Welcome to New York, la tomas o la dejas

Paolo Sorrentino, el director de La gran belleza, declaraba al terminar la proyección del último trabajo de Abel Ferrara que se trata de un filme “brillante que nos recuerda la maestría de Teniente corrupto“. Mientras, el director de la Muestra de Venecia,  Alberto Barbera, más contundente todavía, afirmaba ante este filme sin concesiones que es una cinta “Para tomarla o dejarla. Y yo, yo la tomo“. El crítico del Hollywood Reporter resumía en un alarde de sintesis: “Escandalosa e hilarante. Un retrato osado y a ratos desopilante“.

Welcome cartelPelícula polémica desde su trabajo de preproducción, estos juicios altamente positivos tal vez se deban a que ellos (como nosotros) tuvieron el privilegio de ver en pantalla grande a Gerard Depardieu mirando a cámara en el último plano del filme. Ironía brechtiana que interpela al espectador para que sea este quien acabe juzgando al personaje y que completa el círculo irónico que se había trazado desde el prólogo, ese ejercicio de anticine que de entrada nos ponía ante el interprete fuera de la función. Una pretensión de que no entremos completamente en la ficción, de que no nos metamos en la película, porque ella no es más que un medio para mantener alerta nuestra capacidad de reflexión y nuestra actitud crítica ante unos hechos que en verdad ocurren en nuestro mundo real.

Según Depardieu en un drama lo importante no es que el actor consiga llorar, sino que quien llore sea el público; así, en Welcome to New York, él odia a su personaje (sin especificar si se refiere al real o al de la ficción que tanto lo transparenta), pero eso sigue sin ser importante, lo que sí lo es, es que consiga que nos resulte odioso a nosotros los espectadores. Y Abel Ferrara pone también mucho de su parte para que se despierte en nosotros ese sentimiento. El arranque del filme (más de media hora, diría, porque, pese a lo desagradable, no miré el reloj), instalado en el linde que separa el sexo ficticio del sexo explícito, el erotismo de la pornografía, ese arranque es un delirio rayano al paroxismo con largas escenas de cama que no levantan nuestra libido sino que nos sumergen en la nausea, en el descenso a la animalidad más irracional y estomagante. El actor completa la labor del director, Depardieu (Strauss-Kahn / Devereaux, en la ficción) suda, golpea y, sobre todo, gruñe cual animal en celo insaciable e insaciado. Nada le basta, por eso, aunque haya pasado un día y su noche enteros entre prostitutas de lujo y compinches políticos (y de juerga), todavía guarda fuerzas y ansias para asaltar a la camarera del hotel como un depredador que acosa a su presa. Violación de apenas nueve minutos que le valió su cargo y sus aspiraciones políticas.

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Apropiado nos parece el comentario de Gaspar Noé: para el realizador argentino, Welcome to New York, es un filme “couillu“, adjetivo que podemos traducir como ‘valiente’ o ‘corajoso’, pero que se recoge mejor en la expresión vulgar ‘tener un par de cojones’. Desde luego, un buen par se necesitan para ofrecer este retrato descarnado de la justa caída de un hombre público, cuando aún su caso está presente en nuestra memoria inmediata (de hecho Strauss-Kahn va a interponer una querella). Pero no hay sólo valentía, hay también buen tino en el uso de la cámara (ese zoom que persigue al protagonista por el pasillo de embarque cuando va a ser detenido, como ejemplo) y del tempo, dilatándolo hasta lo insoportable en ese inicio y entreteniéndose igualmente en las escenas que así lo requieren en la segunda parte del filme. Es el caso del ingreso en prisión de Devereaux, por ejemplo, filmado a tiempo real hasta los últimos detalles, Depardieu se desnuda física y emocionalmente (ese descuidarse de ponerse la ropa interior cuando vuelve a vestirse) ante los vigilantes, hasta su obesidad parece estar puesta al servicio de la sordidez de la escena. Así quisiéramos ver a nuestros políticos corruptos, castigados (dentro de la legalidad) hasta lo más íntimo, hasta el límite de lo vejatorio; y es que Welcome to New York, también en palabras de Noé, es una cinta emotiva, una película que le habla a nuestras emociones para arrancarnos de la indiferencia (desafección la llaman los medios y los políticos) en la que estamos sumidos. Esta cinta sin catarsis (el personaje no busca su redención, no se arrepiente, y el poder del dinero impide que sobre él caiga la pena merecida) estimula nuestra conciencia adormecida y consigue llevarnos a la indignación.

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Para algunos, quizás, la última obra de Ferrara no pasará de ser una provocación manida, una boutade insustancial (y demasiado larga), pero lo cierto es que ha escandalizado a quienes tenía que escandalizar. Buena prueba de ello han sido las dificultades para producirla (ningún canal de televisión galo quiso participar) y, sobre todo, para exhibirla. Distribuida directamente en plataformas digitales en Francia, la UGC (Union générale cinématographique) ha llegado a boicotear su exhibición en salas en otros países como ha sido el caso de Bélgica, donde sí se había apalabrado su proyección en cines. Si en España nos quejamos de que ningún político dimita por más que se le haya cogido en falso en el desempeño de sus funciones, también en Francia parece funcionar la censura encubierta. Los productores de la obra declaraban que “no somos adeptos de las teorías de la conspiración. Sin embargo, aquí los hechos hablan por nosotros e ilustran las relaciones incestuosas que mantienen en este país (Francia) los políticos y los medios” y añadían, “En otros países se pueden hacer películas como Il Caimano de Nani Moretti sobre Berlusconi o Farenheit 9/11 sobre George Bush. En Francia, en cambio, no se puede hablar de nuestra historia reciente”.

Triste es el signo de los tiempos que cae sobre Europa.

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