Dom Hemingway, lealtad y orgullo

jude law nude dom hemingway

¿No es exquisita mi polla? Esa es la primera línea de diálogo que escuchamos sobre un fondo rojo, tras ella, con Jude Law ya en escena, asistimos a un delirante monólogo sobre tal miembro que no desmerece aquel otro salido de la pluma de Rostand sobre la nariz de Cyrano de Bergerac en la obra de teatro homónima. Ese prólogo nos enuncia ya lo que vamos a encontrarnos: una comedia vigorosa centrada sobre la fuerza que emite su personaje principal, Dom Hemingway, un asaltador de cajas fuertes que ha pasado doce años en la cárcel y que no ha delatado a sus compañeros por su peculiar sentido del honor. Dom Hemingway, el personaje, es en verdad un perdedor, pero se asienta firmemente sobre sus pies y se afirma a sí mismo en la eufonía de su nombre. Destaca en él su histrionismo y su don de lengua (una lengua deslenguada) para construir diálogos contundentes y situaciones  delirantes.

Dom_Hemingway-133072404-largeAl delirio contribuye el manejo de la cámara y la puesta en escena de Richard Shepard. El neoyorkino se muestra diestro en el uso de los recursos fílmicos, ahí está esa cámara moviéndose dinámica y a la vez elegante (ese zoom que se acerca a una de sus protagonistas, cerrando el encuadre preciosista de su vestido rojo rodeado por buganvillas igualmente rojas); con algunos planos espectaculares, como aquel en el que vemos a los personajes nadar en el aire mientras están sufriendo un accidente automovilístico. Destaca también su uso de colores saturados con omnipresencia del rojo que está en prácticamente todos sus planos. Todo ello hace que Dom Hemingway, la película, avance a buen ritmo con pulso enérgico. Estructurada en cinco episodios introducidos por los intertítulos, una de sus virtudes es la concisión, cinco breves capítulos para una película de poco más de hora y media.  La otra haberle dado solemnidad shakespeariana a sus diálogos obscenos hasta volverlos poéticos. Una poética de la insolencia.

Shepard equilibra un guión muy vivo con imágenes saturadas súper llamativas, y eso hace que la película parezca más grande de lo que es” , opinaba Peter Debruge en Variety. Mala acogida ha tenido entre los críticos americanos, y la tendrá también en la crítica barcelonesa ajuzgar por los comentarios en el lavabo (ese mentidero donde se forman los discursos que luego llegarán a los medios), sin embargo, a quien esto escribe la película le ha entrado bien por su vigor visual y su contundencia verbal. Algunos dirán que Jude Law desfasa, que carga histriónicamente los tintes de su interpretación, para nos, en cambio, el británico demuestra gran dominio de las técnicas actorales pues encarna al personaje, esto es, le presta su materialidad carnal para volverlo creíble hasta la tangibilidad. Donde otros ven infatuación nosotros vemos buenos méritos, tanto del director, como del actor. Y mientras algunos insisten en que argumento y puesta en escena son meras réplicas de filmes de otra época, nosotros vemos frescura y originalidad dentro del panorama actual.

Créanme, está película tiene buenas razones para gustarles y echar unas sanas risas. Y deben creerme porque, con esto de jugar a la crítica, una acaba atracándose de cine consumiendo las películas de dos en dos al día y, con esa sobredosis, que una película te llame la atención por encima de la media ya es señal de que la obra lo vale. Y si no, compruébenlo en el cine.

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