirse, habría dado lugar a sexo explícito, lo suficiente para que lo no visto golpeé todavía más que lo mostrado. Y es que ese fuera de campo está rellenado por los jadeos, las súplicas, los gemidos, los sollozos… que llegan a nuestros oídos como si estuviésemos en el mismo lugar de los hechos. Nos incomoda porque nos hace testigos del sufrimiento exhalado por las chicas, en contraste además con los tranquilos rumores del bosque. Lo que violenta NO MORIRÉ SOLA 2dado dentro de la calma, ese contraste agudiza la brutalidad del acto, una brutalidad estomagante que nos hace revolvernos.

Esa utilización del sonido y ese sostener los planos, dan a la película un efectivo naturalismo. De hecho el realismo es la mejor baza de la cinta. No hay pirotecnia de efectos, cosa que nos obliga a no distanciarnos de lo visto, no nos permite evadirnos. También el segundo acto, la venganza, está retratada con los mismos tintes. Vemos a las jóvenes sumidas en la desolación, se mueven como sonámbulas por el bosque, apenas se cruzan palabras entre ellas, no actúan según un plan, tan sólo se dejan llevar. Tras la violación llegarán las muertes, unas muertes que no tendrán nada de espectacular, la revancha es fruto de la rabia del momento, no hay premeditación. Bogliano quiere alejarse del triunfalismo ochentero norteamericano y aproximar su película a la sobriedad de las fundadoras del subgénero. A nuestras protagonistas las impele tan sólo la necesidad de liberar la energía violenta con la que sus agresores las han cargado. Por eso no hay coreografías esmeradas en No moriré sola, la inercia es la que preside, por eso también no habrá muertes bellas que luzcan en la pantalla; las chicas reaccionan como podría haberlo hecho cualquiera en circunstancias reales. Todo es verista y sucio.

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No moriré sola es una película incomoda porque no nos lleva a una verdadera catarsis. La secuencia que acompaña a los créditos, un travelling de seguimiento de la carretera por la que circula el vehículo de las protagonistas acompañado por la música de Hernan Penner (Putas y Pastillas es el título de la canción) ya nos marca el tono de abandono que va a acompañarnos hasta que la película se cierre con un travelling de alejamiento de la misma carretera (un auténtico ejercicio de simetría). Los personajes son dejados a su suerte y junto a ellos el espectador. El cierre no nos consuela ni nos conforma. Sólo vemos una violencia que engendra violencia sin solución de continuidad. La revancha es inevitable pero insatisfactoria, no hay redención alguna, el daño queda hecho y nada va a aliviarlo.

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