Ex Machina, ciencia ficción minimalista

ex-machina-uk-posterLos límites vienen a ser nuestra condición de posibilidad (igual que el aire que frena a la paloma es el que le permite volar), determinarlos es lo que nos permitiría avanzar en nuestro conocimiento científico sin empantanarnos en razonamientos falaces. Así pensaríamos si sólo pesase sobre nosotros la herencia de la Ilustración, y en parte somos sus herederos, sí, pero también descendemos del Romanticismo, y ello nos lleva a querer rebasar continuamente los límites. Junto a la ciencia está el arte y desde el arte siempre hemos querido asomarnos sobre el abismo, vislumbrar y rozar con nuestros dedos lo ilimitado.  No nos basta conocer, necesitamos crear.

Ser hombres nos impele un poco a querer ser dioses y a tener conciencia de nuestra voluntad sacrílega. Lo hemos expresado en nuestros mitos, pero sobre todo en uno, el de Prometeo y sobre él hemos ido componiendo variaciones, la más célebre se la debemos a Mary Shelley: Frankenstein o el moderno Prometeo encadenado. Ex Machina retorna a Prometeo, esta vez con la Inteligencia Artificial como fondo. Alex Garland en su debut como director nos trae la historia de Caleb (Domhnall Gleeson), joven informático, que gana un premio en la compañía de internet para la que trabaja, Bluebook (nacida a partir de un importante buscador). El premio es jugoso: visitar durante una semana el enorme paraje natural privado y la casa de su multimillonario jefe, Nathan (Oscar Isaac). Pronto descubre que el premio esconde algo más, Nathan le ha atraído para que le ayude a probar su último prototipo de Inteligencia Artificial, que está incorporado en el cuerpo  de Ava (Alicia Vikander) una atractiva mujer robot (que no oculta sus circuitos). Caleb y Ava mantendrán una sesión cada día, dedicada a mantener conversaciones de cualquier tipo para averiguar si el robot podría pasar perfectamente por una persona, o lo que es lo mismo si supera el Test de Turing. Sin embargo, la cosa no será tan sencilla a partir de que la seductora Ava le diga al muchacho que Nathan no es lo que parece ser.

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Ciencia ficción de pequeño formato (casi una pieza de cámara), tres personajes principales (más la aparente sirvienta asiática de Nathan que acabará teniendo peso en un punto de la historia), en apenas unos pocos escenarios (casi todos interiores), en Ex Machina se juega bien la baza de la situación claustrofóbica sobre todo conforme la trama avanza hacia el thriller psicológico. Lo que está en juego es dirimir qué puede llegar a hacer indistinguible la máquina de lo humano, está claro que no es la capacidad de operar conceptos matemáticos, eso entra dentro de lo mecánico y ahí las máquinas pueden ser incluso superiores y sin embargo perfectamente reconocibles como productos artificiales. Ex Machina parece decirnos que las máquinas mimetizaran lo humano cuando sean capaces de emocionarse.

Y ahí nacen nuevos dilemas: ¿son esas emociones suficientes para dispensar a una máquina el mismo trato que a un ser humano? ¿Es el deseo de supervivencia algo instintivo o programado? Y, si una máquina puede sentir emociones… ¿puede un ser humano corresponderlas de forma genuina? Her está entre los referentes, pero más aún el capítulo Be Right Back de la serie británica Black Mirror con el que comparte protagonista masculino (todo un guiño). Salvo que la película de Garland va más lejos, y es que el filme discurre entre los juegos mentales y persuasivos de los seres humanos en las relaciones interpersonales, la liberación de la mujer ante las presiones del macho alfa o el importante papel de los impulsos –llámese intuición- en el proceso creativo. Ava es una nueva Eva (el juego de nombres venía servido) dispuesta a plantarle cara a su creador, una Eva que no dudará en utilizar a su propio Adán en beneficio de sí misma en su acto de rebeldía, una nueva “mujer” que en su asalto al cielo arrambla contra el imperio de todo lo masculino.

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Borrar los límites entre la máquina y lo humano supone tanto como desdibujar  los que separan lo humano de lo divino, reza la frase promocional, y parece inferir que esa superación habrá de pasar por la liberación definitiva de lo femenino.  Dicho en términos de mito, el Prometeo del nuevo milenio habrá de ser Pandora, una Pandora que ya no será castigo enviado por los dioses a los hombres, sino al contrario una auténtica vengadora de lo humano que subvertirá todo el orden de los valores.

Garland se estrena como director con una película modesta pero interesante, muy acertada en su puesta en escena y su diseño de producción. Pero sobre todo con un trasfondo inteligente que abre interrogantes sobre nuestra condición humana proyectada en un futuro muy próximo en el que la tecnología permite por fin crear vida de la nada. Una película como esta depende mucho de los actores y la triada protagonista sale airosa de su reto, especialmente  Alicia Vikander, seductora dentro y fuera de la pantalla.

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