Joven y Bonita, nadie es serio cuando tiene diecisiete años

Un poema de Rimbaud declamado mirando a cámara, unos adolescentes recitando al adolescente maldito por excelencia. Nadie es serio a los diecisiete años reza el verso que abre y cierra el poema, una especie de ritornello con el que se hace eco de la circularidad de la existencia, esa especie de viaje que va desde la nada hasta la nada. En la mitad del camino está el momento estival y la embriaguez de la naturaleza que explota exhuberante ante nosotros igualmente embriagados: ¡Noche de Junio! ¡Diecisiete años! Te dejas embriagar. El amor en verano, por un momento, parece tocarnos para darnos sentido, pero es sólo un engaño. Nuestra hebriedad está tejida de hastío, de los vapores del spleen, ese estado de melancolía sin causa definida.

Así, como esos versos,  es el alma de Isabelle, Marine Vacth bordando su primer papel protagonista. Ozon escribe en imágenes el comentario dramatizado del poema de Rimbaud. Eso es Joven y bonita, una indagación en el despertar erótico que conduce a la melancolía. “No quería mostrar la adolescencia como un momento  sentimental sino jovin y bonita cartelmás bien como un momento casi hormonal; algo fisiológicamente muy poderoso ocurre en nuestro interior, pero al mismo tiempo nos sentimos anestesiados. (…)La adolescencia es un periodo baldío en el que todo es posible“, declara su director. Todo es posible todavía, por eso el adolescente puede llegar a abocarse a situaciones límite, a violentar el cuerpo si es necesario porque todo constituye una afrenta al problema de definir la identidad y la sexualidad. Isabelle podría haber sido drogadicta o anoréxica, pero la prostitución exacerbaba mejor esa apertura al mundo sin consideraciones morales que tanto desconcierta y perturba a los adultos.

Cuatro estaciones, cuatro canciones de François Hardy, cuatro momentos ilustrados con música en los que acompañamos a Isabelle, esa belle du jour puesta al día, en su exploración de una sexualidad (la suya) que no está conectada aún con los sentimientos. La película se abre al verano desde la mirada voyeur de su hermano (que es también la nuestra) descubriendo a Isabelle en la playa; desde ese momento se anticipa cómo van a ser tratadas las escenas eróticas en el filme: realistas, pero nunca degradantes ni sórdidas. Una cámara cercana al personaje que no pretende hacer un juicio moral. Verano y adolescencia, es la época de los primeros amores, pero en Isabelle hay una necesidad más física que emocional, perder la virginidad parece un objetivo para ser adulta y tener una vida que compartir sólo consigo. Esa primera relación tiene más de trámite que de sentimiento, la joven más que partícipe parece observadora y la cámara nos la desdobla para remarcar su papel de espectadora: “Esa sensación puede sentirla tanto una chica como un chico cuando descubre la sexualidad; se está aquí y a la vez en otra parte como observador. La escena me permite preparar a los espectadores para la doble vida de Isabelle“.

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Cuatro estaciones, cuatro miradas distintas, la misma melancolía. Isabelle se buscará a sí misma a través de la prostitución reflejándose en la mirada de sus clientes. Pero entre el sexo soñado y el consumado media una distancia insalvable. Del sexo de pago le gusta a Isabelle todo el proceso de toma de contacto, el momento de la caza y el poder que otorga, pero lo que ocurre en la cita concreta no le llega a interesar hasta que ya es un recuerdo que evocar en soledad. Es otoño y sólo el más otoñal de sus clientes consigue abrir una brecha en su emotividad: en palabras de la actriz “estando con él siente que la miran por primera vez. Hay ternura entre los dos, con él descubre otra manera de moverse, una especie de intimidad, una relación con el placer, con el erotismo. Posiblemente se abandone con él porque se siente protegida por la diferencia de edad y porque su relación tiene un precio. Entre ellos no hay nada posible. Y George ocupa un lugar importante en su vida porque le produce un choque terrible. Se sentirá culpable por él (cuando muere), lo que detendrá su trayectoria en la prostitución“.

joven y bonita

El enfrentamiento con la muerte nos trae el invierno. Isabelle descubierta por la policía se habrá de enfrentar a la mirada de su madre. Familia media acomodada, la opción sexual de la joven acentúa esa pregunta que acaban haciéndose todos los padres, ¿Qué despierta la llegada de la sexualidad en la vida de sus hijos? Pregunta que lleva emparentada aquella otra de hasta qué punto pueden conocer la vida de un hijo, hasta qué punto deberían o no intervenirle. Para Isabelle será el momento de tratar de tener una adolescencia sentimental e idealizada como la que desean sus padres, incluso se deja llevar por una relación romántica con un joven de su edad. Es un invierno de paseos que contrastan con el frío del ambiente por su ternura y calidez. Pero llegará la primavera y con ella el renovado despertar de los instintos. El renacimiento del spleen, la melancolía sin causa que habrá de llevar a Isabelle a seguir buscándose en la caza.

Estás enamorado: Ocupado hasta el mes de Agosto.

Estás enamorado: Tus sonetos le hacen reír.

Tus amigos te rehúyen: Eres de mal gusto.

Después la adorada, una tarde, ¡se digna escribirte!

Esta tarde…Vuelves a los cafés brillantes,

pides varias cañas o una limonada…

Nadie es serio a los diecisiete años,

caminando bajo los verdes tilos del paseo.

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