Cautivos, la deconstrucción temporal de un thriller

Atom Egoyan y su última película eran una cita esperada en la anterior edición del Festival de Cannes. La crítica, sin embargo, fue prácticamente unánime: todos se sintieron decepcionados casi defraudados. Sólo Robbie Collin, comentarista del Telegraph, mantuvo una nota disonante en ese acorde común, para él The captive es la mejor película del autor en tiempos y le otorgaba a este thriller de secuestros, sutilmente opaco y de una frialdad mordiente en sus palabras, una puntuación de cuatro estrellas sobre cinco. Y yo me siento más cercana al disidente Collin que al resto de comentaristas.

cautivos cartelCautivos (título con el que será estrenada en nuestro país) no se lo pone fácil al espectador, eso que la pederastia es uno de los temas candentes en nuestra sociedad, nos obliga a un ejercicio de concentración al que quizás ya no estemos acostumbrados. Egoyan opta por deconstruir el tiempo de la acción llevándonos a tres puntos temporales distintos que nunca desarrolla sucesivamente sino que son trabajados mediante unos flashbacks que no son precedidos por ningún indicador. Las diferentes líneas temporales conviven en una misma exposición, construyendo un puzzle que va a requerir de toda nuestra atención para ser descifrado. Y eso, que le fue duramente criticado, es lo que hace más atractiva la película para mí, enamorada como estoy de los ejercicios de estilo. Con este tratamiento narrativo Egoyan economiza medios expresivos, el deterioro de la pareja cuya hija ha sido secuestrada, por ejemplo, se expone por sí mismo, sin necesidad de presentarnos escenas y escenas de desencuentros, basta con una declaración de la esposa seis años después del secuestro (dos antes del desenlace que es el presente del relato) a la inspectora que instruye el caso. Porque sus palabras son duras y el director ya nos ha hecho aprehender el tiempo que dura esa agonía apuntalándolo tan solo en los episodios relevantes. Egoyan nos exige una mirada analítica, una mirada que discrimine rápido las líneas definitorias de la intriga, igual que uno de los policías es capaz de descubrir las características del modelo de un puzzle mirando apenas unas pocas piezas sueltas del mismo.

Cautivos 1

Hay quien ha querido ver en Cautivos un ejercicio de narcisismo y de autoparodia, personalmente lo que vemos es fidelidad a los que ya hace décadas quedaron fijados como sus rasgos de autoría. Tanto formales (esa intertextualización de otros discursos audiovisuales dentro del filme) como temáticos, el director vuelve a exponernos su obsesión por las menores desaparecidas y el quebranto de la infancia. Temáticamente, Cautivos forma contexto con Exótica, El dulce porvenir y, sobre todo, con El viaje de Felicia. Egoyan nos expone ante la mirada del monstruo, un lobo refinado, amante de la ópera, al que no podemos odiar como merece lo abyecto de su crimen, como si nosotros también estuviéramos afectados por el Síndrome de Estocolmo que parece sufrir la niña protagonista. Un monstruo sobre el que se proyecta la malvada Reina de la Noche mozartiana, en toda su maleficencia, sí, pero también en toda su belleza (esa célebre aria sonando reiteradamente). Así de incómodo es el planteamiento.

cautivos 2

Y planeando sobre todo lo narrado está la gelidez. Los paisajes nevados de Canada, sus carreteras heladas, las tormentas de nieve… No hay un sólo instante de sol ni en los escenarios ni en las expresiones de Ryan Reynolds, figura del padre sufriente, sobre el que se ha dejado caer todo el peso de la culpabilidad. Reynolds se ajusta perfectamente a lo que la película le demanda y compone más que correctamente un retrato de hombre abrumado que, además de con el dolor por la pérdida, ha de lidiar con todas las sospechas que se le vuelcan. El resto del reparto cumple igualmente con su función dramática, destacando la rejuvenecida Alexia Fast como víctima convertida en cómplice.

Ryan Reynolds in The Captive

Así es Cautivos, una cinta meticulosa e intencionadamente fría que no busca el favor del público ni de la crítica, porque es un ejercicio personal en la que el autor nos reta tanto como se reta a sí mismo.

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