La ladrona de libros, el poder de la escritura

Prestar libros tiene mucho de temeridad, no son pocas las veces en las que pierdes libro y amigo. Lo traigo a colación porque hubiese querido iniciar esta crónica con algún fragmento de El Río de Rumer Godden (que yo tenía en la exquisita traducción de León Felipe), concretamente el pasaje en el que Harriet (la protagonista) toma conciencia de la trascendencia de la muerte tras el entierro de Bogey, su hermano menor. Y quería hacerlo porque no pude evitar evocar esta obra mientras veía La ladrona de libros, en ambas piezas nos encontramos con una bildungsroman protagonizada por una niña tocada con la voluntad de aprehender el mundo en las palabras, que encuentran en la escritura el modo de confrontar la vida en su dialéctica de amor y muerte.

La_ladrona_de_libros-555218046-large“Por mucho que se esfuerce, nadie vive para siempre”, así lo sentencia la peculiar voz en off de La ladrona de libros, ese narrador omnisciente es la personificación de la más universal de las circunstancias: es la voz de la muerte. El relato de la propia muerte, punto de vista sorprendente en una obra para todos los públicos, irá acompañando la peripecia de Liesel, la niña protagonista, introduciendo la ironía en la narración  y gracias a su humor negro y cinismo descubriremos el destino de la pequeña y su familia. Esta novela de crecimiento, que toma al nazismo como fondo, nos mueve a la reflexión sobre la manera de enfrentar nuestra existencia efímera de modo que podamos encapsular el miedo y nos elevemos sobre nuestras propias limitaciones.  Y la forma de hacerlo pasa por la palabra, quien logra manejarla alcanza una visión capaz de generar la ilusión del dominio y la capacidad de sobreponerse. Gracias a que somos contadores de historias, logramos superar nuestra propia condición de efímeros y podemos darnos unos a otros la fuerza para resistir toda adversidad, fuerza que no es otra que el amor.

En 1951 El río era adaptada al cine de forma excelente por Jean Renoir, quien contó con la propia Rumer Godden para la construcción del guión. La ladrona de libros parte también de una novela homónima y su autor, Markus Zusak, ha colaborado igualmente en la adaptación. El británico Brian Percival (habitual del medio televisivo) no alcanza la eminencia de Renoir, pero nos ofrece un filme más que correcto, elegante, de palnificación académica y sin estridencias, que evita caer en la sensiblería pese a que la temática lo habría permitido. Contribuye a su sobriedad el trabajo de los actores tanto los veteranos como los noveles. Emily Watson (a la que no podré olvidar en Rompiendo las olas) compone una interpretación capaz de transmitir los matices de Rosa, madre adoptiva de Liesel, una mujer fuerte con un carácter irascible (“siempre está tronando” escribirá Liesel de ella) pero bondadosa y tierna en su interior; ella es la que pone la autoridad y la razón frente a Hans, su esposo, el siempre efectivo y versátil Geoffrey Rush, que expresa la imaginación cómplice que estimulará la de la pequeña y la adentrará en el mundo de las palabras. Él es quien la enseña a leer en el sótano donde comparten su amor por lo escrito, un sótano que tendrá protagonismo propio cuando la familia esconda allí al judío Max ( Ben Schnetzer). Max conseguirá que Liesel dé un paso más allá, no se trata sólo de coleccionar las palabras que encuentra en los libros, le hace ver que con ellas puede crear una realidad paralela que hace al mundo nuestro. Hans simboliza la amistad, como también la representa Rudy (Nico Liersch), pero este último va más allá, el niño descubrirá a Liesel la dulzura del primer amor, y la interpretación de los pequeños nos hará evocar nuestras propias experiencias porque, pese a su corta edad, ya son capaces de dotar a sus personajes de personalidad propia. La gran revelación en este terreno es el de la pequeña Sophie Nélisse, con sus trece años sostiene la mayor parte del peso de la película. Cuando Markus Zusak la vio en su papel en Monsieur Lazhar no le cupo ninguna duda de que había encontrado a su Liesel.

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Y es que con sus profundos ojos claros y sus tirabuzones rubios Nélisse es de por sí todo un personaje de cuento, pero no sólo destaca por su belleza sino que es capaz de condensar todos los matices de su personaje. SOPHIE-500x281La Liesel de Nélisse muestra un carácter indoblegable ante las adversidades, una voluntad firme y una gran capacidad de comprensión hacia los demás; pero, sobre todo, de la mano de Nélisse, Liesel se nos aparece como el rostro de la ilusión por el saber y por la magia que puede residir en las palabras. Como Harriet en El río, Liesel en La ladrona de libros transita hacia la vida adulta conforme va aprendiendo el valor de tejer historias, ambas descubren que la escritura nos hace aprehender el mundo permitiéndonos comprender la esencia de lo humano, esa amalgama de pulsiones eróticas y tanáticas. Escribir nos hace amar la vida y aceptar la muerte, porque en la eternidad de las palabras residirá el alma del recuerdo.

Los grandes saurios de la crítica barcelonesa despotricaban sonoramente tras la proyección, tildaban a la película de meliflua, de excesivamente bonita, de tratar de disfrazar lo tremendo con excesivas dosis de azúcar. Mientras les escuchaba, reparé en los ojos de algunas de las espectadoras que habían compartido sala y descubrí en ellos restos de lágrimas. Eso me hace afirmar que, pese a su convencionalidad y poco riesgo, esta película encontrará su lugar entre el grueso de los espectadores medios. A mí ya me está bien, al fin y al cabo está pensada para todos los públicos y cumple certeramente ese cometido. Y personalmente yo agradezco que se hagan películas “bonitas” y poco arriesgadas, porque a veces los dulces, bien tomados, enriquecen nuestra dieta.

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