Timbuktu, ellos también son Chralie

El brutal atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo conmocionó a todo occidente, no era sólo por las víctimas sino por lo que representaban. Se estaba atentando contra todo el sistema de derechos y valores de nuestra civilización. Pero hay otros muertos, otras masacres, que no llegan a alcanzar ni las últimas páginas de nuestro periódicos. Abderrahmane Sissako se hacía eco de una de ellas: “El 29 de julio de 2012, en Aguelhok, una pequeña ciudad al norte de Mali, ocupada en gran parte por unos hombres que habían venido de otra parte de África, tuvo lugar un crimen atroz, sin que los medios de comunicación apenas se hicieran eco de lo ocurrido. Una pareja de unos treinta años, con dos hijos, fue lapidada hasta morir. Su único delito había sido vivir juntos sin estar casados. El vídeo de su muerte, debidamente colgado en Internet por los criminales, es horrible. La mujer muere con la primera pedrada. El hombre deja escapar un grito seco seguido del silencio más absoluto. Poco después se les saca de la arena para enterrarlos un poco más lejos.”

lapidación 2

 

Ante el dolor y la impotencia, sólo cabe como reacción la sutil denuncia expuesta en el arte. Sissako nos abre una ventana sobre ese mundo ignorado mediante su buen hacer cinematográfico. Timbuktu nos descubre otro rostro del Yihadismo, el que no se expresa con la espectacularidad de la acción terrorista (que tiene siempre un punto de excepcionalidad), nos habla de su faz ordinaria, de aquella que mina todo lo cotidiano porque se destila en la imposición del fanatismo sobre una población arrinconada contra las cuerdas día tras día. Es otro tipo de terror, el que somete entremetiendose en la rutina. Es una violencia que no cesa ni da respiro, que se inflige hasta en lo más nimio: prohibido escuchar música, fumar, jugar al fútbol e incluso reír y cantar.

Timbuktu-863863449-largeTimbuktu no es cine social al uso porque va más allá de lo testimonial, la película de Sissako penetra en el alma de lo que retrata y se filtra en la nuestra propia. Tampoco hay intriga o acción, aunque refleja una guerra (¿o acaso el sojuzgamiento de todo un pueblo por un sector fanático no es una batalla continua?) no es cine bélico. Timbuktu es cine emocional porque eso es lo que nos trae: las emociones que invaden a los humanos de a pie que padecen la intromisión. Tiene mucho de poema, no por hacer poética de lo sórdido (aunque tenga momentos de ello como ese partido de fútbol jugado sin balón), sino porque llega a nuestra conciencia después de atravesar nuestra sensibilidad.

Magníficamente rodada, de gran belleza formal, es una pieza conmovedora y sorprendente. Su mirada sobrepasa con creces la sonora actualidad de la que nace la película, convirtiéndose en una mirada que abraza a la comunidad humana. Sin histrionismo, sin rasgarse las vestiduras, expone sin complacencias una realidad indignante que lo es tanto porque genera indignación como porque arrebata la dignidad de quienes la padecen. Si algo hay que destacar de Sissako es su sutilidad, le bastan fugaces momentos para capturar y mostrar todos los hilos del problema. La rebeldía del artista se expresa en imágenes bellas y crudas por partes iguales (esa lapidación rodada en un sólo plano).

Timbuktu no es un filme oportunista sino oportuno, porque da resonancia a voces de las que no tenemos noticia. Desentraña el alma de una cultura y demuestra que el problema no es el ataque a los valores occidentales, que esa no es la Guerra Santa, no es el enfrentamiento de unas creencias religiosas contra la laicidad, va mucho más allá porque los primeros en sufrir la vejación son los propios creyentes. Y es que ningún fanatismo debe de ser visto como expresión de una fe, más bien al contrario, lo que subyace es una malinterpretación de un credo. La liza no es razón frente a religión, sino barbarie frente a civilización (la siga el adjetivo que sea).

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