Nunca es demasiado tarde, una naturaleza muerta que no genera desazón

nunca_def_grandeApenas unos pocos minutos le bastan a Uberto Pasolini para presentarnos personaje y situación. No le hacen falta ni las palabras, las imágenes hablan por sí mismas. Nunca es demasiado tarde nos presenta a John May, empleado de la funeraria pública, encargado de hallar a los parientes más cercanos de esas personas que mueren sin recursos a las que se entierra gracias a los servicios municipales. May es concienzudo en su trabajo, no se limita a la mera rutina sino que le vuelca mucho afecto a su labor (guarda un album con todas las fotos de los difuntos ), tal vez porque, siendo él también un solitario sin familia cercana, se ve reflejado en aquellos a los que ha de asistir (ese plano de May espejeándose en la ventana de uno de los fallecidos). Es tal su esmero que, paradójicamente, es despedido (es tiempo de recortes). Acepta su despido pero pide que le dejen encargarse de su último cometido: buscar la familia de Billy Stokes. A partir de ahí acompañamos a May en su minuciosa búsqueda.

Nunca es demasiado tarde es una película de silencios que retratan la soledad (la del personaje y la otra más general) de una forma inmensamente tierna. La forma de rodar las rutinas diarias del protagonista es la que nos still_life_1_-_first_choicehabla. Todo un recorrido visual por la vida de ese funcionario que vive rodeado por la muerte, pero que no expresa tristeza sino un humanísimo ponerse en la piel del otro. Still life, su título original, significa naturaleza muerta, y ese es el lienzo que compone Pasolini: una naturaleza muerta que no genera desazón, sin embargo. Al contrario con Nunca es demasiado tarde sentimos que toda vida está llena de sentido, por humilde que sea la labor que se desempeñe. John May es un Bartleby que no ha entrado en el hastío sino que ha encontrado su misión en hacer su trabajo a conciencia. Despide con honores a todos esos pobres diablos que han fenecido en la más absoluta soledad, él, con sus pesquisas sobre ellos, aunque no consiga contactar con familiares o antiguas amistades, se basta para dignificarlos.

Si elogiable es la dirección del productor de Full Monty, meritorio igualmente es el trabajo de sus actores con Eddie Marsan a la cabeza. Marsan da carnalidad al personaje, con su actuación ponderada nos asoma a las nunca-es-tardeinterioridades de John May, le da hondura psicológica y nos lo hace sentir real. John May y su circunstancia nos conmueve pero, contra lo que pudiera parecer, nos lleva al optimismo incluso antes de ver su reconfortante último plano. Apreciamos toda la melancolía del personaje y la situación, la melancolía es el sentimiento que nos embarga cuando intuimos una finalidad que no nos es posible alcanzar, pero el segundo trabajo como director de Pasolini nos lleva un poco más allá. Justo hasta el punto donde se resuelve el duelo, donde se suspende el sentimiento atrabiliario, y este es sustituido por la certeza de que ningún esfuerzo es baldío.

Nunca es demasiado tarde es una película conmovedora en la acepción de enternecedora. A ello contribuyen también las delicadas notas con las que la música de Rachel Portman acompaña la acción. Sus noventa y dos escasos minutos tienden un pulso a nuestras emociones y salimos del cine arropados por la sensación de que está vida vale la pena de ser vivida.

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