En un patio de París, bizarra y tierna crónica del malestar

En_un_patio_de_Par_s-589065503-largeEn un patio de París es una comedia agridulce que poco a poco va deslizándose hacia el drama, sin negarnos un tenue halo de esperanza en su final. Pierre Salvadori, su director, vuelve a conducirnos a esa mirada que se entretiene en los márgenes, con esos personajes inadaptados que, sin embargo, intentan sobrevivirse con todas sus fuerzas, tratan de salir de su condición a pesar de sus deficiencias. Y todo ello retratado con mucho humor y mucha ternura. Una producción de modesto presupuesto, pero muy rica en matices que nos cuenta una historia de perdedores que, sin embargo, no están totalmente perdidos. No todos ellos al menos.

El germen del relato fue el personaje de Mathilde (Catherine Deneuve), como cuenta el propio Salvadori: “Desconfío de los temas, pero nunca de los personajes. Para En en un patio de París empecé con Mathilde y el resto encajó de forma natural. Me basta con familiarizarme con los personajes, que empiecen a gustarme, para que se conviertan en imanes: atraen a la ficción, a los decorados, al tono y a los personajes secundarios. Todo nace a partir del personaje”. Mathilde es una mujer recién jubilada que todavía tiene que adaptarse a su nueva situación, para el director, a través de ella (siempre según su director) “llegamos a un microcosmos algo destartalado. A ese patio que, visto a través de una lupa, puede ser un concentrado de la época y, sobre todo, del miedo difuso en el que vivimos. Luego se llega a los personajes secundarios y a las respuestas irrisorias y a veces cómicas que oponen a ese temor”. El edificio, como nuestra civilización, ha envejecido y, aunque no amenace ruina, ha empezado a agrietarse igual que se resquebraja nuestra confianza en el mundo occidental, con la fuga de valores y derechos que está arrojando su crisis. Mathilde, que pasa las tardes leyendo el periódico a un ciego, llega a no ser capaz de aguantar tantas malas noticias. ¿Cómo se pueden saber tantas cosas y seguir viviendo sin tener una crisis de pánico? Mathilde no lo consigue. Es  un personaje al límite, una mujer enloquecida por la preocupación. Literalmente enloquecida.

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Sin embargo, Salvadori no nos deja sin esperanza. Mathilde conseguirá salir de su pozo gracias a Antoine (Gustave Kervern), sobre él, el cineasta, nos cuenta que “es un personaje que aparece en casi todas las películas que ruedo, desde Los aprendices a Una dulce mentira. Es el personaje que se siente tentado por dejarlo todo, que desea una relación menos difícil con el mundo. Intenta conseguir el descanso mediante un opiáceo, una droga que tranquilice. Quiere alejarse del mundo, dormir. Cree poder alejarse de los demás, pero en realidad es incapaz de hacerlo. Es sensible, lleno de empatía. Mathilde le conmueve”. Y Antoine va a ser el auténtico protagonista, aunque vive inmerso en un vacío, en una melancolía sin causa semejante a la del Bartleby de Melville, en su función de portero va a ser el catalizador de ese microcosmos. No está ya para sí mismo pero sí para ellos, él se diluye poco a poco en su cotidianidad pero el resto, especialmente Mathilde, seguirán adelante más reconfortados, pues el tamiz de Antoine les ha servido para recuperar convicciones igual que esas macetas, que se consumían en el patio, habrán pasado a ser jardín por obra y gracia del portero.

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En un patio de París, con esmerados diálogos, es una película de actores en la que se lucen tanto los principales como los secundarios. Pero es también la más personal de su director, aspecto que ha sido justamente destacado por la crítica gala: “Pierre Salvadori se aleja de las comedias sofisticadas y firma su película más íntima y más conmovedora”(Les Inrockuptibles); “el octavo largometraje de Pierre Salvadori en veinte años es el más conseguido. ¿Por qué? Sencillo. Es el más desesperado y, por lo tanto, el más bello”(Le Monde); “El director de Los aprendices (1995) y Un engaño de lujo (2006) realiza su mejor película con En un patio de París, una joya de ternura que gira en torno a los habitantes más o menos chalados de un edificio” (20 Minutes). Pierre Salvadori sabe pintar las almas dolidas de nuestro tiempo, y realizar retratos con personajes sensibles entre risas y lágrimas. Es sin duda, una tierna crónica del malestar, de las grietas de la vida cotidiana, que no cae nunca en la depresión ni en el patetismo. Uno de los estrenos a destacar en la cartelera de este verano.

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