Audrey Hepburn, princesa de la pantalla

audrey[1]Paul Varjack, un inspirado George Pepard, está empezando a escribir su novela, una voz le llega desde la ventana, al asomarse la ve sentada en el alfeizar, vestida con unos sencillos tejanos, y cantándole al río de la luna, es Holy Golightly encarnada en la insustituible Audrey Hepburn. Moon River es el mejor ejemplo de como una canción puede hacer que una banda sonora no demasiado destacable gane el Óscar, y convertirse después en símbolo con mayúsculas del cine. Igualmente es como Holly, vestida elegantemente, como más ha perdurado la efigie de Audrey en todo tipo de merchandaising, pero eso no es más que una banalización de su figura porque esa princesa que pasó sus vacaciones en Roma, la actriz de origen aristocrático, es mucho más que un souvenir de moda. A ella le debemos algunos de los personajes femeninos más interesantes que ha dado la historia del cine, personajes que perdurarán en nuestra memoria asociados a su sobria elegancia y a su cara con ángel.

De la mano de Billy Willder encarnó a Sabrina y consiguió que Humphrey Bogart y William Holden, hermanos en la ficción, pelearan por ella. Poco después enamoraba a un mujeriego Gary Cooper en Ariane, en ambas su delicadeza casi inocente vencía a corazones resabiados. Audrey Hepburn nos dejaba siempre sin barreras de defensa. Y es que, como le pasaba a Henry Higgins, nos acostumbraba a su rostro y ya no podíamos pasar sin ella. Bajo el mando de Cuckor y junto a Rex Harrison dio vida a Liza Doolittle, la florista convertida en dama, con la que podríamos haber bailado toda la noche entera. Rex Harrison fue remiso a su elección, acababa de protagonizar My Fair Lady en el teatro junto a Julie Andrews y no quería que la sustituyeran, sin embargo, terminado el rodaje tuvo que reconocer que no había tenido ninguna partenaire de la talla de Audrey.

Llama la atención que siempre la emparejarán con hombres que le llevaban muchos años, algo que le ocurría tanto dentro como fuera de la ficción (se casó con Mel Ferrer y después con Andrea Dotti, un médico italiano con quien tuvo su segundo hijo). Quizás fuera porque daba el perfil de inocencia y fortaleza simultáneamente, con unos toques de suavidad capaz de derretir a los corazones más curtidos. Stanley Donen la eligió para protagonizar Charada junto a Cary Grant, papel en el que pudo hacer gala de su vis más cómica, y más tarde para acompañar a Albert Finney en Dos en la carretera, película fetiche para su generación. Nosotros, sin embargo, queremos destacar una de sus últimas interpretaciones, el papel de Marian en Robin y Marian de Richard Lester en 1976. En ese film, una Audrey ya madura, componía un retrato melancólico de Marian y nos regaló uno de los finales más trágicos y hermosos vistos en la pantalla. Nadie como ella podía haber dado carne a ese amor desaforado que desafía a la muerte, la Marian de Audrey ama a Robin más que al amor y a la alegría de vivir un día más. Audrey supo amarle más que a Dios y nosotros la bendecimos a ella.

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