Difret, una mirada necesaria a dramas de otros mundos

Difret-338348788-largeDIFRET es la primera película del realizador etíope Zeresenay Berhane Mehari y trata sobre una de las tradiciones más ancestrales de Etiopía: el “telefa” o la costumbre de raptar a niñas para casarse con ellas. Ganó el Premio del Público de la sección Panorama del Festival de Cine de Berlín y previamente, el Premio del Público del Festival Internacional de Cine de Sundance. Fue precisamente poco antes del estreno de DIFRET en el Festival de Sundance 2014, cuando el director y los productores recibieron la gran noticia de que Angelina Jolie se había unido a los productores ejecutivos. Por mediación de amigos comunes, la actriz vio la película sin terminar, le encantó y llamó al director para decirle que quería ayudarles como fuera. De esta manera, se convirtió en productora ejecutiva durante la postproducción.
La película está basada en un hecho real ocurrido en Etiopía en los años noventa. Rodada en amárico, idioma oficial del país, donde la palabra “difret” puede significar al mismo tiempo “valiente” y “violación”, el realizador  etíope indaga en las consecuencias que tiene romper con las tradiciones y creencias profundamente arraigadas, a través de la historia de una ONG de mujeres abogadas que lucha por la libertad de una niña de 14 años, acusada de matar a su raptor y violador.
El reparto de la película tardó ocho meses en ser configurado y cuenta en su haber con más de 70 intérpretes no profesionales, incluyendo el de la joven Tizita Hagere que se enfrentó al reto de encarnar a la niña Hirut. La actriz, poetisa y dramaturga etíope Meron Getnet, una de las estrellas de cine y televisión más populares de Etiopía, interpreta a Meaza Ashenafi, la abogada y activista fundadora de la organización de asistencia legal para las mujeres.
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Interesante cinta rodada e interpretada ‘al modo occidental’, que en algún momento se acerca peligrosamente a los parámetros argumentales de los televisivos melodramas dominicales basados, al igual que este, en hechos reales. Su mejor baza es el exotismo de la propuesta y la forma de narrarla, con cámara inquieta y textura cercana al documental, huyendo de argumentos secundarios que seguramente la industria americana no hubiera desdeñado, como hubiera sido el añadir un interés romántico. A la verosimilitud del relato contribuye, sin duda, la naturalidad interpretativa de sus actores, muchos de ellos, tal y como hemos leído, no profesionales.

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