Babel, perdidos en la palabra

BabelGonzález Iñárritu consigue lo que pocos cineastas hoy, que el largo metraje de su film no resulte excesivo.  Ello es así porque ni uno solo de sus planos carece de sentido narrativo, siquiera esas secuencias con halos líricos, esa canción planeando sobre el desarrollo de una fiesta mexicana, ese columpio elevándose casi a modo de trasparencia sobre un fondo móvil.   Todas las imágenes están puestas al servicio del guión de Guillermo Arriaga (Los tres entierros de Melquíades Estrada).

Nada es gratuito en Babel, ni tan sólo su título: “Por eso se llamó Babel, porque allí confundió Yahvé la lengua de la tierra toda, y por allí los dispersó por la haz de toda la tierra.” (Génesis, 11-9).   Ese complejo entramado de cajas chinas que expone como el azar concatena circunstancias accidentales volviéndolas determinantes, no nos habla de la incomunicación, no al menos al uso habitual en el que lo hacían, por ejemplo, las películas de Antonioni.  No, al contrario, nos habla de su opuesto que la engloba como subconjunto: la comunicación.   Ahí están esos informativos constantemente presentes transmitiendo una información tomada por objetiva y veraz estando tan lejos de la auténtica realidad de los hechos.   Nos habla de nuestra necesidad de comunicar y del ruido que lo dificulta manifestándose incluso a modo de silencio, elegante intercambio entre la cámara objetiva y la subjetiva en la secuencia de la discoteca nipona.

Los hombres, más allá de las diferencias culturales, hablan un mismo lenguaje, el de las emociones, universal, puesto que se enraíza en lo más esencial de la naturaleza humana.   Babel nos muestra como esa comprensión que fluye en las distancias cortas, una fotografía basta para hermanar a dos hombres aunque sus vidas transcurran a kilómetros de distancia  bajo condiciones nada comunes, esa comprensión, desaparece en el salto al nosotros global; ahí dominan los miedos colectivos y las interpretaciones hechas a su luz como auténticos aprioris, un mexicano es siempre un ilegal que trata de colarse por la puerta trasera del primer mundo, los árabes son terroristas y hasta su ofrecimiento de ayuda ha de ser puesto en cuarentena.   Ahí es donde se fragua la incomunicación,  donde Yahvé vuelve a confundir la lengua de la tierra toda.

González Iñárritu da a los espectadores la misma información que poseen los protagonistas, frustrando así nuestras expectativas de voyeurs.   Nunca sabremos qué dice esa nota.  Tampoco importa, sin embargo, porque no es el contenido del mensaje lo importante sino que lo es el que su lector lo comprende: el acto comunicativo por fin se ha consumado.   Dispersos sobre la haz de la tierra, nos llegamos los unos a los otros a través del amor que nos aflora en las situaciones límites: ahí están esos abrazos cerrando historias que se simultanean gracias a la desecuenciación de la linealidad del tiempo.  Aunque el abrazado sea un cadáver.  En la unidad del amor y la muerte nos reconciliamos y los hijos de González Iñárritu son esas dos luces brillantes que iluminan la oscuridad.

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