Cuento de invierno, los milagros del amor

 El guionista Akiva Goldsman (Una mente maravillosa) debuta en la dirección cinematográfica con una incursión en el Fantastique, esa concepción de lo fantástico que tan buenos filmes nos trajo en la década de los cuarenta (El fantasma y la Señora Muir, Jenny, para citar alguno). Cuento de invierno, ya desde el título, no engaña a nadie y quizás eso sea  su mayor defecto. Pero vayamos por partes.

Bajo el apelativo de Fantastique entendemos aquel conjunto de obras que tratan la temática fantástica mezclada con otros géneros (el melodrama romántico en la mayoría de casos) y con una visión y resolución amable. Se comprendería bajo esa categoría películas que algunos no incluirían por derecho propio dentro del fantástico, pero que sin duda, visto el género con mirada amplia, giran en torno a él. Esta especie de subgénero proliferó sobre todo en la década de los cuarenta del pasado siglo debido al peso de la Segunda Guerra Mundial que dejó tras de sí buen número de bajas: se hacía necesaria una visión amable de la muerte y lo sobrenatural que sirviera como evasión y consuelo. Puede rastrearse abundantemente hasta la década de los sesenta, sin que ello signifique que desapareciera por completo después. Han habido incursiones posteriores como lo fue en su momento Ghost (1990, Jerry Zucker), o ahora mismo este Cuento de invierno que nos ocupa.

Cuento de invierno nos trae la historia de Peter Lake (Colin Farrell), un ladrón irlandés, perseguido por su antiguo protector, un extraño personaje interpretado por Russell Crowe que vendría a ser una especie de diablo que lo busca para que no se aparte de los senderos del mal. Peter Lake quiere abandonar ese tipo de vida y cuando en su último robo conozca a Beverly Penn (Jessica Brown Findlay), logrará cumplir ese objetivo e incluso encontrar un amor que le hará vencer las fronteras de la muerte. Al menos no morirá hasta que él mismo realice ese milagro que todos llevamos de origen. La historia se desarrolla en el siglo XIX y en nuestra actualidad. Pretende ser un amable cuento sobrenatural cargado de buenas intenciones. Es fundamentalmente un melodrama romántico, pero viene envuelto con el ropaje de lo fantástico, con personajes sobrenaturales (ese caballo blanco, por ejemplo, que ayuda al protagonista a alcanzar con éxito su empresa, y que en verdad es la encarnación de un ángel), amores que vencen a la muerte, desplazamientos en el tiempo, y la eterna lucha entre el bien y el mal personificados en ángeles y demonios.  Todos estos mimbres debieran dar como resultado un filme de deliciosa fragancia extravagante, pero no es así.

¿Cuál es el problema de Cuento de Invierno? Su exceso. La ópera prima de  Akiva Goldsman nos fuerza a la suspensión de la incredulidad casi desde el minuto cero, no hay el menor atisbo de hacernos dudar sobre la sobrenaturalidad de situaciones y personajes. No juega a hacernos desarrollar la intriga, muestra sus cartas a la primera de turno y así no nos hace cómplices de la trama, no nos permite jugar al suspense y el desvelamiento. Todo está expuesto desde el principio, no hay descubrimiento, y eso le resta interés. De cuidada dirección artística, casi podría decirse que el lujo de efectos no contribuye al interés del espectador por la doble lectura. Su atmósfera resulta plana y si bien no engaña, tampoco nos hace partícipes del juego; sólo nos cabe dar asentimiento a lo que nos expone. E igualmente es plano su supuesto mensaje de fondo, nos dice a bocajarro que la vida humana goza de trascendencia y ante ello, o bien suspendemos la incredulidad así sin más y porque sí, o no podremos entrar en la narración.

No es, con todo, una cinta aborrecible, es buena su factura técnica (la comentada dirección artística, la correcta banda sonora de Hans Zimmer, sus efectos visuales… ) y su factura artística, con unas interpretaciones correctas (aunque no memorables) y una puesta en escena que no cae en la estridencia. Esa buena factura permite que se la consuma como un buen producto desechable: aunque no vaya a conservarse en nuestra memoria, nos deja pasar un  rato suficientemente agradable. En suma, no es un plato para gourmets, pero puede ingerirse si no le exigimos demasiado.

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