La venus de las pieles, puro teatro

Un travelling subjetivo nos conduce bajo la tormenta por un bulevar arbolado, sin detenerse gira, se acerca a un teatro, abre sus sucesivas puertas, irrumpe en la platea y empieza la función.

La_Venus_de_las_pieles-268603115-largeEl primer contraplano nos muestra a Vanda (Emmanuelle Seigner) que llega tarde a la audición de La Venus de las pieles, una audición en la que han fracasado las demás candidatas según lo está contando por teléfono Thomas (Mathieu Amalric), adaptador y director de la obra. La mujer, cuyo nombre coincide con el del personaje, parece no ser la más indicada: atolondrada, vulgar y demasiado simple para lo que espera Thomas; pero cuando empiece a interpretar se transmutará y se manifestará como el animal escénico más adecuado para dar carne a la protagonista. A partir de aquí, la actriz y el director entran en un juego en el que la ficción (la que se juega como tal dentro de la ficción que es el filme) y la realidad de la ficción que es la película se irán entremezclando y confundiendo. Una atrevida aproximación a la vida interna de una puesta en escena, en la que además Polanski proyecta rasgos autobiográficos (no parece casual el parecido del protagonista al Polanski joven), puesta al servicio de la disección de los mecanismos de la sexualidad, el placer y el sentido del amor.

Ambivalente, no, ambigua. Así se quiere a sí misma La Venus de las pieles. No pretende sostener simultáneamente tesis contrapuestas, lo que quiere poner de manifiesto es que no existe interpretación unívoca en los secretos de la libido. El pulso entre lo masculino y lo femenino, las relaciones de dominio entre los sexos, el papel del dolor en el placer, e incluso los vínculos de la sumisión y la pasión con el amor, es visto la_venus_de_las_pieles-trailer-en-espanol-de-lo-nuevo-de-polanski-680x447como un campo abierto a la contradicción, a la multiplicación del número de los interrogantes más que del número de las respuestas. El autor-personaje, máscara del dramaturgo (David Ives, que ha colaborado en la adaptación), máscara del cineasta, lamenta que en una época en la que la corrección política impera, se quiera juzgar al arte reduccionistamente desde la perspectiva de la conflictividad social. Reclama una apertura del juicio que permita explorar las oscuras profundidades de los roles sexuales (esa sima en la que la dominación entra en juego) sin caer bajo la sospecha del sexismo. Todos somos explicables, pero también inextricables, sobre todo en cuanto a nuestra sexualidad se refiere.

Su pase por Cannes vino enmarcado por las polémicas declaraciones de un Polanski octogenario sobre lo problemática (a su juicio) que es igualdad en la guerra de lo sexos, lamentándose, además, de la masculinización de la mujer y de la muerte de la cortesía. La película se presenta como una deconstrucción de la masculinidad (esos escenarios que pertenecen a una adaptación ¡musical! de La Diligencia) que se rinde al principio femenino poniéndose en sus manos. No es Dionisos sino Afrodita la que llama a levantarse como ménades a las mujeres para que despedacen al varón ya dominado. Así es en la obra, al menos, pero tal vez la vida no sea también más que puro teatro.

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