Calvary, matar al ruiseñor

Calvary_Poster“Pueden llamarme Ismael”. Así comienza Moby Dick, la obra cumbre de Melville, y siempre me ha parecido un gran ejemplo de cómo nos puede capturar una primera frase. Precisamente de no haber concluido su lectura será la única cosa de la que se arrepiente el padre James (Brendan Gleeson), el protagonista de Calvary, referencia curiosa porque la película de John Michael McDonagh también tiene uno de esos inicios de vértigo. Un confesionario con su capellán dispuesto a escuchar a los penitentes, y una voz que no sabemos a qué rostro pertenece que espeta: “La primera vez que probé el semen tenía siete años”. El feligrés oculto no viene a confesarse sino a compartir su rabia por los abusos sexuales que otro sacerdote cometió con él durante cinco años y a anunciar su venganza: matar al padre James, porque él es el cura bueno y eso es lo que hará alarmante el acto.

Calvary empieza su relato exponiendo su nudo de forma contundente y ese inicio nos mantendrá pegados a la butaca durante todo su metraje que acompaña al protagonista en la última semana de su vida, los siete días que le concede su futuro asesino antes de que acuda a su cita con  él en la playa. Esa semana será todo un rosario de vivencias, el sacerdote se toma ese tiempo para tratar de dejar atados los cabos de su parroquia, de su relación con su hija que acaba de superar una tentativa de suicidio (entró en el sacerdocio después de enviudar) y, en general, de su experiencia con el mundo. Todo ello mientras no sabe si detener su némesis o lanzarse a ella como aceptación del fatum que pesa sobre la existencia.

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Estamos en la católica Irlanda, en una pequeña localidad costera enclavada en un paisaje agreste y poderoso, plácidamente amenazante si se me permite el oxímoron. El entorno es un reflejo de la comunidad que lo habita. Los vecinos del padre James son gente de pueblo, algunos más rudos y hoscos, pero eminentemente pacíficos. Sin embargo, bajo la calma vive un magma erubescente de conflictos que cubren todo el arco de los desafectos y la ruindad. El reverendo, empujado por su humanismo, tratará de mediar en cada contienda, como si quisiera dejar tras de sí una hermandad universal, tratando de redimir a su congregación y de dar sentido a su vocación. Y sólo va a encontrar contratiempos, su acción sólo obtiene como respuesta la inquina, una animadversión que se traducirá en actos anónimos de violencia creciente.

Brendan Gleeson presta su generosa humanidad a esta especie de San Manuel Bueno Martir que es el padre James, regalándonos una de esas interpretaciones que marcan hitos. La comparación con el personaje de Unamuno es pertinente porque, aunque en ningún momento se cuestiona la fe del protagonista, algo en la actuación de Gleeson nos deja intuir que si en algo cree el padre James no es en Dios sino en los hombres. Un humanismo verdaderamente trágico el suyo. Una panorámica circular sobre los personajes nos mostrará que el sacrificio del inocente, la muerte del ruiseñor, poco o nada va a cambiar de este mundo; pero eso es algo que el protagonista de Calvary ya sabe cuando decide no huir de la amenaza. El padre James no huye porque comprende que la muerte igualmente ha de llegar un día y que si acepta la injusta sentencia al menos queda una esperanza de que no todo haya sido en vano. Después de todo el perdón es una virtud infravalorada.

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Si algo es admirable del trabajo de Michael McDonagh en la dirección es su dominio del tempo, estructurada su película en siete días (casi capítulos), mantiene la intriga a lo largo de toda su extensión y nos hace entrar sin concesiones en el universo particular de sus personajes, que no es sino el reflejo de su Irlanda, tanto como decir de la vida humana. Porque eso es lo que es Calvary, una película sin concesiones, que trufa con ironía y humor ácido uno de los dramas de más calado que ha llegado a nuestras salas.

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