White god, la rebelión de los perros

WG-cartel-400Una adolescente cruza en bicicleta una ciudad desierta, abandonada como un paisaje postapocalíptco. Pronto se cruza con los que parecen ser los únicos habitantes, un ejército de perros furiosos que recorren amenazantes las calles. Así de poderoso es el arranque de White God, un filme inclasificable en el que Kornél Mundruczó mezcla géneros a fin de articular su particular alegoría de los males de nuestra sociedad occidental. A caballo entre el melodrama, los filmes de aventuras y las películas de ultraje y venganza, tiene, además, para nosotros carácter de drama distópico.

Para Mundruczó “la superioridad se ha convertido en el privilegio de la civilización blanca occidental y es casi imposible que no nos aprovechemos de ello”, en nuestro mundo cada vez se extreman más las diferencias sociales y cada vez hay más represión de las minorías por parte de quienes se creen superiores al resto. Para servir a esta tesis el húngaro ha partido de un argumento poco habitual en el que el punto de vista es el del perro protagonista. En la película, una medida aparentemente inofensiva, dirigida a controlar la cría de perros de raza, da pie a una serie de acontecimientos imprevistos. Para favorecer la cría de perros de pura raza, se impone una tasa a los perros de raza mixta, y los dueños empiezan a abandonarlos para no tener que abonarla. Los refugios no tardan en estar abarrotados. Lili tiene 13 años y está dispuesta a hacer cualquier cosa para proteger a su perro Hagen. No entiende una regla que le parece sin sentido y cruel; tampoco acepta los argumentos de su padre y le invade la desesperación cuando este abandona a Hagen en una avenida. Lili odia a su padre por obligarla a traicionar a su gran amigo. Todavía cree que el amor lo puede todo y se lanza a la busca de Hagen, decidida a salvarle como sea.

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Cercano al espíritu de Jack London, la aventura de Hagen ilustra la lucha por el respeto a lo diferente, a lo mestizo, condenado a la marginación por parte de una sociedad cada vez más represora y que cada vez ignora más los valores que una vez la definieron. Frente a la brutalidad sólo nos queda la esperanza de que triunfe la inocencia y el amor, simbolizados en la película por Lili. Enfrentado a la traición y a la amistad, el espectador debe decidir de qué lado está. White God es una película moral que espera una decisión también moral por parte del público. Todo ello planteado desde la perspectiva del sentimiento, la ganadora de la sección Un certain regard de Cannes en 2014, busca hablar a la razón desde la emotividad, como lo hacen los cuentos de hadas.

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White God es una fábula, pero no escatima violencia en su denuncia. Los últimos cuarenta minutos del filme, cuando se consuma la venganza, están poblados de imágenes de gran impacto. Toda esa violencia, proveniente de los llamados mejores amigos del hombre, nos conmociona más que la que estamos acostumbrados a ver en cine. Tiene un punto de perversión, de distorsión de lo amable, que la vuelve aterradora. En ese segmento la película de Mundruczó nos remite a Los pájaros de Hitchcock. Como en la magistral obra del cineasta inglés, en White god es lo inocente lo que se transmuta en amenaza provocando con ello una duplicación del terror al modo de  la jamesiana Otra vuelta de tuerca.  En ambas asistimos a un ataque sin piedad por parte de lo que habitualmente es inofensivo cosa que lo vuelve todavía más aberrante y que, a la vez, imprime a la acción un sentido sacro, como si en ella se consumara una especie de justicia divina. Pero en ambas obras se deja un atisbo de esperanza, parecen decirnos que queda aún algo de virginal en la naturaleza de los hombres que aún merece salvarse. Así la pieza de Mundruczó se cierra con una imagen catártica, tan poderosa como la de su apertura pero de signo opuesto, en la que el amor y el arte se muestran como la última posibilidad de redención. Y, mientras, suenan los poderosos ecos de la Rapsodia Húngara de Liszt.

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