En algún lugar sin ley, revisando el amor fou

 

En-un-lugar-sin-ley_cartel_peliNo sólo de fantástico vive el hombre, sobre todo no vive Serendipia. Y no es porque pretenda sumarse a ninguna tendencia actual (parece que ahora se lleva lo ecléctico), no, es que este ente es un auténtico amante del cine más allá de los corsés de género. Así que es justo que alguna vez se dé cabida en estas páginas a piezas que no se pueden adscribir fácilmente a ninguna categoría establecida. Eso es justo lo que ocurre con En algún lugar sin ley (Ain’t Them Bodies Saints).

Ganadora del premio a la mejor fotografía en Sundance, el tercer filme de David Lowery está llamado a convertirse en una de las grandes películas indie del año. Lowery, partiende de un corto suyo, nos narra la historia de dos fugitivos, Bob (Casey Affleck) y Ruth (Rooney Mara). Enamorados y despreocupadamente felices, sobreviven gracias a los delitos que cometen, ajenos a los peligros de vivir al margen de la ley. Un día Ruth, accidentalmente, hiere a uno de los policías que los están persiguiendo. Bob asume la culpa y es arrestado. Cuatro años después, incapaz de soportar por mas tiempo la separación de su mujer y de su hija, a la que no ha llegado a conocer, Bob escapa de prisión con un único objetivo: recuperarlas.

Aunque la acción se sitúa en la década de los setenta, Lowery sabe dotar a la historia con la aureola arquetípica de los mitos y leyendas. En algún lugar sin ley rezuma una dulce tristeza sobre la que brilla el retrato de un amor tejido con las ciegas (y dulces) esperanzas de unos personajes que se saben sin salida. La misma planificación nos indica esa imposibilidad de conseguir el objetivo de crear un hogar, con esos planos cortos rodados contra un fondo siempre próximo ( y los personajes en el primer plano del encuadre) que nos deja la sensación de no tener escapatoria. Si hubiera que elegir un sólo adjetivo para describirla este sería ‘envolvente’, porque la narración se desarrolla más con la atmósfera que con la acción. Asentada sobre elipsis, la cámara no tiene prisa por abandonar planos y escenas, ese tempo pausado es el que nos deja con el corazón en un puño y nos sumerge con delicadeza en el fondo de los sentimientos de los personajes que no se exponen con estridencia sino con la sutil pincelada de la insinuación (ese no poder parar de mirarse a los ojos mientras son arrestados, esas cartas leídas en off mientras en pantalla se muestra el texto escribiéndose sin enseñar al personaje ).

En algún lugar sin ley toma el tópico del amor fou para darle una vuelta de tuerca. El filme de Lowery parte como premisa del interrogante sobre cómo seguiría la historia si los dos amantes (y forajidos) no murieran al final sino que sobrevivieran a su peripecia e incluso llegarán a tener cargas familiares. Para responder a esa pregunta Lowery deconstruye los géneros (el negro, el drama romántico, incluso unas briznas de western) mezclándolos hasta darle una voz propia a su película. Toda la cinta se asienta en la espera del reencuentro de los amantes, deseado y temido a la vez por parte de ella (ya no está sola, tiene la responsabilidad de cuidar de la hija de ambos). La trama se desarrolla dentro de ese arco tensado imposible de disparar: aunque hayan sobrevivido, su amor sigue estando condenado a no poder realizarse. La fatalidad sigue persiguiéndoles, el mundo que habitamos no está preparado para tanta intensidad sobre todo cuando sobre ella pesa una culpa a expiar. Bob no podrá ver sus sueños cumplidos y Ruth, aunque le haya esperado cual si fuera una Penélope puesta al día, habrá de resignarse y sacrificarlo en aras de la sensatez y la responsabilidad. Nadie escapa a su destino.

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