The Extraordinary Tale of the Time Table, tierna caricatura de la maternidad

the-extraordinary-tale-of-the-times-table-547x600Encargarse de un blog de cine te abre las puertas a ver muchas películas, tantas que es difícil juzgarlas en sí mismas, porque, no nos engañemos, la mayoría no son obras maestras ni su absoluto contrario, malas hasta decir basta. Al final llegas a la conclusión de que, en verdad, sólo existen dos categorías: las que prefieres olvidar y las que deseas grabar en tu memoria salvándolas del marasmo de las medianías. Y, sin duda, sólo sobre las segundas apetece escribir. De modo que si estáis leyendo estas líneas es porque he querido que The Extraordinary Tale no se pierda en el mar del olvido, he querido grabarla en el recuerdo mediante la palabra escrita. La ópera prima de José F. Ortuño y Laura Alvea merece que le dedique este espacio.

Nacida como tentativa de catarsis personal, The Extraordinary Tale supone todo un ejercicio de estilo en el que destaca su arriesgada (y a la vez meditada) apuesta estética. Nos encontramos con dos únicos protagonistas (y apenas otros dos figurantes, más el bebé) cuya historia se dejaría resumir en el clásico “chico conoce a chica”, si no fuera por la extravagancia de los personajes y de la construcción narrativa de su peripecia. Tratamiento de los personajes que nos puede recordar a Wes Anderson cuya obra, sin  embargo, no era conocida por los directores antes de producir su película (vistos a posteriori sus filmes, admiten que la referencia es comprensible). También nos viene a la memoria el imaginario de Jeunet y Caro, pero no el de Amelie, como tanto se ha escrito, sino el de Delicatessen (más concretamente al modo que tenía esta de retratar la historia de amor), cuyo director de fotografía, Darius Khondji, sí fue tomado en cuenta por los realizadores sevillanos. Por su colorido y su tono burlesco se aproxima a los primeros trabajos de Javier Fesser, mientras que por su planteamiento temático su antecedente es Cabeza Borradora (y confesaban los autores que habían obligado a los actores a ver esa ópera prima de David Lynch para tomar el pulso de su historia). Y hasta aquí el listado de influencias buscadas (o no) por la película, sirven para situar su marco referencial, pero no la agotan, porque si algo define a The Extraordinary Tale es su carácter de obra personalísima.

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El ‘Tale’ que figura en el título no es un sustantivo elegido al azar, todo lo contrario, esta película pretende (y logra) desarrollarse al modo de los cuentos tradicionales con su atemporalidad y su no ubicación. Por ello los protagonistas no tienen nombre y hay un único decorado (construido en plató) sin ningún plano exterior. También hay que entender su elección del inglés, el latín del mundo contemporáneo, como idioma, en su versión original, en función de esta voluntad de construir una fábula. La exageración es su baza, para hablar del problema de las relaciones, las dificultades para alcanzar la felicidad y, sobre todo, el sentido de la paternidad, fuerza la situación esquemática hasta el esperpento (esa invención tan española). Así, nos enfrentamos a una joven solitaria que para hacer amigos escribe cartas mecanografiadas (todo un acierto de guión esa máquina de escribir que es una auténtica reliquia), unas cartas que nunca obtienen respuesta hasta que otro joven solitario como ella se decide a abrir el buzón (no lo había hecho antes porque no creía que nadie quisiera ponerse en contacto con él). Se conocen, se enamoran y… ella queda embarazada sin haberlo pretendido. El niño será un cuerpo extraño en esa morada y en esa relación. La existencia misma del bebé es la que convierte el idilio en distanciamiento y discordia. Este arco de transformación nos viene contado ya por la paleta de la fotografía y los movimientos de la cámara. Pasamos de la cámara anclada de los inicios del romance, a la cámara al hombro de los momentos de enfriamiento, con el correspondiente viaje de la placidez al desasosiego tanto en lo narrado como en la forma de hacerlo. Esa evolución de la ilusión a la frialdad, viene marcada igualmente por el color: en su arranque dominan los tonos cálidos y una iluminación casi cegadora, luego,  poco a poco van entrando los colores fríos y se va retirando la luz hasta llegar a un fundido en negro, fundido que marcará la elipsis argumental que introduce su final abierto e inquietante (y que no voy a contar porque debéis verlo).

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Capítulo propio merece la representación de Aïda Ballmann en el papel de la chica. Canaria de padres alemanes, la actriz vuelca su experiencia de acróbata e interprete teatral en la composición de su personaje al que dota de un aura de ingenuidad y ternura aún siendo como es un esperpento, una deformación de la realidad que paradójicamente Aïda logra hacernosla sentir como auténtica. Con pocas líneas de diálogo, el trabajo recae en la expresión corporal y facial, acercándose así la interpretación al arte de la mímica, arte que ha de dominarse bien si no quiere caerse en lo ridículo, cosa que no ocurre en esta cinta. Es virtud de la actriz conseguir que el personaje goce de un sinfín de matices, como lo es también que nos enternezca esa muchacha entusiasta, tremendamente tímida y poco avezada en las relaciones con los demás, que se refugia en las tablas de multiplicar (the time table) cuando una situación se le desborda. Aïda Ballmann es la artífice que hace posible que acompañemos al personaje en su conflicto y que nos llegue la reflexión sobre el problema de la paternidad al que está enfocada temáticamente la película.

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José F. Ortuño y Laura Alvea, además de compañeros de trabajo, son pareja y, como a muchos nos ha ocurrido, pasados los treinta y… todos en su entorno, familia, amigos, conocidos, les asaltaban con la pregunta sobre a qué esperaban para tener hijos. Esa cantinela demuestra que, muchas veces, se accede a la paternidad en un acto irreflexivo marcado por el calendario social (y también biológico).  A nuestra pareja de autores le pareció que era necesario hacer recapacitar sobre ello y pensaron que la mejor manera de hacerlo era llevando a cabo lo que mejor se les da: contar una historia. The Extraordinary Tale está pensada como una reflexión sobre el hecho de tener hijos alegremente sin pensar en las consecuencias y, sobre todo, sin calibrar nuestra capacitación para emprender una aventura tan relevante. Y medita sobre ello en tono de comedia del absurdo que por momentos llega a tener toques de humor negro. De paso, muchos otros temas vinculados a éste quedan igualmente reflejados: el peso de la soledad, la complejidad de las relaciones humanas, la falta de formación emocional, el difícil acceso a la felicidad. Todo ello sin perder nunca su ágil tono caricaturesco, no hay nada como el humor para abordar los temas más serios.

The Extraordinary Tale es una película atípica, quizás no del agrado de todos los paladares, pero que deleitará a quienes gusten de la singularidad narrativa. Intrépida y divertida, extravagante y cautivadora, pero sobre todo, sobre todo, inmensamente tierna. Una delicia que nos descubre el talento de José F. Ortuño y Laura Alvea, ¡Habrá que seguirles la pista!

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