No todo es vigilia, buena muerte y poca cama

durero 2E. H. Gombrich en la introducción a su Historia del Arte compara el Retrato de su hijo Nicolás de Rubens con el Retrato de su madre de Durero, para reivindicar que  la hermosura de un cuadro no reside realmente en la belleza de su tema. El dibujo a lápiz de Durero nos enfrenta a un espectáculo que a muchos mueve a rechazo, la vejez, y “por su verista plasmación de la decrepitud puede producirnos tan viva impresión que nos haga apartar los ojos de él, y sin embargo, si reaccionamos contra esa primera aversión, quedaremos recompensados con creces, pues el dibujo de Durero, en su tremenda sinceridad, es una gran obra“. Superada la primera impresión, descubrimos que está pintado con tanta devoción y cariño como el de Rubens a su hijo. Y ese cariño nos toca, nos emociona, pese a la dureza de su tema.

No-todo-es-vigilia-2Estas palabras del gran teórico del arte, bien podrían serle aplicadas al tercer trabajo como guionista y director de Hermes Paralluelo. No todo es vigilia es un conmovedor retrato de la vejez, del amor en la vejez si precisamos más, que se busca sincero y auténtico. Es un ejercicio verista como el de Durero y, por tanto, incómodo. No se hace ninguna concesión a la sensiblería, ni se envuelve de un relato atractivo que contente a las masas, como era el caso de El estanque dorado (Mark Rydell, 1981). Si hay que buscarle proximidades, tendremos que hablar del Amor de Haneke (para algún crítico más bien de Cuentos de Tokio de Ozu),  porque en ambas se eligen medios narrativos extremos para hacerse eco del sentir en la vejez. Ahí está esa profusión de prologados planos fijos que nos sitúan en un tempo distinto al nuestro, que nos hablan de (y nos hacen vivir) la prolongación del tiempo en la ancianidad, con el miedo a la soledad, el sentimiento de proximidad de la muerte y la pérdida (de facultades, de autonomía), como pauta cotidiana. Paralluelo nos lleva a la percepción del tedio y del peso del destino inapelable, tan insoportable a veces, mediante una planificación y un montaje que pueden lograr exasperarnos: ahí estamos nosotros desnudos de asideros (ni siquiera banda sonora, más que en una escena en la que actúa por contraste) con los que hacer llevadero el relato.

No todo es vigilia nos golpea, sobre todo en su primera parte (las horas y horas de hospital, vacías y perdidas en pasillos asépticos), en las entrañas, como una bocanada de hiperrealismo nada complaciente. Por no complacer no nos muestra siquiera un cuadro desgarrador o encarnizadamente crudo. Nada permite la catarsis, porque todo lo que tenemos es cotidianidad. Ni dulce ni agrio, sólo humano, profundamente humano. Y como humano que es, no está exento de ternura, una ternura que gana presencia en la segunda parte del documental, el regreso al hogar, en la que se introducen incluso unos suaves toques de humor.

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Ternura contenida y un humor muy sutil, pero suficientes para hacernos cercano este vivir cada día (o morir cada día, según se mire) que nos trae el director catalán. Como un espejo que no distorsiona sino que simplemente refleja imágenes que quizás quisiéramos no ver. Imágenes que, si resistimos, nos descubren que estamos ante una obra meritoria. Hermes Paralluelo tiene todavía más escuela que oficio, pero se revela ya como un director del que habrá que estar pendiente. No todo es vigilia, por su incomodidad, no es bocado para cualquier paladar, pero si nos abrimos a ella se nos acaba mostrando como un gran manjar.

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